7 de febrero de 2013

Hibari no Shitashi - Capítulo 1


Amanece en Shibuya. No quiero levantarme.
RING – RING!!
El despertador suena. Me ordena que salga de la cama. No quiero hacerlo. Quiero quedarme bajo las sábanas y olvidarme que estoy en Shibuya.
RING – RING!!
Se presenta el siguiente dilema: si ignoro el despertador y permanezco en la cama, quizás –QUIZÁS- pueda volver a dormirme y escapar por un rato de la insoportable parodia de realidad que me atormenta incesantemente día, tras día, tras espantoso, horrible día.
RING – RING!!
Por otro lado, si no me levanto ahora mismo, me expongo a que me ocurra lo que acontece. Cada. Puta. Mañana.


Hitori:
“¡Sal de la cama, perezoso!”

Una garra infernal arrebata, de un solo zarpazo, acolchado, frazada y sábana, dejándome expuesto en toda mi fragilidad matutina.

Hitori:
“¡Levántate de una vez, o llegarás tarde a la escuela!”

Mi vecina, Hitori. Dieciocho años. Metro setenta, piel blanca, ojos verdes, pelo también verde, tetas como sandías, cintura inexistente, culo para alimentar familia de cuatro. Es un reloj de arena humano. Y naturalmente, es virgen.

Shitaro:
“No quiero ir a la escuela… Quiero quedarme en casa. Me siento mal.”

Ah, sí. Aparentemente me llamo Shitaro.

Hitori:
“Todas las mañanas haces lo mismo. Por Dios, Shitaro, es el último año de secundaria. Deberías aprovecharlo al máximo. ¿Qué es lo que te sucede ahora?”

Podría responderle que yo ya fui a la secundaria, cuando era adolescente; que mis compañeras eran físicamente más parecidas a mí que a las supermodelos que hay ahora; que de donde vengo, a alguien que entra a tu casa a despertarte a los gritos, lo recibís con un balazo en el parietal. Pero en vez de eso, le confieso la más simple y evidente verdad.

Shitaro:
“Estoy MUY caliente.”

Y señalo la descomunal erección que hace fuerza por emerger del pijama. Pienso en esa escena de Alien.
Hitori, sacudida en su más íntima fibra moral, se limita a emitir un chillido comparable al de un quiróptero, con la peculiaridad de que pudo ser oído en tres barrios a la redonda.

Hitori:
“¡PERVERTIDO!”

¡PAF!
Sus falanges contra mi mejilla, a toda velocidad.
Hitori sale como disparada de mi habitación hacia la cocina. Decido dejar de interactuar  con ella por un rato. Es lo más sano.
Me levanto y comienzo a vestirme.
Paso por la cocina y veo que Hitori ya no está. Debe estarme esperando en la puerta de casa.
Hitori. Qué mina más rara.
Su padre es el dueño del complejo de departamentos donde vivo. Su familia y la mía son amigas desde siempre. Hitori y yo siempre fuimos como hermanos. Crecimos juntos. Hasta que mis padres tuvieron que mudarse a una ciudad vecina, por trabajo. Tenía doce años entonces.
Como lloramos aquel día. Hitori…
¿Por qué estoy diciendo todo esto, si jamás sucedió? Ni siquiera me llamo Shitaro. Nunca viví en Shibuya; no sé ni cómo es ese lugar… ¿Y ahora la escuela? No es como yo la recuerdo… Estos uniformes escolares… Marineritos. ¡Pff!
Salgo a la calle. Allí está Hitori, esperándome.

Hitori:
“Por fin sales, pervertido. ¿Qué modales son los tuyos? Deberías tratarme mejor.”
Shitaro:
“No me rompas las bolas, ¿querés? Estoy en plena crisis existencial. Bastante que me puse este traje de marinerito pelotudo.”
Hitori:
“Camina más rápido o perderemos el autobús. Si llego tarde por tu culpa, ¡te mataré!”
Shitaro:
“No puedo ir más rápido. ¿Sabés por qué? ¡Porque me pesan las bolas! Sí, literalmente tengo pesadas las pelotas de tanta calentura que vengo acumulando. ¡Te quiero ver a vos en mi lugar!”

Hitori me mira. Hay dolor en sus ojos.

Hitori:
“. . .”

Seguimos caminando en silencio. No tardo en romperlo.

