8 de mayo de 2008

Psi

Ego: ¿Cuánta gente podía entrar en un colectivo? El record se supera día a día. Lejos quedaron la máquina expendedora de boletos y el concepto de espacio personal. No me quejo, sin embargo —este grotesco amontonamiento humano representa lo más parecido a un mimo que tuve en meses. ¿Pero qué es eso de ahí? ¿Un espacio libre acaso? Acudo a él inmediatamente. Disculpe. Permiso. Perdón. Suélteme señor. Permiso… Ahh ahora sí; cómodo y seguro como si tuviera una Carefree. Un play a la derecha y ya vuelve a tocar Sonata Arctica. Hoy función especial solo para mis oídos… A ver qué encontramos alrededor… Wow… Mirá lo que es eso… Ninfa bella como ninguna. Con Dios como testigo que, desde que empecé a trabajar en Belgrano, me toca cruzarme con los más voluptuosos ejemplares. Desde la inocente flaquita quinceañera carilinda en jumper hasta la operada secretaria ejecutiva petera. Pero esto… ¿Cómo definir lo que veo cuando su imagen me roba el aliento? Mirala… estructuralmente perfecta. De tipología ectomorfa, brazos finos, manos pequeñas y delicadas. Su piel, clara y pura como la luz de la mañana. Su cabello, largo y castaño, como las espigas de trigo acariciadas por la brisa. Su cara de muñeca de porcelana, digna de ser recorrida suavemente con las puntas de los dedos. Sus…
Id: ¡Tetas!
Ego: ¡Aijuna! ¡¿Quién anda ahí?!
Id: La única parte de vos que no es un gotiquito maricón loser.
Ego: Aham… ¿Y es normal que te escuche hablar dentro de mi cabeza? Pregunto en serio, porque empecé a tomar Actimel y tengo miedo de que sea un efecto secundario.
Id: ¡Silencio! En vez de hablar boludeces andá pensando qué vas a hacer con esta piba.
Ego: ¿Hacer cómo? Pará, estoy volviendo a casa después de una ardua jornada laboral. Probablemente ella también; seguro no querrá que la molesten. Además el colectivo está lleno de gente. No se puede hacer nada.
Id: Te faltó decir que lo único que querés hacer es llegar a casa y loguear en el Lineage…
Ego: También.
Id: Subir un buen 3 o 4%…
Ego: Bastante bien.
Id: Cafecito, pajita y a la cama. Con eso ya rindió el día…
Ego: ¿Estás siendo sarcástico?
Id: Oíme, arbolito de navidad, no se ni me interesa saber cómo te las habrás arreglado todo este tiempo para que no te exploten esas bolas de adorno que tenés de tanto no ponerla, pero te juro por mi Dios que si no te le acercás a esa pendeja voy a retorcer tanto tu libido que solo vas a poder calentarte con pornografía homosexual de japoneses amputados.
Ego: Ok, ok. Qué carácter de mierda… Ahí voy. Permiso. Perdón. Disculpe. Muévase señora, con esa muleta estorba el paso. Un poquito más y… ya está, me le puse al lado. La caprichosa disposición de asientos del 41 quiso que frente a ella no se encuentre otra cosa que un gran vacío, por lo cual más que sentada está desparramada en su butaca. Y heme aquí, a su derecha, aferrado al pasamanos.
Id: ¡Mirá lo que son esas tetas papá!
Ego: Una delantera importante.
Id: Decir eso es quedarse corto. La piba está con una blusita blanca sin mangas y con un escote abismal. Mirá como bailan las nenas al ritmo del samba.
Ego: Pará man…
Id: Y encima es tan delgada. La cinturita, el cuello y los hombros —todos talla S— hacen verse esas tetas aún más grandes.
Ego: Pará. En serio te digo.
Id: ¡Y no usa corpiño!
Ego: ¡Aah, me estoy calentando! ¡En el colectivo! ¡Y con jogging! ¿Quién podrá ayudarme?
Super-ego: Este es un trabajo para…
Id y Ego: ¡Super-ego!
Super-ego: Fetivamente.
Id: ¡Vos, malparido hijo de una gran puta! ¡Por culpa tuya el pibe tiene menos alegrías que Palestina!
Super-ego: ¡Já! Si fuera por vos se la pasaría frotándose contra toda cosa que remotamente se pareciese a una mina. Gracias a mí no está en cana.
