24 de noviembre de 2005

El sueño de mil gatos

[El siguiente texto es una adaptación literaria de un comic de The Sandman, del autor Neil Gaiman, que me tomé la libertad de escribir. Es cierto que es muchísimo mejor leer la historia en el comic original que en esta precaria traducción y pobre adaptación, pero el deseo de compartir algo bueno siempre es más fuerte que cualquier ley de copyright. Desde ya recomiendo comprar el comic, o bajarlo ilegalmente de Internet. Les va a gustar.]

— Vamos querido, ven a la cama. Y deja la puerta de la cocina abierta para que Kitty pueda ir a su caja de arena.
Era de noche y los humanos ya se iban a dormir. El pequeño felino veía acercarse a su amo, enorme, imponente. Sin el menor esfuerzo, tomó al gatito en sus manos y lo transportó a su improvisado lecho. Con tan solo unos meses de edad, Kitty veía el mundo de los humanos como un laberinto de imágenes y sonido, y montañas de ángulos rectos.
— Ah, vamos Don, si no vienes pronto ya no estaré de humor —continuó el otro humano desde lo lejos.
— Sí querida —dijo el hombre mientras depositaba cuidadosamente al gato—. Buenas noches Kitty.
El hombre desapareció y la habitación quedo en silencio. Una confortable oscuridad envolvió el ambiente, interrumpida solo por la luna llena que brillaba plateada en la ventana. Un poco más abajo, tras el cristal, asomaba una cara conocida.
— ¡Sss! ¡Es esta noche! —murmuró el gato pardo. Era un macho adulto de ojos anaranjados.
— ¿Qué? —preguntó Kitty.
— Ella está aquí. ¿Vienes? Será interesante.
El vecino de Kitty era un gato de pocas palabras. Decía solo lo justo y siempre creía haber transmitido perfectamente su mensaje, aún economizando al máximo sus palabras. Como todos los gatos.
— No se cómo salir —respondió Kitty con tierna frustración—. No puedo pasar por ninguna de las aberturas en la pared.
— Arriba hay un hueco abierto. Puedes pasar por ahí.
No sin dificultad, el pequeño gatito blanco corrió hacia la escalera y comenzó a escalar. Escalón por escalón; era todo lo que le permitía su ínfimo tamaño. Finalmente llegó a la ventana abierta del primer piso. Frente a él veía un árbol.
— Sacude tu cola, pequeño —continuó el gato pardo desde abajo—. No debemos perdernos esto.
Sin tener mucha experiencia en el salto largo, Kitty puso su fortuna en manos de su instinto. Saltó hacia el tronco del árbol y se aferró con sus garras. Él mismo se sorprendió de su destreza. Se dejó caer y aterrizó con sus patas.
— Oh. ¿Puedes no sentir el aroma, niño? ¿La llamada de la noche? Apresúrate —dijo el gato adulto y comenzó a caminar.
— Esperame. Oh esperame por favor.
Ambos gatos caminaron juntos por varios minutos. La calle estaba desierta.
— ¿Cómo lucirá? —preguntó el joven.
— ¿Quién sabe? No este gato.
Finalmente llegaron a destino. Esa noche la entrada del cementerio local recibía más visitas que nunca antes. Centenares de gatos de todas partes de la ciudad acudían a la reunión.
— Bienvenidos, estimados hilanderos de la noche. —los saludó un gato atigrado.
— Hola. Venimos para verla —dijo Kitty.
— Yo también —continuó el atigrado— , aunque no le veo mucho sentido a esto
— ¿Entonces por qué estás aquí? —inquirió el pardo.
— Uhm. Curiosidad, tal vez.
— Quiero saber qué tiene para decir —dijo ansioso Kitty.
— Igual que todos, niño. Igual que todos.
El lugar estaba plagado de lápidas desordenadas, bañadas en musgo o hiedra. Con ocasionales estatuas de ángeles o jóvenes doncellas. Y fue precisamente sobre la cabeza de un enorme arcángel de piedra donde aterrizó la profetiza.
Hermanas. Hermanos. Buena casería.
Era una hermosa gata siamesa, de ojos azules como la noche. Vio a la muchedumbre atenta a su rostro o acurrucada jugueteando con hebras de césped. Comenzó a hablar.
Gracias por venir a escucharme; por su voluntad de oír mi mensaje. Y espero que cuando haya terminado, algunos de ustedes puedan compartir mi sueño.
“No siempre fui como me ven ahora. Una vez, hace muchos ayeres, yo, como muchos de ustedes, estaba bajo el yugo de los seres humanos, viviendo en su mundo: un divertimento, posesión y juguete.
“Y me engañé a mí misma
—como, quizás, muchos de ustedes se engañan a sí mismos— de que estaba en control de mi propia vida. Me alimentaban, ¿o no? Me daban confort y calor. ¿Y qué les daba yo a cambio? Algo de afecto, quizás. Mi presencia. Poca cosa, en realidad, por lo que ellos ofrecían.
Recordó aquellos días en el hogar de sus amos y lo que vio por la ventana esa tarde de verano.
