8 de marzo de 2013

Perro


El 23 de Marzo, en su último día de vida, Silvana Olazar, de veinticuatro años de edad, despertó reprochándose en voz alta el haberle prestado a una compañera su único ejemplar de La Metamorfosis. El lunes a las diez debía entregar el trabajo práctico y para el domingo se había propuesto no abrir un solo libro.
Mientras hacía la cama trazó mentalmente el plan de actividades para la mañana.
Ante todo el desayuno: mate, yogurt de ciruelas y galletitas de salvado con mermelada de durazno. Luego llamaría a su madre, con la que calculaba que hablaría unos veinte minutos. Inmediatamente después se ducharía. A las once recalentaría la porción de pizza napolitana que había sobrado de la noche anterior y la comería.
Pasó unos cinco minutos en el cuarto de baño durante los cuales no pensó en nada relevante. Al salir se dirigió a la cocina. Descorrió las cortinas del ventanal que daba al balcón, encendió una pequeña radio sobre la mesada y comenzó a preparar el desayuno, todo el tiempo pensando en si quería o no ver de nuevo a su novio esa noche.
No tuvo tiempo de decidir; como si las cuatro hornallas hubieran estado abiertas de par en par toda la noche, el chispazo del encendedor desató una terrible llamarada que en fracciones de segundo se expandió por toda la cocina. La explosión fue tan violenta que destrozó completamente el ventanal, llevando consigo un centenar de trozos de vidrio y de humanidad chamuscada que cayeron como lluvia humeante sobre  el patio interior del edificio. Parte del piso de la cocina cedió y se desplomó sobre la mesa del comedor del 11B, cuyo dueño se encontraba aun durmiendo.
Silvana, por su parte, recién comenzaba a salir del shock.
Los primeros movimientos solían ser involuntarios (temblores, torsión del abdomen, el cuello y las extremidades, respiración espasmódica, ojos en blanco, uñas clavándose en las palmas de las manos). Con frecuencia se caía de la silla y se retorcía en el suelo por varios segundos. Esta vez no fue el caso. Tras un breve escalofrío que recorrió toda su columna vertebral, abrió los ojos y se descubrió a sí misma en la pequeña habitación gris que tanto odiaba.
Todo seguía en su lugar, como si nada jamás se hubiera movido. El escritorio de metal, las paredes de cemento sin pintar, la puerta de madera blanca, el hombre de traje gris y cabeza de perro negro. Era un cuadro que nunca había cambiado y que nunca iba a cambiar. Ese fue su primer pensamiento racional en esta ocasión.
Recordó fugazmente una de sus primeras visitas a la habitación gris (muy probablemente no sería de las primeras en su vida, pero sí estaba entre las primeras que recordaba). Fue a los seis años, tras haberse ahogado en la piscina de la colonia vacacional a la que asistía. No recordaba bien los detalles o exactamente qué la impulsó  a pararse y dirigirse hacia la pared de cemento. Solo recordaba estar arañándola y mordiéndola con los ojos llenos de lágrimas. Recordaba gritar y la sensación de sus dientes quebrándose contra el revoque. Recordaba la frustración de saber que todo era inútil; que la habitación y ella misma retomarían su forma original en cada visita.
A los seis años ya entendía eso a la perfección, pero no le importaba. No podía importarle. Una y otra vez arremetió contra las paredes, ya sea vistiendo un traje de baño, un vestido de primera comunión, un pijama o desnuda. Fueron los momentos de mayor claridad de su infancia y al mismo tiempo los más insustanciales, porque no los recordaría al volver al mundo de los vivos. Seguiría con su rutina de niña de seis, siete, ocho, nueve años como si no hubiera pasado nada. Porque nunca pasó nada. Nunca se ahogó en una piscina, ni se electrocutó en la bañera, ni fue muerta por un perro de la calle. Así como tampoco se encontró a sí misma en ninguna habitación gris frente un monstruoso oficinista con cabeza de perro, ni se reventó la cara golpeando paredes, buscando una forma de canalizar toda su frustración.
El hombre de gris, como aquella vez, como todas las veces, permaneció impasible. Sentado inmóvil en su escritorio sin mover un músculo, sin desviar su opaca mirada, esperaba.
   Otra vez… —murmuró Silvana.
Señorita Olazar, lamentamos mucho su inconveniente —dijo con voz suave y monótona el hombre con cabeza de perro, y como en cada ocasión, abrió el cajón de su escritorio metálico, extrajo un expediente sin rótulo, lo abrió y leyó en voz alta—. Usted ha sido víctima de una anomalía que interrumpió la continuidad de su existencia terrenal.