Id: Y en cana por ahí la pasaría mejor. Al menos el carcelero existiría fuera de su propia fucking mente.
Super-ego: Y vos la pasarías fenómeno con la cantidad de veces que le romperían el culo. Digo, como no le salió eso de autoempomarse…
Id: Pero si hubiera funcionado hubiera estado buenísimo.
Ego: Erhm chicos, sigo acá.
Super-ego: Mirá flaco, yo no te voy a amenazar ni te voy a mentir. Te voy a decir las cosas como son.
Ego: Ajá.
Super-ego: Si seguís haciéndote el bocho con esta mina lo único que vas a conseguir va a ser llamar su atención. La piba te va a mirar, va a advertir tu anatomía alterada y tu mirada libidinosa, te va a mandar a la mierda, vas a atraer la atención del resto de los pasajeros, te vas a poner nervioso, te va a dar un ataque de pánico y vas a desarrollar una fobia que te va a impedir subirte a otro colectivo por el resto de tu vida.
Ego: Ajá… Bueno, eso es lo que me dice el angelito. ¿Qué piensa el diablito?
Id: Conociéndote, probablemente pase eso. Por ahí en vez del resto de tu vida es por un par de años nomás.
Ego: No parece estar dando mucha bola a lo que pasa a su alrededor. Está jugando al solitario con el celular… Hmm de a poco se va vaciando el bondi. El flaco a mi izquierda la está relojeando peor que yo.
Id: ¡Es tu mujer! ¡No lo permitas! Dame el control de tu mano izquierda que lo mato.
Ego: Ya lo tenés, y mi mano la tenés en mi bolsillo haciendo no se qué hace diez minutos.
Id: Sorry, la costumbre.
Ego: Además ya se baja el flaco. Me muevo más a la izquierda. Rinde más el spot.
Super-ego: Ok. Ya no queda gente parada y le estás viendo el escote a tu amada desde un lugar privilegiado. No problem. Lo único que te pido es que bajes un cambio y controles la cantidad de libido que estás recibiendo del otro porque vas a quedar culo pa’arriba. Dame un poco de bola a mí y-
Id: ¡Mirá! ¡La piba se inclina hacia delante!
Ego: ¡Se le ve todo man!
Super-ego: Daaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
Id: ¡Las tetas man! ¡Las tetas! ¡Toma libido hijo de puta!
Ego: ¡Dame¡ ¡Dame! ¡Dame!
Id: ¡Llevatela toda!
Ego: Asd asd asd asd asd asd. ¡A ESE DE!
Super-ego: Qué hijos de puta… Sorry que interrumpa, pero el asiento detrás de la nena se desocupó, y está al lado tuyo. Si no te sentás tu pajerismo va a quedar en evidencia… todavía más.
Ego: Y sí, me siento. Bajo un poco el rush de paso.
Id: Mirá como se muerde las uñitas.
Ego: Hmm.
Id: Más que morder, es como si se chupara la punta de los deditos…
Ego: Ay…
Id: Imaginate si en lugar de sus dedos tuviera pijas.
Super-ego: ¡Basta man, eso ni siquiera tiene sentido! Necesito recuperar terreno. A ver flaquito, ponete a recordar alguna de tus experiencias pasadas con mujeres. Cualquiera, da igual.
Ego: Hmm… Uh… Uh…
Super-ego: Sorry por el bajón. Ahora que tengo tu atención, te voy a decir un par de cositas. Toda tu vida la viste pasar. Esto no es una película dónde todo sale bien. Cualquier interacción que tengas con la nena adelante tuyo va a concluir en que vuelvas a casa sólo, sintiéndote como un boludo y deseando haberte quedado en el molde. Paso antes, pasará ahora.
Ego: Tenés razón…
Super-ego: No es de mala onda; simplemente funcionan así las cosas. Te sugiero que dejes de pensar en ella y mires para otro lado, porque se va a bajar antes que vos y vas a sentirte mal.
Id: Acercá la cabeza y sentile el olor del pelo.
Ego: Pará flaco, tiene razón el otro. Ni da hacerse la película por algo así.
Id: Maricotas.
Ego: Chupala.
