23 de noviembre de 2004

Las desventuras de Juancho Talarga

El mundo no se detiene, el tiempo no nos espera. Los días pasan y se acumulan como hojas de árbol durante el otoño. Nuestras vidas son lineales, más allá de cualquier percepción que subjetivamente sugiera lo contrario. Vemos muchos cambios en el durante, y uno de esos cambios es la reinjertación peneana.
Así es, afortunadamente para todos los ciudadanos preocupados de Villa Tranquila, Juancho obtuvo su masculinidad reimplantada mediante complejos pero efectivos mecanismo como la sutura con hilo para coser matambre o la clásica y siempre fiable cinta adhesiva.
Con su vigor reinstalado, Juancho pudo volver a sus oscuras actividades: practicar cocina, comprar billetes de lotería e intentar llevarse a la cama a su vecino Benjamín.




El reencuentro tras un mes de agonía en la sala de espera del hospital.

Los tiempos se fueron acelerando. Juancho sacó determinación de donde no tenía y se decidió a confesarle a Benjamín lo que sentía por él. No se animó a tirársele de una, así que fue de a poco, dándole sutiles indicios sobre sus sentimientos:

Bailongo - Masaje - Saltito - Chamullo

Finalmente, se entregaron a la pasión:



Hacía mucho que no me sentía sucio con un videojuego.


¿Sería este el final feliz que tanto tiempo esperó? ¿Pasaría el resto de sus escasos días de vida con el rubio maraca que tiene la autoestima por el suelo porque NO le hace asco a nada? Todo daba a entender que sí, pero… La verdad es que Juancho se había quedado con un mal sabor de boca tras el degradante acto de amor promiscuo, y no me estoy refiriendo a la parte de la coprofagia. No, esto iba mucho más allá; Juancho sentía culpa. Se negaba a la posibilidad de que los muchachos del barrio le griten al pasar “ehh ahí va el PUTO de Juancho Talarga!” y luego le arrojen ladrillos al grito de “nadie va a poner en duda mi inamovible heterosexualidad, planteandome una realidad que escapa a mi obtuso punto de vista y que, tenida en cuenta, pueda llevarme a replantear mi papel de retrógrada en este mundo civilizado!”.
El resultado no tardó en hacerse visible.



“Es la primera vez que me pasa. Seguro es por la sutura”.


Y así nuestro héroe terminó su grotesca relación homosexual con Benjamín, a quien cariñosamente pasó a llamarlo “el culo del mundo”, por su facilidad para terminar en la cama y por el hecho de que trabajaba de taxi boy y quizo cobrarle a Juancho por tener sexo con él. Juancho no tenía efectivo para pagarle por el extra “hacer de cuenta que su pareja no tenía la garompa cosida con hilo de matambre”, por lo que Benjamín decidió tomar la picaresca actitud de enterrar a su partener vivo en el fondo de la casa, obedeciendo a la sed de sangre nacida de sus raíces sicilianas.
Una vez más nuestro héroe se encontraba hasta el cuello de problemas (entienden? Hasta el cuello. Cachay o no cachay?). Por fortuna, al treceavo día de su infernal tormento subterráneo, donde las lombrices tomaron como hogar su intestino grueso y no entrando exactamente por la boca, Juancho fue encontrado por su jardinera. Al principio la mujer no quiso colaborar; Juancho tuvo que ofrecerle una gran suma de dinero para que lo saque de ahí. Ella preguntó por qué lo habían enterrado en primer lugar y Juancho, honesto, por no decir boludo, explicó que se encontraba enterrado del cuello pa’ abajo por no haberle pagado su tarifa sexual a un taxi boy siciliano. La mujer lo abandonó a su suerte.
Siete días después, cuando las lombrices del colon de Pancho —que ya habían conformado una primitiva aristocracia— eran asediadas por las tribus bárbaras de bichos bolita del páncreas aliados con el tirano ciempiés del recto que bloqueaba la salida, la jardinera volvió con una sonrisa en su rostro. Reveló que se llamaba Emilia y le dijo a Juancho que había recapacitado y estaba dispuesta a ayudarlo gratis. Con lágrimas en los ojo comenzó a desenterrarlo. Juancho tambíen tenía lágrimas, aunque eran causadas por la pala de Emilia abriendose paso con fiereza por entre sus costillas (la tierra era blanda y Juancho, de haberlo tan solo intentado, hubiera podido salir fácilmente de ahí).
Para festejar su recuperada libertad, Juancho invitó a Emilia a cenar a su casa. Luego le pidió como favor que le haga un enema con aguarrás, acto que barrió con el devastado campo de batalla intestinal, erradicando a las lombrices y bichos bolita sobrevivientes junto con el ciempiés, quien se había autoproclamado “Señor del tracto”. Al verse venir el diluvio corrosivo hubo quien escuchó al ciempiés decir “toda el agua va hacia el mar, y yo voy a la mierda. No me arrepiento de nada”.
Juancho y Emilia parecían llevarse muy bien. Los unía el júbilo de los adolescentes, la sabiduría de los adultos y la escatología de los lactantes. El hombre obedeció a sus instintos y se acercó a la joven dándole muestras de su aprecio.

Charlita - Masajito



“Por fin! Una mujer! Y esta vez no está catatónica!”


Capo! Me siento orgulloso de vos. Y pensar que te había creado con el único propósito de cagarte la vida, hacerte pasar una desilusión tras otra, forzar a que tus miedos se vuelvan realidad y finalmente darte una muerte miserable, todo para diversión mía, mientras que vos seguías rezándome y confiando en que iba a hacer que todo mejore. Esto de ser un Dios es tarea difícil.
Esa noche, por primera vez, Juancho pudo sentir el calor de una mujer sin que eso le sume cargos a su expediente judicial. Esta vez Juancho era el hombre, y el mundo su hogar, y su cama el lugar donde sería esposado y azotado brutalmente a latigazos por la jardinera fetichista.



Juancho, Emilia y el “Usurpador 2003” modelo verde fluo


Por una noche, todo fue gloria. Pero, ¿qué será de la próxima noche? ¿Qué será del mañana?



“Que hacés acá todavía? Andá a servirme el desayuno, puta!” dijo Emilia


La joven jardinera resultó ser una okupa, y bajo la amenaza de hacer públicas las fotos de la masacre intestinal hizo saber a Juancho su deseo de instalarse en su casa, permanentemente…

¿Qué sucederá con nuestro héroe? ¿Se harán públicas las fotos y será acusado de genocidio anal? ¿Tolerará la presencia de la sexualmente activa pero potencialmente peligrosa jardinera Emilia? ¿Pedirá ayuda al taxi boy mafioso? Lo único cierto es que Villa Tranquila no volvería a ser la misma, jamás.

No se pierdan el próximo capitulo de Las desventuras de Juancho Talarga.

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