Recuerdo tus ojos. Recuerdo haber
pensado que tus ojos serían los primeros en venir a mi memoria y los últimos en
abandonarla. Recuerdo tus ojos enormes y oscuros. Recuerdo que la confitería
combinaba con ellos. Recuerdo que mirabas al frente, sonriendo, una mano en tu
codo, otra en el mentón. Recuerdo que sonreías sin mostrar los dientes, con esa
sonrisa entre pícara y cómplice, esa sonrisa de quien conoce un secreto
infantil que quiere compartir solo contigo pero no ahora sino después, cuando
estemos solos y sea de tarde y llueva. Recuerdo las sillas de madera, las
paredes blancas con cuadros (también madera, también blancos). Recuerdo la
línea oscura del comienzo de tus senos. Recuerdo tu piel blanca, tu pelo largo
y castaño, tus labios de color indescriptible mezcla de rojo, marrón, rosa,
piel, chocolate y almendra. Recuerdo tu perfume de interior de caja de bombones,
cálido y líquido. Recuerdo el jarrón de cerámica brillante, la servilleta de
paño verde. Recuerdo el timbre de tu voz prometiéndome en la lectura de un menú que
este momento duraría para siempre. Recuerdo el tacto sólido de tus dedos sobre
la taza de café que a la vez era mis dedos, mi cuello, mis labios. Recuerdo el
latido calmo de tus arterias detrás de tu piel y de tu ropa y de mi piel y de
mi ropa. Recuerdo el primer día de una serie de primeros días, todos siendo el
primero, todos comenzando al mismo tiempo, todos diferentes. Recuerdo un
pequeño lunar en el brazo de uno de los dos. Recuerdo la idea absurda de que
recordar es traer una experiencia pasada al presente y revivirla como la
primera vez de manera tan precisa que deja de ser un recuerdo y pasa a ser un
encuentro. Recuerdo tu blusa blanca con motivo de pájaros del mismo color
indescriptible de tus labios. Recuerdo el movimiento vertical de tu mano
sosteniendo un pedazo de universo con forma de taza de café. Recuerdo el
momento en que me creaste a través de tu imagen, me definiste, me diste vida y
propósito en tanto observador pasivo de tu actividad. Recuerdo la obra de arte
que eras. Recuerdo la firma de un autor que no era yo diciéndome que tu
perfección era alcanzable solamente a la distancia. Recuerdo el no cargado de
sí que te definía como un instante milagroso, imperecedero, potencial y
perfecto. Recuerdo tu forma humana e ilusoria. Recuerdo la fugacidad de tu
materia, definida y justificada a través de mi ausencia. Recuerdo el mutuo
alimento de un tácito anonimato. Recuerdo esa pequeña muerte que resolvimos,
ese instante de sacrificio devoto en el que tuve que mirar hacia otro lado y que
tú aprobaste. Recuerdo la alegre ignorancia con la que tu nuca despidió a mi
espalda. Recuerdo el amor con el que no me miraste, ni me oíste, ni me tocaste,
ni supiste mi nombre. Recuerdo lo desconocidos que fuimos.
30 de septiembre de 2014
11 de enero de 2014
Tomb Raider en el espacio
Dos updates en una semana. ¡Qué lo parió! Debe ser el
“efecto año nuevo” que tanto se ve en los gimnasios.
Ok, nobleza obliga: si el lector no ha visto Gravity pero tiene pensado verla y
disfrutarla sin ningún boludo que le cague la experiencia, sugiero dejar
pasar el siguiente artículo. Este consejo efectivamente redujo el número de
lectores de 0 a
-5, pero tengo la obligación moral de no spoilearle nada a nadie. Así que
fuera. Andá, mirala y volvé algún día.
Muy bien. Ahora que estamos solos, a spoilear se ha dicho.
Tengo un problema con Gravity.
Va a ganar todos los premios habidos y por haber. Seguramente los merezca; es
una película muy buena, con mucho laburo encima, sin fallas evidentes (más allá
de ciertas libertades artísticas que solo le molestan a un astrofísico) y que,
a mi juicio, logra lo que se propone.
Genial. Habiendo dicho esto: Gravity no es mejor que un videojuego. Es más, es peor que un videojuego, porque no cuenta con la
interacción del usuario.
La película, como tantas otras, propone un esquema del
monomito, también llamado “viaje del héroe”, en el que un protagonista con
fallas en su personalidad se ve metido en una aventura para cuya culminación
deberá no solo afrontar los peligros externos, sino superar sus propios conflictos
interiores, tras lo cual podrá regresar al punto de partida victorioso y hecho
mejor persona.
Sandra Bullock es nuestra heroína en Gravity. Es la médica más apática de la historia, porque en algún
punto de su vida perdió a su pequeña hija y nunca pudo superar el periodo de
duelo. Ésto, sin embargo, no impidió que tras seis meses de entrenamiento se
convierta en astronauta y viaje a la ionósfera a reparar el telescopio espacial
Hubble, por alguna razón jamás explicada. Algo sale muy mal y la flaca queda
flotando a la deriva junto a George Clooney como único acompañante vivo en todo
el espacio. La historia deriva en que Clooney deba sacrificarse para salvar a
Bullock, pero no sin antes darle instrucciones para volver a la Tierra. Bullock
deberá ir del punto A al punto B, para lo cual deberá sortear algunos obstáculos.
Luego deberá ir del punto B al punto C, para lo cual deberá sortear otros
obstáculos. Y finalmente deberá dirigirse del punto C al punto D, para lo cual
deberá sortear un nuevo número de obstáculos. Toda forma de conflicto en la
película es entre la protagonista y el medio natural en el que se encuentra.
Con todo esto quiero exponer que, en el sentido narrativo, Gravity es exactamente igual a un
videojuego. Pongamos por caso el último Tomb
Raider.
Lara Croft, joven arqueóloga en una expedición a las islas
del Pacífico, aún en duelo por la muerte de sus padres. Se produce una
naufragio, ella y un par más sobreviven. Terminan en una isla llena de locos.