Id: Tuviste a Pepe Grillo diciéndote mierda al oído toda tu adolescencia, y vos siempre haciéndole caso. ¿Qué sacaste de eso? Dependencia. Miedo. Inseguridad. ¿Qué esperás seguir sacando de él? Yo seré un egoísta hijo de puta, pero las veces que me diste pelota te llevaste buenos momentos que aun recordás. Y en los peores casos, historias para contar.
Ego: Eso sonó demasiado racional para venir de vos.
Id: Tenés razón. Mirá cómo se acaricia la mejilla con la punta de los dedos. Pelá la japi y empezá a tocarte.
Super-ego: Hmm, a ver qué tengo por acá. Culpa, ansiedad, sentimiento de inferioridad. La lista sigue. ¿Te gusta alguna en particular o puedo girar una ruleta y la que toca te toca?
Ego: ¡Bueno basta! Me tienen podrido los dos. Debería estar escuchando a Sonata Arctica, no a ustedes.
Id:
… Go around and see another side of the tree. All I want is to be untamed and free…
Super-ego:
… One night at the town and I'm hell bound. Black oceans beneath come and swallow me
Ego: ¡Shhh! Ok, busquemos una solución que deje contentos a todos… Un trato. Aunque sería más como una apuesta. Suelo ser el último en bajar de este colectivo, habiendo recorrido las últimas paradas como único pasajero. Si la señorita se queda junto a mí y bajamos juntos, yo voy a…
Id: Comerle la boca sin mediar palabra.
Super-ego: Sonreírle tímidamente, dar media vuelta y volver a tu casa satisfecho.
Ego: No. Voy a… hmm… pedirle la hora.
Id: Ah bueh.
Ego: Es perfecta. Mi celular no tiene batería. Bajo, veo la pantalla en blanco, la miro a ella y le pregunto si tiene hora… Y después vemos qué pasa. ¿Estamos?
Id: Y bueh, me tenés acostumbrado a tan poco… Seguro se baja antes igual
Super-ego: Vas a quedar como un boludo, pero bueh. Seguro se baja antes. Ojalá.
Ego: Bueno, ahora no me jodan por un rato; quiero escuchar música y verle el pelo a la niña por un rato…
We only have one candle to burn down to the handle. No matter what they say, if you live like a man, you live in the tales you tell. Epa, ya pasaron quince minutos. Me bajo en la próxima. ¡Y la chica sigue acá! ¡¿Qué hago?!
Id: ¿Eh? ¿Qué pasó? Me re colgué. No se qué dijiste, no estaba escuchando. Igual te recomiendo que te toques.
Ego: ¡Ella baja también!
Id: Epa. Esto se va a poner bueno.
Super-ego: ¡Aborten la operación!
Ego: ¡Se abren las puertas!
Id: Tranqui pá, vos dejame a mí.
Ego y Super-ego: ¡Jesucristo! ¡No!
Id: Te ponés la gorra flaquito.
Ego: Baja ella. Bajo yo. Fue, yo me mando. Saco el celular para ver la hora. Oh, sorpresa, se quedó sin batería. Me hago bien el boludo y le pregunto.
Rodrigo: Erhm, disculpá. ¿Tenés hora? Ah, ¿tenés que sacar tu celular? Sorry la molestia. Al mío se le murió la batería. Tecnología obsoleta.
Ella: Son las 17.20.
Ego: Es hermosa… Pareciera un hada. El cabello rojizo, prolijamente recogido. La carita tan blanca. Los ojos celestes de mirada fija. ¿Mirada fija? ¿Por qué frunce el entrecejo?
Ella: Tu cara se me hace familiar. ¿Te conozco de algún lado?
Ego: !!!
Ella: Si, te me hacés conocido, ¿pero de dónde…?
Ego: WTF?! ¡¿Qué hago?!
Super-ego: ¡Te reconoció! ¡Corré!
Id: ¡Pegale en la cara y corré!
Ella: ¿Dónde vi tu cara antes?
Rodrigo: ¿Pasaste por la comisaría últimamente?
Ella: No. ¿Trabajás ahí?
Rodrigo: No, pero seguro tienen mi foto en exposición.
Super-ego: ¡Jesús, María y José! ¡¿Qué mierda fue eso?!
Id: La hiciste reir. Ya es tuya man. Preguntale si tiene webcam y una hermana gemela.
Ego: ¡Silencio! Vuelvan a sus… formas… inconscientes. Ahora me encargo yo.
Rodrigo: Hasta hace poco atendía un cyber acá a una cuadra. Por ahí pasaste alguna vez…
Ella: Sí. Iba hace un tiempo.
Rodrigo: Sí… Ahora me acuerdo de vos. Tu cuenta era Isobel. ¿Vas por este lado?
Ella: Sí… ¿Querés un chicle?
Rodrigo: Dale.
Super-ego: Seguro quiere decir que tenés mal aliento.
Ego: ¡Shhhhhhhhhh!

