8 de julio de 2007

Colores

Comenzar un relato sin un punto de referencia no es tarea fácil. A falta de un pilar argumental que haga de firme sustento, cada palabra —cuidadosamente elegida— ha de ser un punto de apoyo.
Este relato trata sobre palabras cuidadosamente elegidas.
No hay un principio, sino más bien un nudo que se prolongó más de lo debido. Una horrible gama de grises que se extendieron y mancharon todo cuanto podían. La tragedia del ser más humano: el presente que invadió el pasado y embargó el futuro.
No había nada en el mundo más que el color gris.
La realidad —o al menos lo que recuerdo haber percibido como realidad— se presentaba con bordes difusos y matices opacos, como un sueño que termina. Creo verme caminando a pasos cortos por una calle angosta, con los ojos entreabiertos y la mirada cansada. El cielo cubierto por una cortina deforme de nubarrones grises; detrás, oculto en algún punto siempre cambiante, se adivinaba un pálido resplandor.
Cada tanto llovía. En esa caminata eterna se me hacía imposible distinguir cuando empezaba la lluvia y cuando terminaba. La noche no existía.
Tenía la sensación de estar avanzando, aún cuando a mi alrededor el panorama era siempre el mismo: paredes blancas, con graffittis ilegibles, decolorados por el sol de otro tiempo; comercios abandonados, con sus vidrieras pintadas con cal y un relleno de oscuridad que se vislumbraba a través de los cristales ausentes; veredas incompletas, calles adoquinadas, faroles apagados y charcos que al pisarlos no producían anillos.
Avanzaba por inercia, como cayendo muy lentamente. Podría haber jurado que en cuestión de un par de meses mi rostro se estrellaría finalmente contra el empedrado.
Lo único reconocible en mi marcha era una especie de obstinación lastimosa. Me vendía a mi mismo la ilusión de que quería continuar. Y marché por años, meses y días en ese páramo urbano, esa soñolienta ilusión monocromática que reconocía por mundo.
Hasta que doblé por el camino equivocado.
La primera señal de alarma debió haber sido un súbito reconocimiento de mi propia existencia en relación con el mundo. La segunda fue haberme dado cuenta de que me di cuenta de algo. Le presté poca atención a dichas señales, de todas maneras, pues ante mis ojos se hallaba nada menos que el factor desencadenante de esa pequeña crisis inconciente: frente a mí se disponía una puerta.
No cualquier puerta, permítaseme decir. Esta era diferente a todas las anteriores: estaba abierta.
Otra revolución: elegí entrar. Lo se porque permanecí de pie frente a esa puerta por meses dudando. Avancé, ya con paso resuelto. Atravesé un pasillo bien iluminado con la zumbante luz blanca de los tubos fluorescentes. A lo largo del corredor se distribuían cien puertas, todas iguales, todas cerradas. Me detuve frente a la que consideré la indicada. Apoyé mi mano en el picaporte y con un suave empujón la puerta se abrió. No tuve que entrar; de repente ya estaba adentro desde hacía largas horas.
La habitación era un gran salón en forma de semicírculo, en el centro del cual podía verse un vasto escenario totalmente vacío. El resto del recinto, como se podrá imaginar, se componía de varios centenares de asientos vacíos.
La visión no tardó en esfumarse. En el momento en que la puerta se cerró tras de mí, todo tipo de iluminación desapareció exceptuando dos reflectores que alumbraban el escenario desde sus diagonales. Permanecí de pie.
Se vuelve difícil y hasta dolorosa la recopilación de detalles. Mi mente, mi cuerpo, mi voluntad, cada parte de mí parecía existir en una dimensión aparte. Mi capacidad de registrar el tiempo presentaba terribles fluctuaciones, perdiendo a mi percepción en un vaivén laberíntico de velocidades. Mi memoria funcionaba precariamente, llevándome no a rememorar hechos sino huellas emocionales que pudieron haber dejado diferentes percepciones. En pocas palabras, no estoy seguro de lo que pasó. Lo único que se es que en el escenario, con sus ojos negros perdidos en la oscuridad, se hallaba una joven. Su cuerpo estaba inmóvil pero sus cabellos, cortos y rojos, parecían estar moviéndose en el aire sobre su cabeza. Vestía de blanco y en ese momento se me hizo hermosa y terrible.
La figura clavó su mirada en mí y con voz estruendosa exclamó “ven y mira”. Y miré. Y de la frente de la joven emergió una corona de fuego, y todo a su alrededor ardía. El teatro, otrora oscuro, se había vuelto de un vivo rojo, con murciélagos de neón volando en todas direcciones. El silencio mortuorio había dado lugar a una música de percusión de lo más estimulante.