Un personaje ayudante le dice que vaya del punto A al punto B al punto C al
punto D, y luego naturalmente se muere. Lara queda sola. Sufre miedo, culpa,
dolor y una larga lista de etcéteras, hasta que se da cuenta de que si no deja
de lamentarse y se calza los ovarios, se muere ella también. Lara deja de
escapar, supera su propia debilidad, vence a sus demonios internos, consigue un
arco y flechas explosivas y los caga matando a todos. Derrota al jefe final,
rescata a los pocos amigos que quedaron vivos y vuelve a su hogar más fuerte y
sabia que nunca. Fin.
El esquema es completamente derivativo. Y es así porque
funciona. Hace dos mil años que funciona. El problema —mi problema— con Gravity es que su esquema narrativo le
impide ser verdaderamente innovadora. Termina siendo Avatar, una historia conocida contada de forma habitual pero con
efectos especiales del carajo. Y eso termina ganando todos los Oscars. Y me da
por las pelotas.
Entiendo que una película es más que un guión, y en todos
los demás aspectos Gravity es
excelente. Es una película para verla en cine o en su defecto con toda la alta
definición que tu placa de video pueda bancarse (ese último es mi caso, por eso
estoy haciendo esta crítica ahora y no hace tres meses). Pero me cuesta
considerarla una obra maestra cuando le falta algo tan fundamental: no busca
provocarte, no te deja con preguntas, con cuestionamientos de ningún tipo. Es
una gran —y a veces poco sutil— analogía de la llegada al mundo y la necesidad
de luchar para sobrevivir que tenemos todos los animales. Un conflicto eterno
que trasciende a la humanidad. Hermoso, sí, pero para nada original. Es descriptivo
a más no poder y no aporta nada nuevo. Lo peor de todo: me hace pensar que Prometheus, que no ganó un carajo, es
mucho mejor película.
Esta última probablemente no haya logrado del todo lo que se
propuso, y se pueden señalar una cuantas fallas que bien podrían ser
deliberadas. Pero en el campo del subtexto busca patotearte un poco, y eso es
bueno. Gravity te habla del
nacimiento, el crecimiento y la voluntad para sobrevivir; algo que podés ver en
Animal Planet. Te dice “esto es así y punto”. Prometheus trabaja sobre los mismos temas pero le suma el aspecto
humano del miedo a la reproducción y al sexo en general (temática arrastrada ya
desde Alien, donde el miedo era
puntualmente a la violación), pero no se limita a lo descriptivo. Al contrario,
busca generar ideas en conflicto y tirártelas por la cabeza. Hacerte sentir incómodo,
de hecho.
Volviendo a la Tierra podría mencionar Life of Pi, una película similar a Gravity en muchos aspectos pero superior en el narrativo, que se
elabora a sí misma de formas complejas e innovadoras, y, cuando más podría ser
descriptiva (sentenciosa, teniendo en cuenta su temática), elije ser ambigua.
Ahí está su verdadero mérito: que cuando termine la película vos te quedes
pensando, y sigas pensando por un par de días más.
O la belleza en la claustrofobia de Buried, donde toda la experiencia humana de una vida transcurre
dentro de un ataud enterrado en el medio del desierto durante una hora y media
en tiempo real.
En conclusión, Gravity
me hubiera gustado más si menos gente me hubiera dicho a través de los
medios que la película era lo mejor que le pasó al cine. Por ahí lo fue, pero
solo en el 2013. Y por eso tiene mi visto bueno para ganarse todos los premios
que quiera.
Sí, ya sé. Me di vuelta como una media. ¿Pero qué querés?
Uno no puede enojarse con esta bebota.
9 de enero de 2014
Tren
Hay pocas cosas
que uno puede hacer en un tren para levantar minas. Con la paranoia que hay hoy
en día, nadie le da pelota a nadie. Por ahí te acercás a la flaca a preguntarle
la hora y piensa que le vas a robar. Y eso en la vía pública; en el tren es
peor. Cada uno va encerrado en su burbuja, ya sea escuchando música, leyendo o
mirando al vacío.
En Villa
Adelina subió un flaco de barba desprolija. Eran más o menos las seis y media,
ya de noche. Por el reflejo de la ventanilla lo vi pararse a mis espaldas. Llevaba
auriculares.
El tren arrancó
de vuelta.
Sentada a mi
izquierda iba la rubia en cuestión. Daba toda la impresión de que también se
bajaría en Scalabrini Ortiz para ir a Ciudad. Ahí estaba el tema de
conversación. Solo faltaba lograr que despegase la cara de la ventanilla y me
diera un poco de bola.
Frente a ella
(porque frente a mí no existía asiento alguno) iba un viejo con la mirada
perdida en la nada.
Llegamos a
Carapachay, sin novedades. Yo hacía diez minutos que intentaba llamar la atención
de la rubia. No sé porqué se me había ocurrido que si sacaba el cuaderno y me
ponía a dibujar boludeces en perspectiva iba a llamar su atención. Las iba a
mirar un rato, disimuladamente al principio. Después se sacaría los audífonos y
me preguntaría qué forma es esa que estoy haciendo, o mejor aun, me diría que
la pirámide de base cuadrada en isométrica es su preferida porque le hace
pensar en el equilibrio del universo o alguna pelotudés por el estilo. Me dice
que estudia algo en la FADU. Le digo que yo también. Que seguro nos cruzamos en
algún pasillo. Tiramos un par de nombres, nos reímos un rato y listo, adentro.
De más está
decir que la mina ni enterada de mis proyecciones en isométrica o de mí, si
vamos al caso. En ningún momento apartó la vista de la ventana. Pero no desistí
en mi pasivo-agresivo intento de levantarla y seguí dibujando formitas, en la
medida que el vaivén del tren me lo permitía.
Fue en eso
cuando apareció el pibe. Era chiquito, unos cinco o seis años, ponele; no tengo
familiares de esa edad como para comparar. Era uno de estos chicos que van de
asiento en asiento, repartiendo tarjetitas a los pasajeros y esperando a cambio
una contribución monetaria.
