31 de marzo de 2005

A Paladin's Tale

Seis meses habían pasado desde aquella tarde en que dejé Caledon. Me fui esperando no volver a pisar sus blancas calles otra vez, rezar bajo la cúpula de cristal de la catedral, acariciar el marfil en los muros del palacio. Dejé todo atrás por un sueño. Aquella tarde hace seis meses salí a cazar mi futuro. Mi meta era clara, deseaba a toda costa convertirme en paladín a la orden del rey. Honraría el deseo de mi padre, serviría a mi a mi pueblo y nada en este mundo o en el otro podría impedirlo. Seis meses habían pasado y ahora volvía triunfante. Otra vez ante mis ojos la ciudad amada, las torres fortificadas, los pendones flameando en lo alto del palacio. Había superado todas las pruebas. ¡Por fin sería paladín! Mi imaginación se extasiaba mientras subía la escalinata del Palacio Real. El guardia bloqueando la entrada ya no representaría un obstáculo entre mi sueño y yo.
— Saludos hermanos mío —le dije—. He venido a postrarme ante su soberano. Tengo aquí-
— Ya dimos limosna —interrumpió fríamente el guardián—. Vuelva otro día por favor.
— Uhm… Disculpe mi impetuosidad y permítame explicarle. Tengo aquí conmigo los objetos que mandó conseguir Vuestra Majestad para conceder una entrevista personal. Si no es molestia quisiera entrar y entregárselos.
— Ya dimos dije.
En ningún momento me miró a los ojos. Parecía estar más ocupado limpiando la mugre de sus uñas con sus dientes.
— No soy un mendigo.
— Luce como tal.
— Si mi apariencia no es la mejor se debe a que pasé los últimos seis meses atravesando pantanos, matando monstruos y recuperando artefactos solo para poder entrevistarme con tu rey.
— No lo se, ¿Qué pruebas tengo de que dice la verdad?
— ¡Los artefactos en mi mochila!
— Podrían ser falsos.
— ¿Dónde se consigue una imitación de un corazón de Draco nivel 35?
— No lo se.
— En ningún lugar, por supuesto.
— Como lo sabe. ¿Recorrió todos los mercados del reino acaso?
— No.
— Entonces quizás deba informarse un poco antes de venir a manchar el palacio con su ignorancia. Vuelva otro día por favor.
— Estoy perdiendo la paciencia. No recorrí el mundo por tanto tiempo para que un intento de guardia me bloqueé el paso.
— No le permito tal lenguaje. Usted debe respetar mi autoridad —dijo mientras escupía un pedazo de uña.
— ¡Esto es increíble! —exclamé con una risa nerviosa—. ¿Cómo pretende que respete su autoridad si claramente se está aferrando a un tecnicismo para no dejarme pasar? Además, ni siquiera luce como un guardia. Su espada es de madera y su armadura de cartón corrugado atado con cuerda.
— Mi equipamiento tiene su razón de ser. Usted no entendería los reveces del arte de la guerra ni aunque se lo explicase un General de la milicia.
— ¡Mi padre era General de la milicia!
— ¿Ya no lo es más?
— No. Murió defendiendo a su país.
— Entonces tan bueno no era. Es de esperarse lo mismo de usted.
— Insulta mi honor y mi inteligencia con cada una de sus blasfemias. Hágase a un lado antes de que decida partirlo al medio con mi espada que, por cierto, es de acero real y no de madera.
— Hey hey tranquilícese. Nadie quiere un derramamiento de sangre innecesario. Déjeme consultar su situación con mi superior para ver si… puedo hacerlo pasar o… ayudarlo de alguna manera.
— Está bien, pero apresúrese.
El guardia entró al palacio por una puerta de servicio. A los quince minutos volvió a salir, subiéndose la cremallera del pantalón con una expresión de alivio en el rostro.
— ¿Y bien?
— ¿Y bien qué?
— ¿Habló con su superior?
El hombre de ley me miró con extrañeza, como si no supiera de que le estaba hablando. Luego se produjo un clic en su mente y respondió.
— Uhm... Dijo que no.
— ¿Qué no puedo pasar o que no puede ayudarme?
— Uhm… ¿las dos cosas? Mire amigo, no lo tome a mal pero tengo trabajo que hacer. Vuelva otro día por favor.
