27 de marzo de 2013

Hitari no Shibashi - Capítulo 4



Escribo sobre una mujer que no existe y que amo. Su simple apariencia es inconcebible en este mundo. Tiene tres dimensiones, vello en la piel, ojos pequeños y un miedo terrible a quedarse sola. Ella me busca sin conocerme y se va a cruzar conmigo en la calle dos veces en su vida. Jamás me hablará ni conocerá mi nombre. Mucho menos sabrá que la escribo o que le di existencia un viernes a la tarde en el patio de una escuela secundaria de Shibuya, sentado en el macetero redondo de un cerezo deshojado.


Sensuke:
“¡Oye, tú! ¡Si, tú, el nuevo!”
Shitaro:
“No me rompan las pelotas.”
Sensuke:
“¡¿Qué modales son esos, nuevo?!”
Aki:
“Vamos, nuevo. Venimos en paz. Solo queremos hablar.”

Compañeros de escuela. Son dos y parecen sucios. Uno tiene el pelo rapado, el otro de rubio y desprolijo. Ojos medianos como los míos. Están agitados; hablan rápido, gesticulan, mueven los brazos, hacen muecas ridículas. A todas luces delatan tener el pene pequeño.

Shitaro:
“Ok, en primer lugar, dejen de llamarme «nuevo». Me llamo Chintaro o algo así. En segundo lugar, no quiero tener nada que ver con ustedes. No quiero verlos, no quiero oírlos. No quiero saber que existen.”
Aki:
“Larguémonos de aquí, Sensuke. Perdemos el tiempo.”
Sensuke:
“¡De ninguna manera, Aki! No me iré sin mis fotos.”

Desarrollo de la trama. ¿Fotos? A ver.

Shitaro:
“Momento... Ustedes no serán los infames fotógrafos del diario escolar, ¿no?”

El energúmeno alfa hace una especie de pose de súper héroe. Solo sabe comunicarse a los gritos.

Sensuke:
“¡Sensuke Taiboo! ¡Primer Corresponsal del Periódico Escolar Shibuya Times!”
Aki:
“Aki Fukushima. Segundo corresponsal...”

El segundo habla con cierto aire de resignación. Me resulta menos ofensivo.

Shitaro:
“Sí, oí hablar de ustedes. Los pajeros más prolíficos de toda la escuela. Yo creía ser un gran onanista, hasta que supe de ustedes, de su obra. Van por toda la escuela sacandole fotos a mujeres desprevenidasy después las publican.”
Sensuke:
“¡Nosotros solo buscamos la verdad, donde sea que ésta se esconda! ¡Así estuviera en el vestuario de mujeres!”
Aki:
“En el baño de señoritas.”
Sensuke:
“¡En la piscina de la escuela durante la hora de natación femenina!”
Aki:
“Debajo de los pupitres de nuestras compañeras.”
Sensuke:
“¡Y ocasionalmente bajo las escaleras! ¡Siempre el ángulo preciso en el momento exacto!”
Aki:
“Siempre buscando la verdad para llevársela a nuestros lectores.”

Pienso en mi mujer que no existe pero que amo. Ella no deja que le saquen fotos del culo. Nadie le sacaría, tampoco. Porque yo lo mato.
Le doy un sorbo a mi jugo.

Shitaro:
“Ustedes lo que buscan es material para hacerse la paja, hijos de puta. ¿Qué quieren conmigo?”
Aki:
“Verás, te estuvimos observando…”
Sensuke:
“¡Sabemos que eres un galán con las mujeres! ¡Todas te siguen!”
Shitaro:
“Ok, vamos por parte. Ninguna mujer me sigue. Y si alguna lo hiciera, es porque soy el único flaco más o menos rescatable en todo este lugar. O sea, yo no sé si estuvieron prestando atención últimamente, pero todos los varones son iguales. ¡Parecen clones! Ninguno habla. Ninguno se destaca por sobre el resto. Y los que lo hacen —¡ustedes!— resultan ser terribles degenerados que están a dos fotos de caer en cana por acechar pendejas. ¿Qué mina quisiera estar con alguien así?”