1 de enero de 2008

Identidad

Bienvenido. Soy una persona-concepto. Soy lo que se me ocurre en el momento. Soy un turista emocional. Soy todo lo que determinó aquello que no soy.
Soy el recuerdo, soy el momento, soy la idea. No soy esta carne, soy lo que quiero ver. Quiero ver lo que no soy. Soy lo que no me gusta. Me gusta lo que soy.
Soy una persona complicada. Soy una canción diferente cada día. Soy palabras. Soy todo y nada a la vez.
No soy esta piel, no soy este color, no soy este peso, no soy esta voz. No soy lo que ves.
No soy lo que querías que fuera.
Soy el deseo, el calor, la música. Soy la vida, algo demasiado grande.
Soy lo que pudiste haber sido.
No soy para vos.

14 de octubre de 2007

Vergüenza

Fue al despertar, en ese momento en que una no recuerda su nombre pero sí quién ha sido. La novedad del escenario no resultaba sorpresa; nada nuevo, nada imprevisto. Y con ojos cristalinos un mantra: “otra vez”.
Las emociones se potencian con la resurgencia de la memoria. Entonces siento agonía y confort. ¿Será la humedad de las sábanas? ¿Será tu saliva en mi hombro? Me estremezco explorando las grietas de mi espíritu mientras acaricio tu pelo con dulzura. Te ves tan suave.
Fantaseo con despertarte y conducirte de la mano a las profundidades de mi ser (de una manera más figurativa). Enseñarte uno por uno los horrores de mi persona. Aquello que no sabrías ver, aquello que no te dejo ver. Con palabras de afecto te explicaría qué fórmula afectiva representás para mí. Tus lágrimas no pueden apagar mi fuego.
Mirando el techo repito en susurros palabras que intento creer. El perpetuo tormento de saber quién se es. Por todo eso te pido perdón.
La sensibilidad regresa a mi cuerpo y con ella las ideas. Cierro los ojos pero los aromas me confunden. La última parte conceptual dentro de mí lucha por arrebatárteme. De nuevo fallo y comienzo a besar tu abdomen. Me disuelvo en la sensación. Tus manos despiertan y alcanzan mis mejillas. Te quiero demasiado para decirte que te quiero.
Pronunciás palabras que no me intereso en escuchar. No soy hipócrita. Lo que ves es lo que hay y nada más. Tu pasión colisiona con mi inercia.
Aumenta el calor. Vos y yo somos un mecanismo, pero guardo silencio. Tus uñas surcando mi espalda me indican que la ilusión se acerca a su fin. “Te amo” repetís. Te amo.
Tu mirada se convierte en expectante y no puedo hacer otra cosa que bajar la cabeza. Para disimular vuelvo a besar despacito tu abdomen con cuidado de no derramar una lágrima delatora. Disfrazando fervor como sentimiento, disfrazando sentimiento como fervor. Mi yo conceptual regresa para instalarse en mi garganta. La acostumbrada amargura que me es imposible abandonar del todo. La necesito.
Perdón.

23 de julio de 2007

Deseo

El aire se siente frío sobre mi piel húmeda. Mis manos están conmigo, mi mente está en otro lado. Unos ojos pardos me invitan a perderme en un mundo de reveses. ¿Qué veo ante mí sino a una idea apetecible? La nuestra ha sido una existencia en espiral.
Tu imagen y mi tacto conformando una sensación. Mi garganta anudada entre dedos serpentinos. Tu palidez tan suave, como acariciar arena de noche. Quisiera tantas cosas en este momento.
Cierro los ojos y mi cabeza se inclina. Te imagino supervisándome con curiosidad y deleite. Los vuelvo a abrir y allí sigues, siempre, engañando un poco a mi soledad. Nadie más que yo sabe apreciarte. Nadie más que yo merece amarte.
Las siluetas se unen en cristalina simetría. Un único aliento repartido entre dos bocas; realidad y fantasía coexistiendo en un extraño beso. Si hay amor no hay egoísmo, solo deseo.
En este momento no pienso más que en lo que hago, y lo que hago es lo que soy. ¿Y qué de mí en tu ausencia? No existo cuando no me ves. ¿Y qué de mí en tu tragedia? Tu herida es mi dolor.
El movimiento intenta seguirle el ritmo a la mente. Ideas van y vienen, cegadas en la oscuridad, tanteando los bordes de penas y pesares, tropezando con ausencias. La imagen es vulgar y mecánica; el deseo dentro es profundo como un agujero negro. ¿Pero qué sabrás tú de deseos? Para ti siempre fui solo una imagen.
La biología sigue su curso y me veo en la necesidad de arquear la espalda. En el interior unos segundos de claridad pronto cubiertos de oscura turbulencia. En el exterior mi cuerpo temblando, mi estómago revuelto y dos arroyos cálidos limpiando el sudor estático de mi rostro. Con vergüenza bajo la mirada mientras imagino tu sonrisa dulce y sádica del otro lado del espejo.

