23 de febrero de 2013

Crónicas de un Caótico-Neutral



Él no era ningún héroe. Era el Elegido. El hijo anónimo de un dios anónimo, traído al mundo y olvidado, criado en el monasterio, entrenado en la academia, instruido en las artes como en el vicio, prodigio de la espada y la palabra; la futura única esperanza de un trozo de tierra que ya había perdido hasta la desesperación.
Pero no era ningún héroe. Aun.
Era mediodía cuando Asdasdas llegó a la aldea de Floran. El sol se reflejaba en los campos de trigo como sobre un mar de cobre. El aire polvoriento que respiraba arrasaba su garganta árida tras once días sin beber. No parecía importarle. Como tampoco le había importado atravesar el bosque y la llanura sólo, descalzo y sin armadura, equipado solo con un escudo de cuero y una daga oxidada. No llevaba un arco pero en su carcaj había tres flechas. Esto, junto a las cinco monedas de oro y un anillo de plata otrora pertenecientes a su antiguo compañero de cuarto, componía la totalidad de su patrimonio en el planeta.
Pero esto no le preocupaba, así como tampoco le preocupaban la misteriosa desaparición de su viejo mentor, su destierro del pueblo que lo vio crecer o la profecía que aquella gitana intentó transmitirle mientras se adentraba en tierras desconocidas. Él no necesitaba nada de eso. Su motivación debía ser mucho más grande.
Se acercó hacia el aljibe, punto neurálgico de la aldea. Un viejo granjero trabajado por la vida rústica estaba sentado en la circunferencia de piedra. Parecía llamar al muchacho con la mirada.
— Un forastero… —comenzó el granjero cuando el joven lo inquirió—. No se ven muchos de esos por aquí. Nada que hacer en Floran, y menos ahora. Has llegado en un mal momento.
— ¿Por qué dices eso, anciano? —preguntó Asdasdas.
— ¡Ah, los días de prosperidad han quedado en el pasado! Lo que hoy-
— Cuéntame la historia de tu pueblo —interrumpió el joven.
— Bueno, el primer recuerdo de mi infancia-
“Entonces cultivábamos todo tipo de vegetales. Mi madre se especializaba en las berenje-
“Hasta aquel nefasto día-
“La sequía nos-
“El druida jamás se volvió a ver, pero su maldición perdura hasta hoy.
— Adios —dijo Asdasdas.
Se alejó unos metros, luego volvió.
— Tú de vuelta, joven guerrero. ¿Cómo han ido tus viajes? —preguntó el granjero.
— Yo podría ayudar a deshacer la maldición —exclamó Asdasdas.
— ¡Ah, bendito seas, hijo de un dios! Para poner fin a nuestro tormento tienes que desandar los pasos del druida. Lo primero que deberás hacer es-
“En el sótano encontrarás la entrada a las-
“Pero no temas. El demonio es vulnerable a-
“Cuando tengas la poción, habla con Anna, mi mujer. La encontrarás en la taberna.
— El futuro de tu pueblo está en buenas manos —dijo Asdasdas.
Luego se acercó un poco más al anciano y le cortó la garganta con la daga. Inspeccionó el cadáver y encontró dos monedas de oro, tres flechas y una daga oxidada. Guardó el botín en su morral.
Siguió revisando la aldea y no tardó en dar con una vivienda precaría. Dos habitaciones construidas enteramente en madera, con unos pocos muebles de madera también. Dentro se encontraba un joven matrimonio de aldeanos; el marido de pie frente a la única ventana, la mujer de pie frente a un viejo ropero. El joven guerrero se acercó al hombre.
— Nuestro pueblo está maldito —exclamó el aldeano—. Ese testarudo de Mort no quiere escuchar razones. Debemos-
— Adiós —dijo Asdasdas.
Comenzó a abrir los cajones uno por uno y hurtar todo lo que en ellos encontraba. Ante esto el matrimonio permaneció inmutable. Por demás, no encontró cosas de gran valor: algunas piezas de oro, flechas, camisas y pantalones gastados y un viejo pergamino que contenía las instrucciones para lanzar el hechizo “invocar muerto viviente menor”.
Terminada la inspección, volvió con el dueño de casa.
Nuestro pueblo está maldito —aseveró—. Ese testarudo de Mort no quiere escuchar razones. Debemos irnos de este lugar lo antes posible.
— Adiós —dijo Asdasdas.
Caminó hacia la cocina. Extrajo de su morral el pergamino que acababa de robar. Lo leyó en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quiso darse cuenta, el pergamino había desaparecido y se sentía capaz de recitar de memoria el hechizo “invocar muerto viviente menor”. Hizo un movimiento circular con los brazos y de sus manos brotó un denso humo púrpura. Se oyó un murmullo gutural y en el piso de la cocina se dibujó un pentáculo de luz brillante con runas arcanas en la circunferencia. Desde el círculo de luz emergió un esqueleto humano, en toda apariencia animado y beligerante.