Shitaro:
“Ok, perdón. Yo sé que no es tu culpa… Vos vivís en tu mundo, igual que todos. Soy yo el que vive en otro planeta… Voy a tratar de no agarrármela con vos, en la medida de lo posible.”
Hitori:
“Gracias…”

Es increíble cómo las circunstancias hacen al hombre. En otra época jamás me hubiera mostrado tan agresivo y vulgar. Mucho menos con mujeres. Y menos que menos, con mujeres que estuvieran tan ridículamente buenas. La frustración está definiéndome como nunca pensé que lo haría.
Y pensar que creí que esto sería divertido…
Acá el problema es que no logro hacerme entender; de ahí la frustración. Yo les hablo y ellas escuchan. Pero no entienden. Les pido que no se paseen con esas minifaldas, que no me apoyen esas tetas enormes, que no se tropiecen conmigo de manera tal que inexplicablemente siempre queden con su culo sobre mi cara. En definitiva, que no me calienten. ¡Pero no entienden, y hacen todo al revés! Sacan turno para calentarme. Y por supuesto, son TODAS vírgenes. Me calientan todas, pero entrega ninguna. Cuando las invitás amablemente a darse un revolcón, te miran como si les hablases en japonés. Y yo hace un año que estoy con los huevos como dos Fiat 600 de tanto no ponerla. ¡En cualquier momento voy a ir rodando a la escuela!…
Como si les hablases en japonés… A veces no hace falta el japonés para hablar en otro idioma.

Hitori:
“¿En qué piensas?”
Shitaro:
“En la imposibilidad de comunicarnos.”
Hitori:
“Mira, ahí va Kyoko. ¡Hey, Kyoko! ¡Espera!”

Por supuesto, tenía que aparecer Kyoko. Esencialmente, un clon de Hitori. Quizás un poco más baja, quizás un poco más tetona. Yo aprendí a distinguir a la gente por su color de pelo y ojos. En este caso: pelo corto rojizo, ojos tirando a naranja. Dios sabe qué hormonas raras le ponen al sushi de este lugar.

Kyoko:
“Hola Hitori. Hola Shitaro.”
Hitori:
“Hola Kyoko.”
Shitaro:
“¿Qué hacés, nena?”

Traición del inconciente: me acerco y le doy un beso en la mejilla. Ritual grotesco de regiones bárbaras. Ella abre los ojos como el dos de oro, se pone todavía más roja y grita.

Kyoko:
“¡KYAAAAAAAYY! ¡PERVERTIDO!”

¡PAF!
Cinco dedos tatuados sobre mi cara. Hitori, para no ser menos, hace la segunda voz y me empareja la otra mejilla.

¡PAF!

Onomatopeyas.
Avanzamos. Mis dos supermodelos despampanantes vestidas de marinerito caminan delante de mí, intercambiando información irrelevante de su vida escolar. No podría importarme menos. Aunque recientemente —y cada vez con más frecuencia— empecé a desarrollar una compulsión por narrar cada una de las minucias de mi vida cotidiana. Aún no logro entender porqué. Quizás finalmente me haya vuelto loco. Era cuestión de tiempo, supongo.

Kyoko:
“¡El autobús! ¡Rápido, antes de que se vaya!”
Hitori:
“¡Vamos, pervertido, mueve esas piernas!”

Corren. Sin entender bien porqué, las sigo al trote.
El autobús escolar. En mi época no existía eso. Ahora estoy subiendo a uno. Bien por mí. Bien por Shitaro.

Hitori:
“Nosotras vamos al asiento del fondo. Tú busca tu propio lugar, pervertido.”

Mis acompañantes desaparecen de un segundo a otro. Me veo sólo, de pie en un autobús escolar, mirando hacia el fondo, como quien se haya en un largo corredor de hotel, con puertas numeradas a izquierda y derecha, adelante y atrás, donde es bien sabido que cada puerta representa una diferente entrada al infierno y cada habitación alberga sin pudor un exuberante súcubo sintético cuyo único propósito en la existencia es el de estimular tu libido y despertar tu carne de la manera menos sutil posible.
Miro los asientos. Todos tienen un lugar vacío. Todos tienen una supermodelo de busto colosal y cabello fluorescente. Todas me esperan.
Cierro los ojos y respiro profundamente.

Shitaro:
“Hoy viajo parado.”
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