Ningún degenerado va a tocar a mi mujer, carajo.

Aki:
“Mira, nuevo, no te estamos pidiendo consejos. Te estamos pidiendo ayuda.”
Sensuke:
“¡Tienes acceso a las mujeres más deseadas de la escuela! Podemos llegar a un acuerdo… Nosotros te daremos una cámara y tú-”
Shitaro:
“A ver flaquito si nos entendemos: a mí ninguna mujer deseada me anda buscando.”
Aspis:
“Shitaro. Aquí estás. Te estaba buscando.”

Giro la cabeza a ver quién me habla y la puta que me parió. ¡Qué buena que estás! Rubia, pelo largo, ojos azules medio endemoniados, labios pintados de rojo, colmillos prominentes y un moño sobre la cabeza que curiosamente asume la forma de dos cuernitos. Tetas y culo a gusto.

Shitaro:
“¡Rápido! ¡Escóndanse! ¡No me corten el polvo!”

Las jóvenes promesas del periodismo Shibuyense se escabullen detrás del árbol. Aspis, la presidenta del club de ocultismo se acerca con mirada depredadora.

Aspis:
“¿Qué escribías?”
Shitaro:
“¡Nada!”

En un veloz movimiento de manos hago un bollo con mi mujer imperfecta y la escondo en el bolsillo. Perdoname. Por favor, mi amor, perdoname.
Aspis se me acerca. Se inclina ante mí. Pasa dos dedos por mi mejilla, me sujeta con delicadeza el mentón y, despacio, aproxima su boca a la mía. Susurra.

Aspis:
“Necesito tu ayuda… en un asunto… privado.”
Shitaro:
“Necesito… pañuelo descartable… urgente.”

Vuelve a erguirse.

Aspis:
“Mis compañeras y yo estamos trabajando en un proyecto… extracurricular… para el que necesitamos la participación de alguien con una… disposición muy específica. Tu nombre se mencionó en un momento.”
Shitaro:
“Si lo decís por el incidente que se hizo público el otro día, te juro que fue un malentendido. Ese cactus realmente parecía una mujer.”

Me sella los labios con un dedo índice.

Aspis:
“Te esperamos en el sótano de la escuela, al terminar la clase.”

Y se va. La minifalda le queda más corta que hace diez segundos, te juro.
Sensuke y Aki emergen de su escondite pero no del trance autoerótico. Con manos temblorosas me ofrecen una cámara de fotos. La veo ante mí y de repente entiendo todo. Las fotos, el ritual. La necesidad de capturar esa energía libidinosa que perméa en la ciudad. Ese milagro cotidiano tan único y tan repetido que me tiene a mí como testigo permanente, casi como víctima, porque lo padezco en lo más bajo de mis entrañas, tan alejadas del sosiego como las de estos dos pobres boludos que tengo acá al lado. Somos lo mismo ellos y yo. Somos los consumidores involuntarios de una droga llamada Shibuya.
No quiero ser un adicto más.


Shitaro:
“¡Ni en pedo, flaco! Buscate tu propia orgía.”
Sensuke:
“¡Maldito avaro! ¡Por lo menos concédenos una entrevista luego! ¡Nuestros lectores merecen saber la verdad!”

Fin del recreo. De nuevo en el aula, con mi hoja en el pupitre y sin una puta idea de lo que están dando en clase. Pasan los minutos como si nada. Como si no estuviera pasando. Como si fuera una escena de relleno totalmente omitible. Como casi todo en mi vida.
Quizás lo único relevante sean mis disparatadas relaciones humanas, si es que se puede considerar humano a mi entorno. Marineritos y súper modelos. Unos me golpean, otras me ignoran; salvo los que me quieren usar y las que me quieren coger. Y yo sigo viendo girar la aguja del reloj de pared mientras el profesor habla de cosas que no entiendo ni me importan. Así pasan los minutos y las horas y los días, saltando de una frustración a la siguiente, todo el tiempo intentando darle un contenido a la hoja en blanco que es mi vida, como la que descansa ahora en mi pupitre, como la que está hecha una pelotita en mi bolsillo, dándole existencia a una mujer de un metro sesenta y cinco de estatura y pechos pequeños.
Cinco de la tarde. ¡Hora de coger!
¡Qué alegría! ¿Hace cuánto que no saco a pasear al canario? Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que me acosté con alguien. Medio me preocupa. ¿No seré virgen? Sabés que creo que sí. No sé, viejo, ¡estoy contento! Caminando por los pasillos, bajando escaleras. Todo es hermoso. Un poco de olor a encierro. Humedad. ¿Paredes de piedra? Me encantan. ¡Y bajamos las escaleras! Cuidado no te resbales que está oscuro. Una puerta de madera bien vieja y pesada. Debe ser carísima. Mirá qué linda, decorada con una cabeza de cabra. ¿Traje mentitas? Tendría que haber traído mentitas. Mal ahí, nene. Tengo una acidez terrible.