Ya son dos años
que tomo este tren para ir a estudiar. Dos años que llevo dibujando boludeces
al pedo y viendo a esta gente pedir plata. Todas las noches. Y si se les puede
reconocer algo es que saben cómo mantenerse el negocio. Al principio solo te
dejaban la tarjetita, usualmente alguna imagen de un santo o algo del amor,
como para apelar a tu sensibilidad y sacarte unas monedas. Cuando vieron que
con la tarjetita sola no alcanzaba, empezaron a darte la mano. Así nomás,
venían y te plantaban la mano frente a tu cara. Y si se la dabas sonaste: ya
habías generado un vínculo humano inquebrantable, no podías no darles algo. Y
si son nenas las que piden, te dan la mano y además un beso en la mejilla.
El mejor de
estos mendigos que vi en mi vida era un tipo más o menos de mi edad, unos
veinticinco años. Tipo muy presentable además. Se paraba en una punta del vagón
y nos contaba sobre su maravillosa historia de vida, en la cual había sufrido
no se qué terrible accidente y su respectiva milagrosa recuperación.
Naturalmente, anunciaba que no estaba ahí para pedirnos plata, sino para
agradecer de alguna forma a su deidad amiga, repartiendo gratis (sí, gratis)
estampitas con su imagen. Nos insistía con que no le devolviéramos dicha
estampita, ya que era un obsequio. Pero a la vez, nos recordaba que cualquier
contribución, por modesta que ésta fuere, sería bien recibida por su parte, y
bien vista ante los ojos de nuestro Señor.
Básicamente nos
estaba chantajeando.
Pero volviendo
a este pibito, siguió repartiendo sus tarjetas, una por banco, y ya habíamos
parado en la estación de Munro cuando se detuvo a mi lado. Como siempre en
estos casos me propuse evitar el contacto visual, concentrándome aun más en la
tarea que tenía entre manos, como si de la exactitud de mis perspectivas dependiera
mi vida.
Pasaron los
segundos y no vi mano o estampita alguna, pero el nene seguía a mi lado.
Levanté la mirada y encontré al chico con los ojos abiertos de par en par,
totalmente fascinado ante mis dibujos. Permaneció así un instante, boquiabierto
y paralizado, como si ante él se encontrara una obra maestra del arte, o más aun,
un milagro —uno de verdad, no como el del otro flaco—, una revelación, una
epifanía capaz de cambiar su vida para siempre.
Así de
extasiado imaginé al nene, y un segundo más tarde arruinó la situación diciendo
algo como:
—
¡Woow! ¿Vo’ hicite eso?
—
Si —respondí en tono seco, tratando de disimular mi
incomodidad.
—
¿Podé’ hacer otro? —repreguntó.
Incapaz de
negarme a la petición, y aun sabiendo que me estaba metiendo en la boca del
lobo, dibujé otro polígono en perspectiva. Fue el peor triángulo isósceles que hice
en mi vida. Para compensar, le agregué un pequeño sombreado en las esquinas.
— Es medio difícil
con el tren en movimiento —justifiqué, pero no me prestó atención. El pequeño
seguía encantado con las formas. Me pidió otro y al toque le hice un hexágono
(mi preferido) con líneas guía, perspectiva en caballera, sombreado, todos los
chiches. No lo maravilló tanto como esperaba, pero daba igual, el nene se había
olvidado por completo de su tarea de repartición y ya se había instalado a mi
lado. Empecé a sentir una extraña vergüenza asociada con la idea de que, por mí
culpa, al menos ocho pasajeros se habían quedado con una tarjetita de clavo y
debían estar puteándome por lo bajo. También sentí pena por poner en un
compromiso —de alguna manera— a la vieja del asiento de enfrente y a la rubia
que tenía al lado.
Llegamos a
Florida y el pibe aprovechó el movimiento de personas para acurrucarse a mi
lado. Ahora a mi culpa debía sumarle que los demás pasajeros tengan que andar
esquivando a un nene sentado en el pasillo.
— ¿Me dejá’
hacer yo? —balbuceó con una sonrisa. Me di cuenta que no hablaba bien.
Le presté la
birome e inmediatamente se puso a garabatear líneas rectas y pequeñas curvas de
noventa grados. Dibujó lo que parecía ser un sol, una nube y un conejo, todo
con la mayor felicidad y el trazo más torpe que vi en mi vida. Por cómo
agarraba la birome intuí que la escritura era algo nuevo para él. La sujetaba
con rigidez, como si tuviera miedo de que se le fuera a escapar de la mano, y
avanzaba y retrocedía sobre el papel con movimientos que partían del hombro y
del codo, en lugar de usar la muñeca. Me ganó una sensación de molestia, hasta
de indignación, viéndole poner tanto empeño, tanta precisión en un trabajo tan
mal hecho. Como ya dije, no tengo sobrinitos ni hermanos menores con quienes
comparar. No sé porqué me hacía a la idea de que a los cinco o seis años uno ya
sabía escribir.
Confirmé su
inhabilidad cuando intentó en vano escribir su nombre (aparentemente se llamaba
Gonzalo). Acudía a las leyendas de sus tarjetitas para recordar cómo se
dibujaban las diferentes letras. La alegría inicial había dado lugar a una
atención y un cuidado puntillosos. Tras un par de intentos fallidos de escribir
“GONZALO”, se contentó con copiar el mensaje de una tarjeta de amor. Una y otra
vez dibujó la frase “TE AMO”, con la peculiaridad de que la letra E le salía al revés, como un número 3 de
calculadora. Y así fue llenándome la hoja del cuaderno.
Yo no dejaba de
observarlo. Y no era para menos: lo tenía encima, dibujando en mi regazo. Observé
a mi alrededor y vi que la rubia seguía mirando por la ventana, y el viejo en
algún momento se había convertido en vieja, también con la mirada perdida en la
nada. Por el reflejo de la ventana vi que el flaco barbudo estaba mirando de
reojo toda la situación, posiblemente con la música pausada para no perderse
detalle. Y fue recién ahí cuando me di cuenta que ya estaba obligadísimo a
contribuir a la causa de este niño. Después de pasar diez minutos dibujando
juntos, simplemente no podía no darle plata.
Iba pensando en
eso cuando paramos en María Padilla. Me quedaban apenas dos estaciones para
decidir qué hacer. El nene, por su parte, había abandonado las letras y vuelto
a los dibujos. Como podía, intentaba copiar las ilustraciones de las
tarjetitas. Formas simples. Una estrella, un corazón.