El hombre y la mujer reaccionaron ante esta visión y acudieron inmediatamente a darle puñetazos al esqueleto, que no tardó en desvanecerse en una pila de cenizas. Acto seguido, fueron a atacar al joven guerrero. Éste decidió no corresponderles y optó por salir de la casa, eludiendo golpes de puño en el camino. Cerró la puerta a sus espaldas, esperó un segundo, dio media vuelta y volvió a entrar.
Allí estaba de nuevo el matrimonio; él de pie frente a la ventana, ella frente al ropero.
Asdasdas consideró oportuno sacarse los harapos que llevaba puestos —los cuales traía desde su injusto aprisionamiento y posterior destierro de su pueblo natal— y ponerse en su lugar una de las camisas y pantalones gastados que hacía instantes había hurtado. Inmediatamente se sintió más fuerte y resistente al dolor. Aprovechó que tenía el morral abierto y vertió todo su contenido al suelo. Retuvo solo el oro, creyendo que podría serle útil.
Se acercó hacia el dueño de casa.
— Nuestro pueblo está maldito —dijo el hombre—. Ese testarudo de Mort-
— Adiós —dijo Asdasdas.
Sin ningún tipo de reparo se posicionó a espaldas del dueño de casa e intentó hurtarle la bolsa que llevaba atada al cinturón. Falló. El hombre dio media vuelta y sin mediar palabra comenzó a atacarlo. La esposa emuló al marido y también acudió a golpear al guerrero.
Asdasdas desenvainó de nuevo su daga oxidada y la clavó en el corazón de la mujer. Al marido tuvo que apuñalarlo varias veces.
Al revisar los cuerpos halló tres flechas y un anillo de plata en la mujer, y tres flechas y un frasco de vidrio oscuro etiquetado “poción de restauración druídica: fuente de agua” en el hombre. Tomó el anillo, dejó la poción y las flechas y salió de la casa.
Caminó sin rumbo por varios minutos, revisando barriles y cajones destartalados a su paso. El sol seguía fuerte y no había mucho para hacer afuera, por lo que no tardó en visitar la taberna. Hacía once días que no comía ni bebía nada; pensó que bien podría invertir algunas monedas de oro en un buen almuerzo.
La taberna definitivamente parecía más grande por dentro que por fuera. Una mesa muy larga en la mitad del recinto daba asilo a unos ocho comensales, todos con la misma ropa de granjero cubierta de polvo y remiendos.
Paredes de madera decoradas con ruedas de carreta y varias armas de metal herrumbroso. De una de las vigas del techo pendían lámparas de aceite, posiblemente grasientas al tacto y sucias de tierra y sebo.
Sobre el fondo se adivinaban unas pequeñas habitaciones que funcionarían como cocina, bodega y dormitorio para huéspedes. Más adelante estaba la barra, eterno lugar de vigilia de Anna, la dueña del establecimiento.
Asdasdas caminó hacia ella. Consideró la posibilidad de robarle, pero el gran número de parroquianos lo intimidaba. Volcados sobre la mesa, la mayoría se contentaba con dar sorbos a su bebida y lanzar comentarios esporádicos sobre la repentina sequía que asolaba al pueblo.
— Un forastero… No se ven muchos de esos por aquí… —dijo Anna—. No es el mejor momento para visitar Flo-
— He venido a ayudar —aclaró Asdasdas.
— Si estás buscando trabajo puedes dirigirte a mi esposo. Lo encontrarás en-
— No quiero tener nada que ver con este pueblo de sucios campesinos.
— Pues apúrate a terminar tus asuntos y lárgate de aquí entonces.
— Muéstreme qué tiene a la venta, por favor —pidió amablemente Asdasdas.
La cantinera le mostró el menú. Asdasdas extrajo de su morral las diecinueve piezas de oro que tenía y ordenó diecinueve botellas de vino. En cuestión de segundos bebió una botella del pico —lo cual lo hizo sentirse aun más resistente al dolor, pero a la vez un poco menos ágil. Guardó las otras dieciocho y procedió a retirarse en silencio.
Al salir sintió que el sol quemaba menos. La tierra seguía dorada y la brisa arrastraba aun partículas de polvo. Todo estaba bien en Floran.
Caminó sin rumbo por los campos de trigo, bebiendo otra botella del pico, con la repentina e íntima seguridad de saberse un poco más fuerte y un poco más sabio que a principio del día. Todo estaba bien en Floran.

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