Con los pies clavados al suelo vi a la joven danzando sobre el escenario, dejando una quemadura con cada huella, una estela con cada salto. Sus cabellos se habían convertido en hilos incandescentes y de su boca escapaban besos humeantes.
La figura, envuelta en llamas, bajó de su escenario y avanzó en dirección hacia mí. Tuve ansiedad y a la vez deseo de que se acercase más. Pronto estuvo a un paso de distancia. Apoyó sus manos en mis sienes y la sentí quemando en mi piel. Era la primera vez en mi vida que sentía dolor, y también la primera que sentía calor.
La joven acercó sus labios, esperando que me entregase a ella, que me atreviese a dejarme calcinar por su beso. Pero no lo hice, pues por primera vez sentí miedo, y con tristeza en su rostro la vi chamuscarse frente a mí hasta convertirse en una pila de cenizas. Entonces tuve frío y ganas de llorar.
No pude salir del teatro. Había vuelto a mi estado de percepción habitual, ese sueño translúcido cuyos límites parecen alejarse y redefinirse con cada paso que doy.
Permanecí en ese estado por más tiempo del que quiero recordar, hasta que apareció la segunda mujer.
Una mujer de mediana edad había aparecido en el medio del escenario. Su cabello era corto y negro, y su rostro estaba cubierto con una máscara de porcelana blanca. Su vestido y su sonrisa pintada eran rojos como la sangre.
La mujer me miró desde detrás de su máscara y con voz provocadora me susurró “ven y mira”. Y miré. Y casi sin darme cuenta esa mujer era todo lo que siempre había deseado.
Su vestido cayó al suelo y yo caí en mi butaca. Pude espectar su voluptuosa desnudez. Poseía una belleza esplendorosa, radiante como la de un ángel pecador. La palidez de su piel, la estrechez de su cintura, la generosidad de sus senos… Era una obra de arte simulando estar viva. La percibí inalcanzable.
Vistiendo solo su máscara sonriente, el ángel desplegó un hermoso par de alas negras y comenzó a elevarse.
Con lágrimas en los ojos vi como se perdía, y entonces todo lo odié y todo quise destruir. Y muy para mí desgracia nada quedaba en el recinto más que yo mismo.
Me convertí entonces en varios y procedí a cumplir con el oscuro designio del ángel, odiando y destruyéndome una y otra vez en ese teatro oscuro.
Y así permanecimos hasta que apareció la tercera. Una niña de cabello largo y lacio. Llevaba un vestido negro y no sonreía.
Con seriedad dijo “ven y mira”. Y miré. Y me vi a su lado en el escenario, comiendo feliz un pedazo de pan. Pude ver desde mi lugar a aquel ser, idéntico a mí en apariencia, devorando como con hambre canina cada migaja del suelo, y luego lamiendo de forma desesperada cada dedo de la niña, la cual, por su parte, parecía estar en total control de la situación.
Lo grotesco reemplazó a lo patético: mi yo hambriento comenzó a roer los dedos de la niña con total voracidad. Luego, una a una arrancó y tragó sus falanges. Desde mi lugar en la platea tuve que apartar la vista. Respirando hondo, tratando de evitar las nauseas, mientras sentía a mi estómago llenarse. Y no importaba cuanto de su cuerpo me ofreciere la niña, cada vez quería más. Necesitaba más.
Las luces se apagaron y solo se escuchaba a ese espeluznante otro yo, royendo el cuerpo aún tibio de la niña, hasta que este ya no le satisfacía más.
Esperé a la cuarta aparición con miedo, odio y necesidad.
Se presentó, después de mucho tiempo, pero puntual. Vestía de un indescifrable color pálido. Era preciosa. Detrás de ella el telón se había corrido y llegaba a vislumbrarse una puerta abierta.
La mujer me dijo con voz dulce “ven y mira”.
Me quedé quieto. Ella extendió sus manos y repitió sus palabras con el mismo tono maternal.
Temblando del pavor, me puse de pie, y con esfuerzo levanté mis ojos vidriosos. Allí estaba ella, llamándome. Y aquí estoy yo, rememorando, enumerando miedos, midiendo odios, pesando necesidades, intentando distinguir realidades a oscuras, especulando si esa frente a mí no será la centésima puerta y deseando, más que nunca en mi vida y en mi muerte, un pilar, un sustento, sobre el cual construir un nuevo principio.
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