Sabiendo que ya
estaba metido hasta el cuello, decidí dejarme llevar por la situación y le
comenté que dibujaba bastante bien.
El niño frenó
la birome y pareció dudar unos segundos. Luego se le ocurrió la idea. A toda
velocidad buscó en el medio del pilón una tarjetita en particular. Cuando la
encontró, sonrió y me la enseñó.
— E’ta é’ la
que me gu’ta má’ —comentó, dándome a entender que se trataba de su tarjeta
favorita. Tenía la caricatura de un tucán en primer plano. Asumí que los
colores brillantes del pico en contraste con el cuerpo negro era lo que
cautivaba su imaginación. La expresión de felicidad del tucán, con una sonrisa
antropomórfica, despertaba cierta simpatía.
Se puso a
dibujarlo pero no tardó en ver que no le salía, ni le iba a salir nunca. Fue
entonces que me devolvió la birome y me pidió si se lo dibujaba.
Otra vez, no me
pude negar, y por alguna razón que en ese momento pasé por alto puse especial
cuidado en la obra. No supe bien porqué, pero entendí que no era lo mismo que
me había llevado a trazar aquellos polígonos. Era una intención diferente que
por entonces no supe identificar. Aun así, gran parte de mí aun deseaba que la
rubia de al lado por fin se diera vuelta y observe, al menos por un segundo, lo
que estaba haciendo. Quería que me mire, que entienda que existo.
Comencé a
dibujar el pico con especial cuidado por los detalles. Un trazo lento y
prolijo, en negro, porque mi birome era negra, pero hubiera deseado tener
colores. Me concentré en la sonrisa. Los tres primeros me quedaron igualitos;
el cuarto salió medio desparejo por un tirón del tren. Empecé y terminé los
ojos en menos tiempo del que imaginaba y poco después ya había completado la
cabeza entera del tucán, todo entre murmullos de quejas de un montón de piernas
que se movían .
Los dos a
nuestro modo nos habíamos perdido por completo en la actividad, y yo ya había
empezado a dibujar el cuello del tucán cuando vi a Gonzalo pararse de golpe y
llevarse las manos a la cabeza, como quien se acuerda de que dejó la pava sobre
la hornalla encendida hace una hora. Por la ventanilla noté que ya estábamos
llegando a Aristóbulo del Valle. Volví la cabeza y vi a Gonzalo salir disparado
hacia los asientos de adelante, pidiendo una por una las tarjetas que había
entregado hacía diez minutos.
El tren se
detuvo. Ante mí ya se había juntado la gente que iba a bajar. Y en eso vi que Gonzalo
volvía.
Esperaba que
volviera a sentarse a mi lado y me acompañe hasta la próxima estación, que es
donde bajo. Incluso estaba dispuesto a darle plata como para compensar el
tiempo de recolección que había perdido conmigo. Un billete de cinco pesos, quizás.
Había asumido que él seguiría hasta Retiro, donde luego se subiría a otro tren
para continuar con su labor hasta ya entrada la noche. Pero no se sentó. Se
paró ante la puerta y me miró sonriente.
No sabiendo qué
hacer, me estiré para devolverle la tarjetita del tucán. Él no la quiso
agarrar.
—
Te lo ‘galo. Te lo ‘galo —dijo, y se bajó.
Lo vi perderse
entre la gente que sube y baja la escalera que da a la calle. Detrás de él iba
el flaco barbudo, que había bajado también.
El tren
arrancó. Salimos de Del Valle y como pude seguí dibujando al tucán sonriente,
haciendo fuerza para retener las lágrimas. No quería que la rubia de al lado se
diera vuelta, me vea llorando y piense cualquier cosa de mí.
29 de noviembre de 2013
Hikari no Shitashi - Capítulo 5
Hay algo trágico en cada culo hermoso que te
cruzás por la calle, y la mayoría lo ignora. Vas por la vida tranquilo,
preocupándote por tus propios asuntos, el estudio, el dinero, tu mujer. Y de
repente se te cruza un culo escultural. Uno de esos culos que sobrepasa toda
definición establecida e impone una categoría en sí mismo. Estoy hablando de belleza en estado puro, sintetizada en carne,
piel, grasa, hueso; un culo que es mucho más que la suma de sus partes. Un culo
que se completa cuando vos lo mirás. El culo perfecto, impoluto, eternizado en
esas dos o tres cuadras que podés seguirlo, con tu mirada siempre clavada en
él, hasta que invariablemente dobla la esquina y lo perdés para siempre. El
culo se va, y lleva tras de sí tus esperanzas y sueños de felicidad. El culo te
deja en la más desnuda miseria existencial; te abandona a tu suerte en plena
vía pública, a merced de otros culos inferiores, aborreciblemente accesibles (y
con qué vergüenza, con qué dolor accedés a ellos). Aquel culo eterno,
imperecedero, que te cruzaste en la calle aquel día marca un hito en tu
existencia, un punto de inflexión del que no podés escapar. Forma el parámetro
bajo el que medirás a todos los demás culos, y te condena de por vida a su
ausencia y a su recuerdo y al absurdo dolor de no poder tener lo que se quiere
o de no querer lo que se tiene o vaya uno a saber que hijaputez tan poco digna
de un culo angelical y más cercana a la injuria del peor de los enemigos.
El culo perfecto ha logrado su cometido. Era él
quien te buscaba. Era él quien te miraba a vos.
Shitaro:
“Laaa puta. Qué buenos culos que hay en
Shibuya, che.”
Sentado en el banco de una plaza viendo al
mundo pasar. Deambulan las supermodelos frente a mis ojos, apuradas por llegar
a la escuela, deteniéndose a contemplar la ropa interior que lucen los
maniquíes en las vidrieras, manchando sus enormes senos con el helado que con
tanta pasión disfrutan sorber. Caminan de acá para allá, llevando su alegre
uniformidad hipersexual de un lado a otro.
Aki:
“Ya ve porqué nos unimos al club de periodismo,
sempai.”
Mal acompañado, sí. Desde hace varios días.
¿Qué puedo decir? Uno se cansa de hablar solo.