8 de julio de 2007

Colores

Comenzar un relato sin un punto de referencia no es tarea fácil. A falta de un pilar argumental que haga de firme sustento, cada palabra —cuidadosamente elegida— ha de ser un punto de apoyo.
Este relato trata sobre palabras cuidadosamente elegidas.
No hay un principio, sino más bien un nudo que se prolongó más de lo debido. Una horrible gama de grises que se extendieron y mancharon todo cuanto podían. La tragedia del ser más humano: el presente que invadió el pasado y embargó el futuro.
No había nada en el mundo más que el color gris.
La realidad —o al menos lo que recuerdo haber percibido como realidad— se presentaba con bordes difusos y matices opacos, como un sueño que termina. Creo verme caminando a pasos cortos por una calle angosta, con los ojos entreabiertos y la mirada cansada. El cielo cubierto por una cortina deforme de nubarrones grises; detrás, oculto en algún punto siempre cambiante, se adivinaba un pálido resplandor.
Cada tanto llovía. En esa caminata eterna se me hacía imposible distinguir cuando empezaba la lluvia y cuando terminaba. La noche no existía.
Tenía la sensación de estar avanzando, aún cuando a mi alrededor el panorama era siempre el mismo: paredes blancas, con graffittis ilegibles, decolorados por el sol de otro tiempo; comercios abandonados, con sus vidrieras pintadas con cal y un relleno de oscuridad que se vislumbraba a través de los cristales ausentes; veredas incompletas, calles adoquinadas, faroles apagados y charcos que al pisarlos no producían anillos.
Avanzaba por inercia, como cayendo muy lentamente. Podría haber jurado que en cuestión de un par de meses mi rostro se estrellaría finalmente contra el empedrado.
Lo único reconocible en mi marcha era una especie de obstinación lastimosa. Me vendía a mi mismo la ilusión de que quería continuar. Y marché por años, meses y días en ese páramo urbano, esa soñolienta ilusión monocromática que reconocía por mundo.
Hasta que doblé por el camino equivocado.
La primera señal de alarma debió haber sido un súbito reconocimiento de mi propia existencia en relación con el mundo. La segunda fue haberme dado cuenta de que me di cuenta de algo. Le presté poca atención a dichas señales, de todas maneras, pues ante mis ojos se hallaba nada menos que el factor desencadenante de esa pequeña crisis inconciente: frente a mí se disponía una puerta.
No cualquier puerta, permítaseme decir. Esta era diferente a todas las anteriores: estaba abierta.
Otra revolución: elegí entrar. Lo se porque permanecí de pie frente a esa puerta por meses dudando. Avancé, ya con paso resuelto. Atravesé un pasillo bien iluminado con la zumbante luz blanca de los tubos fluorescentes. A lo largo del corredor se distribuían cien puertas, todas iguales, todas cerradas. Me detuve frente a la que consideré la indicada. Apoyé mi mano en el picaporte y con un suave empujón la puerta se abrió. No tuve que entrar; de repente ya estaba adentro desde hacía largas horas.
La habitación era un gran salón en forma de semicírculo, en el centro del cual podía verse un vasto escenario totalmente vacío. El resto del recinto, como se podrá imaginar, se componía de varios centenares de asientos vacíos.
La visión no tardó en esfumarse. En el momento en que la puerta se cerró tras de mí, todo tipo de iluminación desapareció exceptuando dos reflectores que alumbraban el escenario desde sus diagonales. Permanecí de pie.
Se vuelve difícil y hasta dolorosa la recopilación de detalles. Mi mente, mi cuerpo, mi voluntad, cada parte de mí parecía existir en una dimensión aparte. Mi capacidad de registrar el tiempo presentaba terribles fluctuaciones, perdiendo a mi percepción en un vaivén laberíntico de velocidades. Mi memoria funcionaba precariamente, llevándome no a rememorar hechos sino huellas emocionales que pudieron haber dejado diferentes percepciones. En pocas palabras, no estoy seguro de lo que pasó. Lo único que se es que en el escenario, con sus ojos negros perdidos en la oscuridad, se hallaba una joven. Su cuerpo estaba inmóvil pero sus cabellos, cortos y rojos, parecían estar moviéndose en el aire sobre su cabeza. Vestía de blanco y en ese momento se me hizo hermosa y terrible.