Hacía años que Silvana ya no oía las declaraciones de aquel ser extraño. Tras un sin fin de repeticiones había aprendido tan bien como él cada palabra, cada pausa, cada variación en el tono. Podía hasta adivinar el ritmo de su respiración y los latidos de su corazón, si es que tal criatura estaba viva.
Era un momento era preciado para ella y solía aprovecharlo para meditar. Las palabras del empleado conformaban un perfecto metrónomo que marcaba el ritmo de los pensamientos de Silvana. Se habían vuelto útiles.
De nuevo pensó en él. En las reacciones que provocó en ella a lo largo de su vida. Del horror inicial, a la repulsión, a la ira, a la pena, a la nada. Era un ser insondable, tanto física como emocionalmente. No podía ser tocado. Ni él, ni su silla, ni su escritorio, ni la lámpara sobre su escritorio. Solo se lo podía ver y oír, lo cual era lo mismo que nada ya que parecía estar programado para no modificar el más mínimo detalle de su conducta en cada una de sus presentaciones.
Siempre vestía el mismo traje gris, la misma camisa celeste, la misma corbata blanca. Su aspecto era impoluto, su postura perfecta, sus gestos ensayados. Sus manos eran las de un hombre de edad madura. Su cuello y cabeza estaban cubiertos de pelo negro, corto y muy limpio. Tenía un hocico prominente, dientes blancos y agudos y una sorprendente dicción que siempre había llamado la atención de Silvana.
Mil veces buscó algo dentro de él. Un rastro de empatía, de duda o siquiera de miedo. Algo que sugiriese que se escondía una voluntad detrás de ese par de ojos muertos. Silvana, en quizás dos décadas de conocerlo, le había expuesto el más amplio espectro de emociones. Sus ojos verdes fueron su voz cuando su garganta ya no podía gritar o su mente se desmoronaba. Pero nunca encontró aquella chispa de luz que delata a un ser humano. Hacía tiempo había llegado a la conclusión de que tras esa mirada pétrea bien podía no haber nadie, y entonces dejó de buscar.
    Ante todo quisiéramos decirle que sentimos profundamente su confusión y su dolor… Pero, le rogamos que no se alarme. Estamos aquí para asistirla y guiarla en el proceso de restablecimiento al plano terrenal. Si tiene alguna inquietud para plantear, estamos para escucharla…
Proseguiría con su mensaje si ella no emitía palabra en exactamente seis segundos. Silvana lo hubiera podido comprobar de haber tenido la buena ocurrencia de morirse vistiendo un reloj pulsera, o si dentro de esa habitación existiera algo remotamente parecido al concepto de tiempo.
Lo dejó seguir mientras ella repasaba por última vez algunas partes de la larga cadena de suposiciones que había construido a lo largo de los años. Porque el oficinista no aportaba información de ningún tipo y había quedado en ella generar sus propias hipótesis sobre el lugar en el que se encontraban.
No tardó mucho en deducir que la habitación era una especie de limbo administrativo regido por leyes tan peculiares como arbitrarias: cada vez que moría en el mundo real, aparecía en la oficina de revoque gris, donde luego de una breve explicación que no explicaba nada un oficinista con cabeza de perro le pedía que firmara un suerte de forma legal y luego se retirase por una puerta blanca. Silvana volvería a su mundo en los instantes previos al accidente que le habría costado la vida. Volvería sin ningún tipo de recuerdo post mortem, evitaría de alguna manera el accidente y seguiría viviendo el resto de su existencia sin mayores sobresaltos.
Ese era el sistema a grandes rasgos. El problema estaba en los detalles.
En primer lugar estaba la sobreabundancia de anomalías. El promedio era de diez por semana, con record de seis veces en un mismo día cuando tenía veintiún años. Accidentes fatales, la mayoría de las veces absurdos, injustificados y violentos, como la falla catastrófica de un horno a gas que hasta entonces había funcionado bien, y que luego del trámite restaurador seguiría funcionando bien.
Otro problema era el tiempo. O la ausencia del tiempo. O la falta de sucesión, más bien. Si tomaba a la habitación gris como un espacio fuera del tiempo donde no existía posibilidad de avance o retroceso, entonces cada una de sus visitas era la primera. Eso explicaba el constante restablecimiento de la habitación y de su propio cuerpo luego de alterarlos. Ningún tipo de interacción era significativa: el perro repetía la misma rutina a la perfección porque era la única vez que la hacía.