Shitaro:
“No sé qué tendrá que ver el periodismo con
andar mirando culos, pero ok.”
Aki:
“¡¿Que qué tiene que ver?! ¡Tiene todo que ver!
Los periodistas tenemos la obligación de buscar la verdad y capturar-”
Shitaro:
“La única verdad es la irrealidad.”
Aki:
“Exacto. Capturarla y llevársela a los
lectores. Es un compromiso de honor, justicia y amor por el periodismo.
¿Entiende, sempai?”
Dicho esto, mi compañero de abstinencia agacha
la cabeza, despliega el lente de su cámara fotográfica y captura en película no
una, no dos, no tres, sino diecisiete veces el monumental orto de una joven de
pelo rosado que pasaba haciendo footing.
Quizás por una especie de indignación infantil,
quizás para probar un punto, me lanzo hacia un costado, inserto el brazo entero
en el cesto de residuos y arranco de un manotazo un ejemplar arrugado del Shibuya Times de ayer.
Shitaro:
“Amor por el voyeur sentís vos, hijo de puta. ¿Por qué no ves lo que es el periodismo de
verdad? Decime si al tipo normal que compra el diario le puede llegar a
interesar…”
Me detengo a medio enunciado. Mi dedo
señalando con temblorosa frustración una primera plana arrugada, cubierta de
ideogramas ilegibles y fotos de mujeres en pelotas.
Aki:
“Somos gente simple en Shibuya, sempai.”
Shitaro:
“Un mundo feliz… sempai.”
Aki me mira extrañado.
Shitaro:
“¿Uh? ¿Qué? ¿No es una especie de ‘cambio y
fuera’?”
Aki:
“Le decimos ‘sempai’ a quien consideramos como un
superior o alguien de mayor rango. Es una muestra de respeto.”
Respeto. Hace rato que no demuestro respeto por
nadie, ni siquiera por mí mismo.
Aki:
“Hasta que regrese Sensuke, usted será mi
sempai, sempai.”
Shitaro:
“Taki, amigo mío, te diría que no te hagas
muchas ilusiones de que reaparezca tu colega. Si no lo encontraron hasta ahora,
dudo que vuelva a aparecer. Tal vez fue
transferido a otra escuela, tal vez fue abducido y sacrificado por cultistas
dementes durante un ritual sexual satánico. No hay manera de saberlo. En lo que
a mi respecta, no pierdo la fe de que ahora mismo está en un lugar hermoso,
haciendo lo que mejor sabía hacer en vida.”
Aki:
“¿En vida? ¿Qué quiere decir con-”
Shitaro:
“Che, ¿qué onda el cafecito de ahí enfrente?
Parece potable. Desde acá se puede ver una abundancia de colores primarios.
Debe estar lleno de minas.”
Aki:
“Lo lamento, sempai, pero ya debo retirarme.
Hoy toca reunión del club de periodismo. Si me necesita estaré en la escuela.”
Shitaro:
“Y sino el antro ese de al lado. Parece medio
fulero, pero mierda, un par de copitas o una docena me vendría
bien en este momento. No te voy a mentir, Taki: en mis buenos días llegué a
hacerme una imagen de connoisseur de
las bebidas espirituosas. Solía ‘empinar el codo’ con bastante frecuencia, como
dicen los chicos ahora. Ahh, tendrías que haberme visto en las excursiones de
los boy scouts. ¿Taki? ¿Dónde te metiste?”
¡Taki desapareció! Se fue para siempre y me
dejó abandonado en pleno Shibuya. Y no tengo idea de cómo volver a casa.
¡Horror! ¿Y ahora qué hago?
Tranquilo Chintaro, conservá la calma. Empezá
por levantarte del banco. Muy bien. Ahora observá tu entorno, evaluá las alternativas,
explorá el mercado. Costo de oportunidad, frontera de posibilidades de producción. Oferta y demanda. ¡Oferta y demanda! Calmate. Calmate, por Dios. Dejá de
llorar. Respirá. Eeeeso. Ok, ahora mirá para adelante. Tenés una cafetería
colorida y posiblemente llena de supermodelos, y un bar oscuro y deprimente
repleto de viejos borrachos con un muy inhibido sentido de higiene personal.
¿Qué elegís?
¡Cafetería pop shibuyense! Empujo la puerta y
¡wow!, es como el interior de la vagina de Hello Kitty. Hay colores y flores y
peluches y música salida de un videojuego de danza espástica. Y mujeres, obvio.
Lleno de mujeres hermosas.
Detrás de la barra, una camarera con delantal
de sirvienta gótica y orejas de gato intenta comunicarse conmigo. Habla en mi
idioma, pero no le entiendo un carajo.
La plaquita en su delantal dice que se llama
Miharu.
Miharu:
“Staru♥Bakusu e Yōkoso!!”
Shitaro:
“¿Perdón?”
Miharu:
“¡Sea usted
bienvenido! Por favor, siéntese. El especial de hoy es Caramel Macchiato Latte más
dos muffin o mini carrot cake. En la Bakery tenemos también rolls, bagel (los
originales) y scons. Oferta dos por uno en Vainilla Latte, Chocolate Latte,
Coffee Latte, Earl Grey Latte.”
Shitaro:
“Señorita, no sé qué es un Latte.”
Miharu:
“También tenemos una amplia
selección de soft drinks, cold drinks, hot blends, ice frappés. Descuentos
especiales en Doble Espresso, Triple Buffer, Quad Core.”
Shitaro:
“¡Café! ¡Sírvame café!”
Miharu:
“¿Latte?”
Shitaro:
“Negro, amargo y con un toque de
desesperación, por favor.”
La empleada se da media vuelta y comienza
a prepararme un Nietzscchiato Mocha Latte. Groso.
Ok, ya estoy instalado. Hora de
reconocer el terreno. Y veo veo… ¿Qué veo? Una diosa maravillosa. Morocha,
flaquita, ojos marrón oscuro. ¿O se dice castaño? ¿Avellana? Uhm, ni idea,
distingo doscientos cincuentiseis colores nomás. Pero la piba es hermosa. Y encima
está leyendo un libro. Eso es nuevo… Ok, probá hablarle.