KNOCK – KNOCK!!

La puerta se abre y aparece Aspis. Viste solamente una túnica negra que le cubre todo el cuerpo. Y parece que abajo no lleva nada. ¡Vamos Chintaro que hoy rompés todo!

Aspis:
“Te estábamos esperando, Shitaro.”

Me invita a pasar.
La habitación es pequeña y oscura, posiblemente un viejo depósito que la escuela ya no usa. En cada una de las cuatro esquinas se encuentra una voluptuosa señorita, también de túnica negra, sosteniendo un candelabro encendido, los cuales en combinación tiñen de dorado las paredes y el cielo raso, ambos de piedra. El piso de baldosa oscura está manchado aquí y allá con tiza blanca, cera de velas y lo que parece ser sangre animal. En el centro de la sala alguien se tomó el trabajo de dibujar con tiza un pentáculo y todo tipo de runas alquímicas que vaya uno a saber qué significan. Sobre el fondo puedo adivinar un pequeño altar de loza con las dimensiones justas para que un varón yazca recostado boca arriba, posiblemente a merced de la daga ceremonial de hoja serpentina que reposa en uno de sus lados.

Shitaro:
“No te voy a mentir: estoy un poco oxidado en esto del sexo grupal. ¿Te parece si arrancamos jugando a la botellita, para ir entrando en calor?”
Aspis:
“Bebe de mi caliz y ya no tendrás de qué preocuparte. Nosotras nos encargaremos del resto.”

Me ofrece una copa dorada llena hasta la mitad con un líquido blanco y burbujeante. Debe ser un antiácido. Me viene al pelo.

GULP – GULP!!

Mucho mejor. Ahora soloooo teeengoooo queee…

ZZZZ – ZZZZ!!

¡Qué siesta, mamita! Eso por quedarme hasta tarde boludeando en internet. Y estas se ve que ya empezaron con la joda. Miralas, en círculo, tomadas de la mano, cantando boludeces en latín. Que forma rara de arrancar una orgía.

Aspis:
“¡Priusquam praesens! ¡Damnatus Salvens! ¡Hic homo nesciens!

Y las otras cuatro repitiendo a coro.
Intento incorporarme pero no puedo, mi cuerpo todavía está entumecido. Me doy cuenta que estoy recostado sobre el altar y mi camisa ha sido removida. Mis pantalones siguen en su lugar, lamentablemente.
Cesa el canto y veo que Aspis se me acerca, daga ceremonial en mano.

Shitaro:
“Si así tratan a todos sus invitados, no me sorprende que el club de ocultismo tenga tan pocos miembros.”
Aspis:
“Silencio, cordero.”
Shitaro:
“¿Cordero?”
Aspis:
“¡Virgen!”
Shitaro:
“¡Hey! ¡Andá a cagar!”
Aspis:
“¿No te das cuenta, cordero, que tu único propósito en esta tierra ha sido revelado? Deberías alegrarte, pues será tu energía sexual la que nutrirá a nuestro dios. Tu libido, acumulada durante años, emergerá hoy por primera vez para-”
Shitaro:
“Nena, me vibra el pito.”
Aspis:
“¿Qué dices?”
Shitaro:
“Me están llamando. Alcanzame el celular, que lo tengo en el bolsillo y no me puedo mover.”