Lo que Silvana nunca había llegado a comprender —y que consideraba el verdadero tormento de su existencia actual— era la linealidad de su propia memoria: en la oficina recordaba todo, incluso lo que la Silvana del mundo de los vivos había sido contractualmente obligada a olvidar. A los recuerdos tan poco trascendentes de su vida terrenal debía sumarles el de un sin fin de muertes violentas, dolores paralizantes, fracturas y mutilaciones; los cuales luego serían efectivamente borrados de manera tal que nunca hubieran sucedido. Así, con cada una de sus visitas a la habitación gris recibía el conocimiento acumulado de un sin fin de tragedias inexistentes a lo largo de su vida.
El hombre con cabeza de perro empezó a hablar sobre la anomalía que había hecho explotar su cocina. Lo dejó seguir, mientras repasaba un episodio no ocurrido a los dieciséis años.
Estaba paseando en un centro comercial con varias amigas del colegio. Recordaba que pasaban frente a los locales de ropa, gritando y riendo —recuerdos de otra vida. Pensó que en ese instante jamás se le hubiese ocurrido que la vidriera de un negocio podría, sin estímulo alguno, derrumbársele encima. Era físicamente imposible, o cuando menos muy improbable. Naturalmente, el enorme vidrio se desplomó sin causa aparente sobre ella, partiéndose en varias partes y cercenando, entre otras cosas, la arteria femoral de su pierna izquierda.
Morirse desangrada la angustiaba enormemente. De las muertes instantáneas se despertaba solo con la imagen residual de un dolor terrible; casi no daba tiempo a la emoción. Pero con los desangramientos sobrevenían toda clase de desesperaciones, no solo de ella, sino de las personas que estuvieran en ese momento a su alrededor. Entonces moría entre gritos y lamentos, propios y ajenos, y el recuerdo traumático la seguía hasta la habitación de revoque gris, donde se mezclaba con recuerdos similares.
En esa ocasión despertó muy afligida y lloró por varios minutos mientras el hombre con cabeza de perro repetía su discurso por tercera vez en la semana. Cuando este le ofreció su apoyo incondicional, Silvana preguntó entre lágrimas:
— ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué tengo que sufrir una y otra vez?
Señorita Olazar —respondió el oficinista, sin responder nada—, la anomalía que se produjo no pudo ser prevenida. Por eso le ofrecemos este servicio.
¡¿Pero por qué a mí?! —gritó Silvana—. ¿Por qué solo a mí? ¡Nunca, ni una sola vez, vi que a otra persona le pase algo siquiera parecido a las cosas horribles que me pasan a mí!
Dentro de esta oficina solo le está permitido tener recolecciones de las experiencias personales.
¡Siempre a mí sola! —seguía llorando, aunque no lo deseaba. Suspiraba hondamente entre cada palabra—. Nunca me tocó morirme junto a otra persona. ¡Siempre sola! ¡¿Cómo puede explicarme eso?!
Dentro de esta oficina, solo le está permitido tener recolecciones de las experiencias personales —repitió el perro—. Recolecciones de otro tipo corresponden a otros departamentos.
No lo entendió entonces. Pasó mucho tiempo hasta que pudo recordar y reinterpretar esas palabras. El empleado le había dado a entender no solo que había padecido muchas otras muertes de las cuales no estaba al tanto, sino que otras personas bien podrían estar en su misma posición.
Se llevo los dedos de la mano izquierda a la cabeza. El empleado ahora estaba leyendo una ficha del expediente. Autorizaba una disposición alternativa de los sucesos ocurridos en la mañana del 23 de Marzo. La mención de cada fecha representaba una alteración en su discurso, pero nadie hubiera advertido la diferencia.  
Pensó en su viaje de egresados a Bariloche, cuando tenía diecinueve años. No recordaba el accidente en sí (una electrocución como tantas otras) sino todos los eventos previos a él. Se veía a sí misma bailando sonriente junto a sus amigas. Iban las ocho disfrazadas de parca, con botas, medias de red y un tul negro envolviendo los senos y deviniendo en capucha. En una mano, un enorme vaso de plástico rebalsando cerveza; en la otra, también de plástico, una guadaña de juguete. Bailaba con sus amigas una alegre danza macabra.
En esa absurda imagen pensaba Silvana mientras intentaba definir una resolución, sentada frente al hombre con cabeza de perro, que seguía entonando legalismos con voz monocorde.