Shitaro:
“Leer es para mariquitas.”
Mina:
“Ok…”
Bien, ya rompiste el hielo.
Además, descubriste que se llama Mina. ¡Qué original!
Shitaro:
“Te lo digo yo que soy ¡el
presidente del club de lectura!”
¡Obvio, papá!
Mina:
“Interesante. Y dígame, señor
presidente, ¿cuál fue el último libro que leyó?”
Shitaro:
“¡Pfff! Una pequeñez. Un libro como de mil paginas que tiene todas las
palabras. Lo escribió un tal Larousse, por ahí te suena.”
Mina:
“No he tenido el gusto.”
Shitaro:
“Claro, veo que a vos te gustan
los de bolsillo. Mi literatura, en cambio, es más bien tirando a… extensa…
Contundente… Voluminosa… Y sobre todo… placentera… ”
La muchacha sigue leyendo.
Shitaro:
“Estoy hablando de mi pene.”
Mina:
“Quizás quieras reconsiderar tu
aproximación. Podrías comenzar por preguntarme qué estoy leyendo y luego darme
tu opinión sobre el libro.”
Shitaro:
¿Qué estás leyendo?”
Mina:
“¡Oh! Hola. Sí, por supuesto.
Estoy leyendo uno de mis favoritos: Raimugibatake
de tsukamaete.”
Shitaro:
“. . .”
Mina:
“Y… veo que no lo leíste.”
Shitaro:
“No sé leer en este idioma. Es un temita que
tengo; uno de estos días lo resuelvo. Decime, ¿de qué se trata?”
Mina:
“Podríamos decir que de un chico que va por la
vida sin saber qué es lo que quiere, y va probando diferentes cosas pero nada
le satisface, hasta el punto en que ya no sabe porqué hace lo que hace, pero lo
hace igual.”
Shitaro:
“No me suena.”
Mina:
“¿De veras? Es algo así como un
niño perdido en la gran ciudad. Se la pasa quejándose de la gente y sus
costumbres. Intenta relacionarse con mujeres de todo tipo, pero siempre por
alguna razón se le hace imposible. Se pierde en sus propias fantasías
extravagantes por no saber manejarse en cuestiones elementales. ¿Realmente no
te suena ninguna campana?”
Ok, la estás complicando. Cambio
de estrategia. Tenés que demostrarle que sabés lo que ella quiere saber que vos
querés saber de ella, sin dejar ver que sabés que ella sabe lo que quiere de
vos pero no lo dice porque quiere que vos lo sepas. ¿Entendés? Probá encarar
por ese lado. A todas las mujeres les gusta un hombre con las ideas claras.
Shitaro:
“Mina, preciosa, podríamos
pasarnos la tarde entera hablando sobre los libros que no leímos. O podríamos
aprovecharla para conocernos mejor.”
¡Genio!
Mina:
“Pero hay un problema… Yo ya te
conozco, Hōruden-san.
Y tú me conoces a mí.”
No entiendo qué me quiso de decir. ¿Y qué es
eso de Hōruden-san? Me perdí.
Shitaro:
“¿Cómo que me conocés? ¿De dónde?”
Cierra el libro. Está poniendo dinero sobre la
barra. ¡Se
va a ir! ¡Tenés que liquidar el asunto ya! Esto es lo más cerca de tener sexo
que estuviste en meses ¡Por Dios, no lo arruines!
Mina:
“Todos te conocen. Eres muy famoso, Hōruden-san.”
Shitaro:
“¡Si te referís al incidente del otro día en la
hora de natación, te puedo dar explicación perfectamente no-homosexual! En
primer lugar, había tragado mucho cloro, y el capitán del equipo realmente parecía una mujer.”
Me interrumpe con una mano y se pone un par
de anteojos de sol con la otra. ¡Se va! Junto a toda esperanza de esparcir tu
ADN en la reserva genética, ¡se va!
Shitaro:
“Ok, me dejás hablando solo. Otra que
me abandona. Vos, Taki, mi familia; todos me abandonan eventualmente. Pero no
pasa nada, estoy acostumbrado. Quizás no me suicide esta noche. Depende qué
haya en la tele.”
Mina sonríe y señala el libro.
Mina:
“Terminó el capítulo y me tengo
que ir. Pero volveré para el próximo. ¿Qué te parece?”
Shitaro:
“Uhm… ¿Y cuánto faltaría para eso?”
Mina:
“Muy poco. Es un libro corto.”
Tira un beso con el dedo índice y se va.
Genial.
¿Y ahora qué hago con todo este
Latte?
30 de julio de 2013
Línea D
Afuera, en la
superficie, es de noche y quizás llueve. Dos relojes en dos muñecas marcan las
once de la noche con algunos minutos de diferencia. Están sentados, uno frente
al otro, concentrados en no mirarse.
La oscuridad
entre estaciones se vuelve cómplice y refleja en las ventanillas el perfil
deseado. Ella tiene el pelo recogido, él una barba de tres días; ella usa
anteojos de marco grueso, él tiene un hermoso lunar en la mejilla izquierda.
Ambos son lo que el otro siempre había querido.
Escuchan su música
y suspenden la mirada. Dialogan en silencio. Se preguntan a dónde van a esta
hora, si la banda suena bien y cuánto cuesta la entrada, si van solos o en
grupo. Él se imagina a sí mismo tocándole casualmente la rodilla. Ella se lo
imagina mordiéndole la boca y el cuello.
Las estaciones
se superponen, vacías. Las puertas se abren con un resoplido; nada entra, nada
sale.
Él la observa
detenidamente, con una furtividad perfeccionada tras infinitos viajes. Es
delgada, morena e inalcanzable. Unos grandes audífonos blancos cubren sus
orejas. No lo mira, no lo escucha, no sabe que existe. Y sigue siendo perfecta.
Su boca es roja y sus pechos son jóvenes y pequeños. Y él la ama y sabe que
nunca será suya.
Ella advierte
sus torpes intentos de espiarla; la seriedad en su rostro le despierta a la vez
excitación y ternura. Está vestido de forma cuidadosamente desprolija. Su piel es
blanca y por alguna razón sabe que es extremadamente tímido. Cierra los ojos, inhala
parte de su aroma e imagina el resto. Puede sentir el contacto áspero de su
barba de tres días.