La figura clavó su mirada en mí y con voz estruendosa exclamó “ven y mira”. Y miré. Y de la frente de la joven emergió una corona de fuego, y todo a su alrededor ardía. El teatro, otrora oscuro, se había vuelto de un vivo rojo, con murciélagos de neón volando en todas direcciones. El silencio mortuorio había dado lugar a una música de percusión de lo más estimulante.
Con los pies clavados al suelo vi a la joven danzando sobre el escenario, dejando una quemadura con cada huella, una estela con cada salto. Sus cabellos se habían convertido en hilos incandescentes y de su boca escapaban besos humeantes.
La figura, envuelta en llamas, bajó de su escenario y avanzó en dirección hacia mí. Tuve ansiedad y a la vez deseo de que se acercase más. Pronto estuvo a un paso de distancia. Apoyó sus manos en mis sienes y la sentí quemando en mi piel. Era la primera vez en mi vida que sentía dolor, y también la primera que sentía calor.
La joven acercó sus labios, esperando que me entregase a ella, que me atreviese a dejarme calcinar por su beso. Pero no lo hice, pues por primera vez sentí miedo, y con tristeza en su rostro la vi chamuscarse frente a mí hasta convertirse en una pila de cenizas. Entonces tuve frío y ganas de llorar.
No pude salir del teatro. Había vuelto a mi estado de percepción habitual, ese sueño translúcido cuyos límites parecen alejarse y redefinirse con cada paso que doy.
Permanecí en ese estado por más tiempo del que quiero recordar, hasta que apareció la segunda mujer.
Una mujer de mediana edad había aparecido en el medio del escenario. Su cabello era corto y negro, y su rostro estaba cubierto con una máscara de porcelana blanca. Su vestido y su sonrisa pintada eran rojos como la sangre.
La mujer me miró desde detrás de su máscara y con voz provocadora me susurró “ven y mira”. Y miré. Y casi sin darme cuenta esa mujer era todo lo que siempre había deseado.
Su vestido cayó al suelo y yo caí en mi butaca. Pude espectar su voluptuosa desnudez. Poseía una belleza esplendorosa, radiante como la de un ángel pecador. La palidez de su piel, la estrechez de su cintura, la generosidad de sus senos… Era una obra de arte simulando estar viva. La percibí inalcanzable.
Vistiendo solo su máscara sonriente, el ángel desplegó un hermoso par de alas negras y comenzó a elevarse.
Con lágrimas en los ojos vi como se perdía, y entonces todo lo odié y todo quise destruir. Y muy para mí desgracia nada quedaba en el recinto más que yo mismo.
Me convertí entonces en varios y procedí a cumplir con el oscuro designio del ángel, odiando y destruyéndome una y otra vez en ese teatro oscuro.
Y así permanecimos hasta que apareció la tercera. Una niña de cabello largo y lacio. Llevaba un vestido negro y no sonreía.
Con seriedad dijo “ven y mira”. Y miré. Y me vi a su lado en el escenario, comiendo feliz un pedazo de pan. Pude ver desde mi lugar a aquel ser, idéntico a mí en apariencia, devorando como con hambre canina cada migaja del suelo, y luego lamiendo de forma desesperada cada dedo de la niña, la cual, por su parte, parecía estar en total control de la situación.
Lo grotesco reemplazó a lo patético: mi yo hambriento comenzó a roer los dedos de la niña con total voracidad. Luego, una a una arrancó y tragó sus falanges. Desde mi lugar en la platea tuve que apartar la vista. Respirando hondo, tratando de evitar las nauseas, mientras sentía a mi estómago llenarse. Y no importaba cuanto de su cuerpo me ofreciere la niña, cada vez quería más. Necesitaba más.
Las luces se apagaron y solo se escuchaba a ese espeluznante otro yo, royendo el cuerpo aún tibio de la niña, hasta que este ya no le satisfacía más.
Esperé a la cuarta aparición con miedo, odio y necesidad.
Se presentó, después de mucho tiempo, pero puntual. Vestía de un indescifrable color pálido. Era preciosa. Detrás de ella el telón se había corrido y llegaba a vislumbrarse una puerta abierta.
La mujer me dijo con voz dulce “ven y mira”.
Me quedé quieto. Ella extendió sus manos y repitió sus palabras con el mismo tono maternal.
Temblando del pavor, me puse de pie, y con esfuerzo levanté mis ojos vidriosos. Allí estaba ella, llamándome. Y aquí estoy yo, rememorando, enumerando miedos, midiendo odios, pesando necesidades, intentando distinguir realidades a oscuras, especulando si esa frente a mí no será la centésima puerta y deseando, más que nunca en mi vida y en mi muerte, un pilar, un sustento, sobre el cual construir un nuevo principio.