Pensaba en Silvana. En la otra Silvana. En aquella joven que ya entonces no era ella. Esa chica definida por el simple —y tan irreal— hecho de vivir ininterrumpidamente. Pensaba en su sonrisa, en su inocencia. La veía bailar, beber, besarse con chicos desconocidos, tan odiosamente ajena a lo que en verdad sucedía. Pero no podía culparla. Se limitaba a envidiar tiernamente su ignorancia. Veía a la otra Silvana como una versión ideal de ella misma; la protagonista de un sueño, tan lejana, tan diferente. Y ella, la soñadora, despertaba con horrible frecuencia en ese mundo real, desnudo y cuadrilátero, sintiendo una indecible pena ya no por ella misma (que a fin de cuenta, solo padecía el recuerdo de un dolor), sino por la otra, la ideal, la pura. La que tenía que ver morir.
El hombre con cabeza de perro le explicaba ahora las condiciones de la devolución. Ella volvería a vivir aquel 23 de Marzo sin ningún tipo de recuerdo o evidencia física de todo lo acontecido o percibido en la oficina gris.
Ella despertaría. Recordaría su libro prestado, haría la cama mientras planea sus actividades de la mañana, pasaría por el cuarto de baño y finalmente iría a desayunar. En algún punto cambiaría su antojo de mate por el de té con limón. Acudiría al horno de gas y lo encontraría funcionando perfectamente. Luego seguiría viviendo.
Terminada la exposición legal, el oficinista giró hoja que estaba leyendo, la deslizó por sobre el escritorio hasta dejarla frente a Silvana y colocó su pluma a un lado. Con su habitual amabilidad, le rogó a la señorita Olazar que firmase sobre la línea punteada, al lado de la equis escrita a mano. Esta era la única interacción posible que le permitía a Silvana tocar algo que no fueran la silla, las paredes o la puerta cerrada. No le llevó muchas muertes darse cuenta de que no podía vandalizar ninguno de los objetos en forma alguna, por lo que solo se limitaba a firmar y salir por la puerta blanca.
Pero en esta ocasión, Silvana no tomó la pluma. Permaneció sentada, con sus manos sobre las rodillas, en calma.
No —respondió, y luego agregó—. Y sé que puede esperar toda una eternidad en silencio hasta que firme y me vaya. Pero ya no va a suceder. Le exijo una alternativa.
Señorita Olazar —dijo el hombre de gris—, no hay alternativa. Usted firma y vuelve a vivir su vida. ¿Qué más quiere?
Mi vida. Esa no es mi vida.
Señorita, si su existencia terrenal no le satisface, es libre de volver y terminarla voluntariamente.
Usted no entiende —respondió con voz leve y pausada—. Jamás se me cruzaría la idea de matarme. Soy feliz, vivo una vida plena. Tengo amigos, familia, un novio. Nunca me morí. Nunca sentí dolor. Nunca lo conocí a usted.
Tras una breve pausa que Silvana encontró auspiciosa, el oficinista volvió a inquirir:
  ¿Qué es lo que quiere?
  Quiero ser yo —dijo Silvana en voz baja esforzándose por reprimir una lágrima—. Quiero ser yo. La que soy ahora.
Lo que pide es imposible. Todo lo que suceda en este espacio necesariamente-
¡No es imposible! —gritó Silvana—. ¡Será imposible para ese papel, no para mí! Esa persona no soy yo y usted tiene la obligación de dejarme ir.
Se puso de pie. Por primera vez en su vida estaba en control.
El hombre con cabeza de perro, por su parte, permanecía inmóvil; detrás de sus ojos turbios no había aparecido aquella chispa que Silvana hubiera esperado encontrar en ese momento. Pero había algo diferente en él. Un parpadeo más largo de lo habitual o una minúscula inclinación del hocico. Tal vez sus pupilas eran más grandes.
Señorita, estamos obligados a advertirle… —dijo, con la impotencia de un esclavo.
No —interrumpió Silvana, apoyando de golpe ambas manos en el escritorio e inclinándose gradualmente hacia adelante—. Usted no debe advertirme nada. Yo debería ser la única dueña de mi vida. Y en vez de eso, ¡estoy atrapada acá con usted! ¿Sabe lo que es estar atrapado? ¿Se da una mínima idea?
Temblaba. Pero no lloraba. No se permitía llorar.