Aspis introduce su mano en el bolsillo de mi pantalón y tras revolotear por varios segundos extrae un pequeño rectángulo de plástico negro. En silencio, me muestra el display del aparato.

Shitaro:
“Es el hincha pelotas de Sensuke. Qué ganas de joder tiene. Sabía que a esta hora iba a estar cogiendo y me llama igual. No atiendas.”

Aspis deposita el teléfono a un costado del altar y vuelve a tomar la daga ceremonial. La sostiene con ambas manos a pocos centímetros de mi pecho desnudo. Vuelve a entonar salmos en latín, con las otras cuatro haciéndole el coro.

Aspis:
“¡Voca me benedictum! ¡Sana meam animam!”

Momento. Se me ocurre algo.

Shitaro:
“Nena, consulta. El cordero necesariamente debe ser virgen, ¿no?”
Aspis:
“Así es. La mejor fuente de energía sexual condensada. Con ella podremos al fin despertar a nuestro dios.”
Shitaro:
“Ok, ok. ¿Y si te digo que puedo conseguir un cordero con todavía más fuerza sexual condensada que la mía? Tu dios se pondría contento.”
Aspis:
“Entiendo que eres tú el cordero más exaltado de la escuela.”
Shitaro:
“No, nena. Este otro pibe destila pajerismo por cada poro. Atendé el teléfono y pasámelo.”

Aspis vuelve a tomar el pequeño celular, aun vibrando. Pulsa un botón y lo acerca a mi oído.

Shitaro:
“¿Qué hacés, nene? Escuchame: no sabés lo que es esto. Pero no sabés. Mirá, me arrepiento de no haber traído la cámara de fotos, porque no me vas a creer cuando te cuente… Calmate. Escuchame. ¡Escuchame! Seh… Seh… Y qué se yo. A ver, esperá que pregunto…”

Pausa. Aspis me mira desconcertada. Qué buenas tetas tiene.

Shitaro:
“Dicen que sí, que vengas. Pero vos solo, tu amigo no… Escuchame… Calmate un poco, ¿querés? ¿Gritás o escuchás…? Seh… Seh… En el sótano, sí. Bajás las escaleras. Vas a ver que está todo oscuro. Seh. Una puerta de madera con la cabeza de una cabra. Vas a ver un montón de pentáculos. Sí, dale. Dale. Dale. Daaaale. Dale, dale. Yo ahora salgo quince minutos y vuelvo. Si llegás y no estoy, ustedes arranquen sin mí. Dale. Dale. Abrazo.”

Hago una seña con la cabeza y Aspis corta la comunicación.

Shitaro:
“Listo, tenés cordero nuevo y mejorado. Te va a caer re bien el pibe. ¿Me alcanzás la camisa?”

Las cinco súper modelos vírgenes satánicas se apresuran a vestirme y despacharme antes de que llegue la próxima víctima. Con ayuda de Aspis me pongo de pie y camino hacia la puerta. Subimos juntos la vieja escalera de piedra. Me sujeta del brazo con firmeza. Con cada escalón, su rostro se ilumina más y más. Salimos y la luz de la tarde otoñal nos baña de lleno. Envuelta en su túnica negra, con la daga ceremonial de hoja serpentina apretada bajo su cinturón de cuerda, la veo como un ángel caído de tiempos medievales, perdida en una época que no entiende, intentando llamar a un viejo dios oscuro, su único amigo.

Shitaro:
“Aspis… Todavía sigo entumecido en algunas zonas del cuerpo, por eso no te digo de hacer algo hoy. Pero… un día de estos podríamos salir a algún lado. Vos y yo. Y hacer algo no-ocultista, si te parece. ¿Te gustaría…?”
Aspis:
“Creo que será mejor que te vayas.”

Se da vuelta y baja la escalera sin mirar atrás.
Yo agacho lentamente la cabeza y comienzo el camino de vuelta a casa.
Por alguna razón trato de no pensar en mi mujer imperfecta. Seguirá esperando arrugada en mi bolsillo, caminando de esquina a esquina con sus ojos color café y sus labios sin pintar.
Ella no sabe de túnicas ni dagas ceremoniales. Ella no existe.

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