29 de marzo de 2007

Destrucción

La noche roja de halógeno y neón. El suelo pegajoso de alcohol y humedad. Las manos temblorosas, el cuerpo entumecido. Los párpados superiores rosados, los inferiores mezcla de violeta y gris. El típico ardor de garganta y esófago. Los ruidos retumbantes de fondo.
El dolor entusiasta, la agonía eufórica. La salvación en una jeringa descartable.
El pulso resuelto, el acero mordiendo, el émbolo avanzando. Los ojos se cierran. La sonrisa dibujándose.
La gente pasando sin mirar, los carteles luminosos dejando estela, la lluvia que no termina de caer.
La envidia hacia un desconocido. El odio hacia una conocida. Los celos y la soledad empujando el dedo pulgar. El miedo y alguna memoria deteniendo ocasionalmente. La debilidad abriéndose paso.
El opioide penetrando en el torrente. El néctar rancio escurriéndose por las venas. Los tres minutos de rigor. La caricia química pellizcando las neuronas. El alivio artificial.
El cuerpo dejándose caer, la mente dejándose llevar. La luna abandonando su hueco entre las nubes.
La compasión perdida, la indulgencia inyectada. El presente alejándose, el futuro olvidado. El martirio del santo y la ingenuidad del niño. La vida y la muerte en una vulgar alquimia. La culpable ausente. El enamorado en el suelo, sonriendo triunfante.

13 de febrero de 2007

Destino

Avanzamos. A ciegas, conociendo el destino, pero no el camino.
Por las ventanillas pueden verse a intervalos ráfagas de luz y alguna que otra cara distorsionada. El resto es oscuridad artificial: lo que no sabemos ver. Sobre la superficie es oscuridad real: lo que no podemos ver. Las estrellas acaso brillen sobre el cielo de concreto.
Avanzamos, muy rápido. No podremos bajarnos hasta llegar a destino. El viaje es el durante; un punto medio entre la realidad y nuestro deseo. El viaje dura más de lo deseado, siempre.
El crujir de los metales resuena como latidos de la tierra. El suelo bajo nuestros pies se mueve. El paisaje sombrío adopta nueva formas. Pero a nuestro alrededor todo permanece igual. Dormitamos en una inconstancia duradera. Cerramos los ojos, tranquilos, sabiendo que el movimiento no es una idea. Realmente avanzamos.
El soplido de una puerta que se abre: alguien entrando o saliendo. Una presencia conceptual, un silencio corpóreo. Cada uno creerá tener un destino diferente. Para el destino, todos somos iguales.
No todos viajan solos. Algunos saben encontrar compañeros. Intercambian palabras durante el recorrido, pero son demasiado triviales para ser recordadas, y el sonido del acero galopante sabe cubrirlas bien. Tal es el caso que repiten lo mismo una y otra vez, a otras personas y a ellos mismos.
La mayoría permanecen cabizbajos, en aparente meditación. En realidad están durmiendo.
Está también el que pasa el viaje entreviendo luces y sombras por la ventanilla. Su cuerpo está quieto, pero avanza. Su mente baila con espectros y musas, y a veces avanza también.
El viaje continúa, hasta que llegue el momento de descender. Entonces averiguaremos si nos bajamos bien, si tomamos las decisiones correctas y si lo que hicimos —o dejamos de hacer— realmente valió la pena. El destino lo elegimos nosotros, a ciegas. Al viaje lo elige el Destino, con desinterés y severidad.