Y dicho esto extrajo una revista arrugada de debajo de su peto de cartón y comenzó a leerla y reír alborotadamente.
— ¿Puedo hablar con su superior?
— Ahora mismo no se encuentra disponible. Anoche fue la despedida de soltero de su sobrino y bebió demasiado. Lo tuvimos que traer entre tres hombres, con una carretilla.
— Que encantador.
— No lo crea. Fue bastante desagradable. Eso pasa porque intenta seguirnos el ritmo, pero nosotros bebemos mucho más, tenemos más sexo, matamos más gente. El simplemente está demasiado viejo. Le dijimos pero no quiere entender. En mi opinión, el sargento es un gordo idiota, inepto, impotente y con baja tolerancia alcohólica. También escuché que lo engaña su mujer, conmigo.
— ¿Va a dejarme pasar? Tengo los objetos. Mírelos.
— Pero esos objetos no sirven de nada.
— ¿Perdón?
— El cuerno de unicornio molido era para combatir la impotencia del príncipe, pero ya no lo necesita porque encontró un afrodisíaco natural.
— ¿De qué se trata?
— Juguetes para niños. Ahora es pederasta.
— ¿Y qué con la Biblia de Theonicus? Tuve que viajar hasta el polo Norte y matar un engendro de hielo para conseguirla.
— Oh, encontraron una copia en la mesa de luz del rey… Debajo de… La usaba para nivelar la mesita.
— ¿Y las ciento cincuenta y un lenguas de hidra? No paraba de generar cabezas
— Eso en realidad no era una petición del rey. Los muchachos y yo la agregamos a la lista porque hicimos una apuesta. Ellos decían que una hidra muere al perder ciento cincuenta cabezas mientras que yo decía que no moría hasta la número ciento cincuenta y uno. ¡Gracias a usted gané dos piezas de oro!
— ¿Entonces todo lo que hice fue en vano? ¿Por qué no enviaron a alguien a avisarme que no necesitaban toda esta basura?
— Lo enviaron a los dos días de su partida, pero me perd- erhm, se perdió.
— ¿Por qué no enviaron a otro mensajero?
— Oh, bueno, es una historia graciosa. Lo dieron por muerto.
— ¡¿Cuándo?!
— Al mes que partió. El rey es muy impaciente, y ya no necesitaba los objetos, y bueno, ya sabe, se entretuvo invadiendo países y se olvidó de todo el asunto.
— Esto es terrible. No se qué decir… Creo que solo volveré a mi casa y ordenaré mis ideas… Todo lo que he escuchado es deprimente.
— No se aflija, no todas son malas noticias. Por ejemplo, su familia fue recientemente canonizada.
— Mi familia no está muerta.
El hombre me miró con severidad. Con voz solemne dijo
— Ups, ahora lo están.
— ¡¿Qué?!
— Murieron en año nuevo, durante la invasión de ratas rabiosas.
— ¡Dios mío, qué espantoso! ¿Qué demonios estaban haciendo los guardias?
— Era la despedida de soltero del cuñado del sargento. Estábamos todos muy ebrios… Si le hace sentir mejor, el festejado murió también… de once estocadas en el pecho. Maldición, juraría que esa espada era de madera.
— Es demasiado. Me voy. Necesito llorar por mis desgracias. ¿Creé que pueda hablar con el rey en la semana?
— No lo se, yo-
Su respuesta se vio interrumpida por la irrupción de un sujeto de nefasta apariencia. Dos mujeres libertinas iban a su lado.
— Hey Bob, ¿como va todo? —canturreó el sujeto con voz alegre— ¿Algún problema si paso?
— Claro que no Phil, entra. Dile a los chicos que yo ya voy.
— Je je iré preparando el “agua bendita” —dijo mientras cerraba la puerta tras él. Hizo el gesto de comillas y todo
— ¡¿Cómo permites que un hombre tan impuro y lleno de vicios entre al palacio?!
— ¡Oye, más respeto con el obispo Philomen!
La vida es injusta para el hombre justo. Aún lejos de las puertas del palacio resonaba en mi cabeza el “vuelva otro día por favor” del guardia. Quizás de eso se trate la vida… No debería quejarme. No quisiera estar los zapatos del rey. Debe ser difícil gobernar con justicia y prudencia con un entorno tan viciado…
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