No quiero echarle la culpa. Seguramente usted no tenga nada que ver —exclamó, con una mirada llena de pena y amor. Se tropezaba con sus palabras, que salían torpemente de algún lugar profundo y desconocido—. Pero necesito ser yo… como sea. Necesito ser una sola persona. Y voy a afrontar las consecuencias. Yo sé lo que puede llegar a pasar. Y francamente no me importa si me muero, si me muero siendo yo.
El hombre permaneció en silencio, con la mirada turbia clavada en la mujer. Silvana continuó:
— Yo sé que no hay un hoy en este lugar, que tampoco es un lugar. Pero hoy se termina. Hoy no firmo, y me voy. Me voy a despertar en mi cama el 23 de Marzo, y voy a desayunar lo que se me ocurra que quiero desayunar, y a ducharme y a llamar a mi madre. Y me llevo conmigo todos mis recuerdos, por terribles que sean. Me voy sabiendo quién soy y sabiendo todo lo que pasó acá… Y no tengo idea de qué le va a pasar a esa chica, pero necesito más recordar de lo que ella necesita olvidar.
Observó el silencio del hombre y se dio cuenta que era un perro. Dio media vuelta y se acercó a la puerta blanca. Con la mano sobre el picaporte, cerró los ojos y agregó:
Usted no puede entenderlo… No ser uno. Ser otro…
Abrió la puerta y salió.
El 23 de Marzo, en su último día de vida, Silvana Olazar, de veinticuatro años de edad, despertó gritando con una intensidad que nunca se creyó capaz de alcanzar. Entre  convulsiones logró destaparse y cayó de cara al suelo con la boca abierta de par en par, esforzándose por llevar un poco de aire a sus pulmones rígidos. Avanzó como pudo, arrastrándose, sacudiendo sus extremidades con un vigor y un salvajismo hasta entonces desconocidos. Para cuando logró salir de su habitación ya tenía rotos todos los dedos de las manos.
Desprovista de sus sentidos, logró incorporarse y avanzar apoyándose contra la pared, que al rozar su piel le daba la sensación de estar siendo apuñalada por un millar de agujas al rojo vivo. Finalmente llegó a la cocina. Se irguió, tragó un sorbo de sangre y enfocó sus ojos ciegos en el ventanal que daba al patio interior del edificio.
Entonces comenzó el dolor.
Cada laceración, cada quemadura, cada descarga eléctrica, cada contusión, cada fractura. Todas y cada una de las dislocaciones, los desgarros, los desmembramientos, los corazones perforados, los dientes rotos, los ojos vaciados, las vísceras revueltas, la piel derretida, los cráneos aplastados. Todas las muertes acaecieron al mismo tiempo sobre la mente de Silvana, o de aquella otra Silvana. Fueron tantas y tan intensas que su cuerpo no dio abasto somatizándolas. Y a cada muerte se sumaba una serie interminable de furias, miedos y llantos. Sintió la desesperación de un millar de testigos ausentes, muchos anónimos, muchos amados, y la desesperación propia al ver rostros de su niñez torcidos por el miedo y el espanto. Rebalsada por el dolor físico y mental, aun podía sentir una inexplicable culpa, una infantil envidia. Y vio más allá de su Universo de dolor, otro Universo gris, donde una gárgola quimérica, parodia de hombre moderno, la contemplaba con tristeza detrás de una mirada turbia y eterna. Y aun más allá, otra cara mucho más atroz: ella misma. Pero otra. Un ser deformado, templado en el dolor y la agonía crónica. Un reflejo nefasto devuelto por un espejo roto mil veces. La culpable.
Sosteniendo en alto su grito —que jamás encontró interrupción—, Silvana corrió hacia el ventanal, llevando consigo un centenar de vidrios rotos que apenas sintió en su carne. Se abalanzó sobre el balcón y sin dudarlo saltó al vacío.
La caída se le hizo eterna, pero el impacto fue breve.
Abrió de nuevo los ojos y le llevó unos instantes adaptarse a la luz. Inmediatamente reconoció la silla y las paredes. De nuevo el escritorio. Estaba a punto de gritar cuando terminó de enfocar su mirada y divisó frente a ella un ser diferente. Era un niño de unos seis años de edad, llorando y temblando de miedo.
Entonces ella también sintió un indecible miedo. Su pecho apretado, su boca seca. Una sensación electrizante recorría sus nervios. Quiso agarrarse la cabeza pero no pudo. Quiso pedir una explicación pero no pudo. Quiso llorar, pero en vez de eso miró al niño y le dijo con voz suave y monótona:
— Señor López, lamentamos mucho su inconveniente.

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