Los rieles
tiemblan, las paredes vibran y el Universo todo se sacude con violencia hacia
un lado y hacia el otro. Acelera uniformemente. Se mantiene por un momento.
Desacelera. Se detiene. Vuelve a arrancar.
Él la observa.
La llama. La busca con la mirada pero ella no se mueve.
Ella lo espera
impaciente. Lo llama con el silencio. Pero él no se mueve.
Finalmente gira
la cabeza y lo mira. Descubre que tiene ojos color miel.
Él baja la
mirada y suspira derrotado. Ambos sienten deseos de gritar.
Tras varios
chispazos en la oscuridad, las luces de la estación correcta comienzan a acercarse.
Ella se pone de
pie, se sujeta de un caño cromado y espera frente a la puerta.
Frustración y el
Universo empieza a frenar.
Él inhala
profundo. Se pone de pie y siempre mirando al frente posa su mano en el mismo
caño. La arrastra lentamente, con temblorosa seguridad. Su dedo meñique ya toca
el índice de ella.
Ella sonríe y
la puerta se abre.
24 de abril de 2013
Gato
Entró a la casa por la ventana e
inmediatamente la sintió suya. Era muy grande y estaba hecha de vidrio, de madera
y de tiempo. Sebastián avanzó esquivando muebles y gatos; sabía dónde ir. Había
visto o soñado muchas veces con la casa de los gatos y tras cada pasillo, tras
cada abertura, las diferentes posibilidades se reducían a un único camino.
Se cuidaba de no tropezar con ningún
gato, y los gatos se cuidaban de no tropezar con él. La mayoría dormía plácidamente
en el suelo o sobre algún mueble; otros, aburridos jugaban a cazar sombras o a
mirar el invierno por la ventana.
Sebastián atravesó una última puerta
entreabierta y llegó por fin a la sala de estar. Allí, sentada frente a la
chimenea encendida, se encontraba una antigua señora de piel pálida y cabellos color
ceniza. Sus manos tejían algo hecho de lana.
El resto de la sala constaba de una
alfombra, varios sillones de diferentes tamaños, una mesita de café, alrededor
de cincuenta gatos y un gabinete de puertas de vidrio
con un gran número de objetos de porcelana en su interior. Una escalera de madera conducía al primer piso.
Sebastián avanzó con paso resuelto
pero sin saber bien qué decir. La señora de los gatos, sin levantar la vista
del tejido, le habló en la lengua que solo él y ella podían conocer.
— Hace muchos días supe que vendrías
a verme. Puede que dentro de muchos días vuelva a saberlo y a entender el
porqué de tu visita, pero hoy tendrás que presentarte, pequeño. ¿Qué asunto te trae a mi casa?
La anciana sonreía. Su voz era
cálida y confortante.
— Vengo a usted con mi respeto
—respondió Sebastián—. Soy uno de los que observan, pero también soy uno de los
que tienen nombre.
— Entiendo. Te han llamado con
sonidos y esos sonidos ahora son tuyos. Y así has ganado y perdido algo. Dime, ¿quién
te nombró?
Sebastián se sentó en el suelo. Se
sentía más tranquilo.
— Uno de los que caminan en dos
patas —dijo—. Una hembra con el nombre de Johana. Ella me dio mis
sonidos, y su afecto y su tiempo.
— ¿Has perdido a esta hembra?
—preguntó la anciana.
— No. Pero la pierdo una y otra vez
en mi sueño y durante el día.
La anciana dejó el tejido a un lado
del sillón y trabajosamente se puso de pie. Caminó hacia la ventana y por un
momento observó en silencio la nieve que caía.
— Son diferentes, ellos y ustedes.
Tú lo sabes —dijo, con voz lenta y tranquila mientras rascaba la nuca de un
gato atigrado—. Viven y mueren lo mismo, pero lo perciben en formas distintas. Ellos pueden
ver solo lo que es y el resto tienen imaginarlo; mientras que ustedes ven
lo que fue, lo que será y lo que podría llegar a ser.
— Lo que dice es verdad, señora.
— Ustedes ven cosas que fueron en tiempos remotos, cosas muertas, cosas que cambian y se transforman en otras
cosas. Ven todo lo que alguna vez existió por un parpadeo en el tiempo y todo
lo que va a existir muchos inviernos después de nuestra verdadera muerte.
— Lo sé, mi señora. Vemos todo
menos lo que es —prosiguió Sebastián,
con un atisbo de reproche en su voz.
— Tu humana existe o existió, y en
su paso por el mundo te dio un nombre y alimento y calor. Es más de lo que
muchos gatos tienen en una vida. ¿Qué es lo que deseas entonces?
El gato pensó con cuidado lo que
diría a continuación. Quería sonar determinado, pero sin caer en el orgullo vacío con el que juzgan a los de su raza. Se echó en cuatro patas y luego de unos segundos
habló.
— Quiero ver el mundo como ella lo ve. Quiero gozar de su compañía y de su afecto, y de las comodidades que me
ofrece. Quiero ver lo que es en el momento que es, y luego recordarlo y
revivirlo como una sensación diluida. Quiero olvidar el mañana y liberarme de cada sustancia falsa. Quiero ver el ahora y nada más.
— Pero todo eso que ves es la esencia misma de lo que eres, pequeño. Lo que te hace ser tú y no otro. ¿Por qué querrías renunciar a ello? —preguntó intrigada la señora de los gatos.
— Porque cuando veo lo que va a
pasar, o lo que podría llegar a pasar en cualquiera de los mundos, uno de los dos siempre está solo, y eso es inadmisible. Ya no quiero estar solo.
La señora de los gatos se dirigió a
pasos lentos hacia la chimenea y extendió sus manos al calor del fuego. Un viejo anillo de oro brilló tímidamente en su mano izquierda.
— Ese es el problema de los que
tienen nombre —dijo, tras un momento de silencio—. Cambian su libertad por el amor
a otro. Un gato debe ante todo amarse a sí mismo. Esa es la ley.
La anciana lo miró con
consternación. Sebastián alzó la cabeza y respondió.
— No hay libertad sin elección, y yo ya elegí. Confío en que se respetará
mi voluntad.
Cada gato es amo y señor de su
propia opinión, y por primera vez desde que había entrado en la casa, Sebastián se
sintió dueño de sí mismo. Irguió su pecho negro y enroscó la cola alrededor de
sus patas, como la escultura de algún antepasado primitivo.
— Tu gente ve cosas que no existen,
o que no deberían existir —respondió finalmente la anciana con una dulce resignación en su voz—. Puedo darte lo que pides, pequeño, pero debes saber
que no hay cambio que no sea una muerte, y que aquel único mundo que te tocaría percibir podría ser tan irreal y distante como todos los que sueñas hoy.
— Lo entiendo y lo acepto, mi señora
—culminó el joven gato.
— Ve entonces con mi bendición,
pequeño.
La anciana señaló con gesto solemne la
escalera de madera. Sebastián inclinó su cabeza a modo de despedida y
emprendió su camino. Saltó con celeridad cada uno de los trece escalones,
atravesó un pasillo oscuro y se introdujo en lo que parecía ser un ático mucho
más viejo que la casa misma. Un tragaluz en el techo dejaba entrar el débil
resplandor de la tarde invernal. Iluminaba a lo lejos el único objeto discernible en toda
la habitación.
Avanzó con cuidado. Tras cada paso,
los sonidos y el calor de la casa de los gatos se iban desvaneciendo, y la
oscuridad cobraba una forma envolvente. Avanzó, y las imágenes de las cosas que
aun no habían sucedido se volvían difusas y se perdían en una sensación de
cálida incertidumbre, mientras que los recuerdos del pasado —antes tan únicos e
identificables— se mezclaban unos con otros, como la nieve se funde en sí
misma. Y avanzó, y ganó y perdió y tuvo por primera vez una sensación de
unidad, de estar en un único lugar en un momento determinado. Se cerraron una
tras otra las infinitas puertas de la realidad, las ventanas a mundos
incoherentes y hermosos, pero tan insustanciales como el sueño del que estaban
hechos. Y avanzó con una novedosa fortaleza y dando pasos agigantados y llegó
por fin hasta el fondo de aquel ático polvoriento.
Frente a sus ojos se hallaba lo que
parecía ser un espejo antiguo y opaco; el
tiempo y la soledad lo habían cubierto con una pátina de tierra. Pasó
una mano blanca por su superficie y pudo por fin ver el rostro del ser amado.
El anillo de oro pareció brillar con
más fuerza al contacto con el espejo, y Johana, tan joven como siempre, se
sorprendió a sí misma pensando en un gato que había tenido cuando era chica.
12 de abril de 2013
¿Hola?
Ahh, la vida es
maravillosa~~
O una puta
mierda. No sé, depende de cómo me levante. Hola amado lector. Te saludo
afectuosamente. Pienso mucho en vos, ¿sabés? Prácticamente no hay día en que no
me asalte la idea: “tengo que actualizar ese puto blog”.
Esa idea, esa
orden. Ese cuervo negro y flacucho pidiéndome a gritos que escriba algo digno
de ser leído. Y yo me avergüenzo y agacho la cabeza y le prometo sentarme a
escribir algo copado, sabiendo que el día se me escurrirá entre video juegos y webcams
porno. Ese enorme talento que tengo para convertir mi ocio en improductividad.
Pero igual pienso
en vos. A pesar de que no seas capaz de dejarme un comment ahí abajo en el link
que dice comments y abre una ventanita emergente con un montón de comments que
no existen porque no sos capaz de dejarme un comment. Puto.
Pero aun así,
pienso en vos.
Pienso en la
literatura, también. Lo que me gusta leer. Con el tiempo y la teoría me fui
dando cuenta de que no me interesaba tanto el contenido de una historia, como
la forma en que es contada. Estilo contra sustancia. Uno se topa con toda clase
de textos que cuentan las historias más maravillosas de las formas más secas e
inertes. No te mueven un pelo. Los disfrutás por obligación nomás. En cuatro
años de profesorado de Lengua y Literatura me sobraron experiencias de ese
tipo.
Pero eso me
hizo pensar y de a poco fui tomándome en serio el asunto. Eso no quiere decir
que no me divierta escribiendo; lejos de eso, me cago de risa mientras tipeo
las mayores barbaridades. Pero cuando termino de reírme como un boludo y le doy
enter al punto final, el trabajo sigue. Hay que leer, corregir, editar,
agregar, remover. Releer todo en voz alta, buscando el equilibrio, limando las
asperezas. Sacar un poco de acá, ponerlo más allá, esta palabra no me gusta,
tachame esta oración. Trabajo, mucho trabajo. Y siempre tratando de mantenerme
fiel a la idea original: ¿qué querés escribir? ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Qué
buscás generar en el lector? ¿Qué tenés para ofrecerle?
Como
seguramente habrás notado, este texto en particular no tiene nada para ofrecer.
Al contrario, es un mangazo. Un vil y abusado “¡hey, préstenme atención! ¡Denme
amor!”
Y sí, viejo.
Hoy te toca a vos. Quiero leerte, quiero saber que existís. Necesito saber que
no estoy gritándole al aire. Tengo un promedio de treinta visitas diarias,
quizás más de lo que merezco. Vos sos uno de mis visitantes (el número 23, ¡el
mejor!); copate y dejá una huellita virtual en este humilde cemento fresco de
la literatura contemporánea.
Y ya que estás,
compartime. Me hacen falta más lectores. Mi idea es volverme increíblemente popular
a través del menor esfuerzo. Luego llegar a la cima, olvidarme de mis raíces,
mandar a cagar a todos mis conocidos y consagrarme a una vida de excesos y
decadencia que al poco tiempo me hará tocar fondo, reconocer mis errores, volver
a empezar de cero, tener una serie de modestas victorias y, finalmente,
enfrentar a mi Némesis (que es el rubio de Cobra Kai) y emerger triunfante. Luego
gastar toda la plata del premio en putas y cocaína. Pero para eso te necesito a
vos, así que ya sabés: ¡firmá, mierda!
Besitos.
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