Él era un gato corriente. Orejas rasgadas. Ojos oscuros… Era mi ocasión para el amor; y él era mi elección como amante —dijo, con los ojos en el pasado, recordando a aquel enorme gato atigrado, sin dueño, casi salvaje—. Nuestro placer en el otro, y la consumación de nuestra mutua hambre, fue elevada hasta los cielos, y gritada hasta las cúpulas celestes. Él era fuerte, y rápido, y sus garras y dientes eran afiladas como el invierno. Nunca volví a verlo. Pero no lo he olvidado.
“Transcurrido el tiempo, nuestro placer trajo cuatro proles. Una maravillosa unidad de los rasgos de ambos
—dijo, con su corazón dividido en cuatro crías, mamando de ella en un rincón anónimo del hogar—. Imaginé las maneras en las que les enseñaría de la vida… de los placeres, del lavado, de la casería, de la supervivencia. Ellos me susurraron para mi deleite: de haber tomado carne en mi línea de sangre; de haber probado aire, y leche; susurraron su fe en el futuro.
“Mis humanos no compartieron nuestra alegría.
— ¡Sabías que estaba en celo! —gritó el hombre esa noche—. ¿Por qué demonios no la encerraste?
— Deja de quejarte, Paul. Creo que son bonitos —contestó su hembra.
— ¿Bonitos? ¡Es una siamesa de ojos azules pura! Estas pequeñas bolas de pelo no valen absolutamente nada.
Fue una decisión concebida en su soledad y justificada en su tiranía. Con total impunidad, y lejos de los ojos de su par, el hombre tomó los gatitos y uno por uno los introdujo en un saco. Una cuerda, una roca y un lago hicieron el resto.
Los sentí desde la distancia, es la oscuridad, mientras el agua fría se los llevaba. Los sentí golpear y rasgar ciegamente; sentí cómo me llamaban, en pánico y miedo. Y luego se perdieron.
Cualquiera hubiera jurado que los gatos del cementerio la miraban con compasión.
Supe entonces que había estado engañándome. Que nosotros eramos subordinados. Que mientras vivamos con la humanidad no podríamos llamarnos libres. Y resé.
El recuerdo de una chimenea ardiendo, el sentimiento de impotencia y las excusas de un asesino.
— ¡Por el amor de Dios, Marion! —exclamaba el hombre— No es como si ella entendiera. Quiero decir, mírala. Probablemente hasta está aliviada. Ella misma es prácticamente una cachorra. Hubiera terminado exhausta…
— Estoy segura que tienes razón, Paul. Pero no puedo evitar sentir un poco de culpa.
Le resé a la oscuridad —continuó la profetiza—, a la noche, a los carroñeros. Le resé al rey de los gatos, el emisario de nuestra clase en la tierra, aquel que camina entre nosotros y no conocemos. Resé… y soñé.
Esa noche cayó dormida frente a la chimenea, pero cuando abrió los ojos se encontraba en otro lugar. Un siniestro lugar.
Se vio a sí misma en medio de un enorme cementerio, perdida en un mar de cráneos de un sin fin de seres, de todas las edades, de todos los lugares. Y sobrevolando en círculos el cielo pálido, un cuervo, con un cráneo expuesto en lugar de cabeza, cuencas vacías reemplazando a los ojos y una hilera de vértebras definiendo un cuello.
— ¿Por qué te has aventurado en el corazón del Ensueño, pequeña gata? —preguntó el cuervo muerto— No hay nada para ti aquí.
— He venido aquí por justicia; he venido por revelación; he venido por sabiduría.
El ave voló más bajo, pero siempre fuera de alcance.
— ¿Justicia? —repitió—. La justicia es una ilusión que no encontrarás aquí ni en ninguna otra esfera. ¿Y sabiduría? La sabiduría no es parte de los sueños, pequeño caminante, aunque los sueños son una parte de la suma de las experiencias de cada vida, que es la única sabiduría que importa.
“¿Pero revelación? Esa es la providencia del sueño. Puede ser tuya, pero solo si tu corazón es fuerte.
“¿Ves esa montaña? —dijo cambiando su rumbo hacia un punto en el horizonte— En esa montaña hay una cueva, y en esa cueva vive el gato de los sueños, el gobernante del mundo durmiente. Búscalo. Pero te advierto. El camino a la cueva es difícil, y un pequeño gato podría recibir mucho daño.
— Todos los lugares son lo mismo para mí. Encontraré la cueva, entonces, y allí mis respuestas. No tengo miedo
— Entonces adiós, hija.
Y dejé el desierto de huesos —continuó, ya con sus ojos en el presente—, y comencé el largo viaje hacia el hogar del gato de los sueños.
“Caminé a través del bosque de los fantasmas, donde los muertos y los perdidos susurraban continuamente, prometiéndome mundos si solo me detenía a jugar con ellos. Cerré mis oídos a las tentaciones.
“En un punto creí haber oído a mis hijos llamándome. Pero erguí mi cola y seguí adelante.
“Caminé a través de los lugares fríos, duros y congelados, donde cada paso era dolor, cada momento era tormento. Seguí caminando.
“Caminé a través de los lugares mojados que entumecieron mis patas, empaparon mi pelaje, intentaron limpiar mis recuerdos.
“Caminé a través de la oscuridad, a través de la ausencia, donde todo de mí fue absorbido —todo lo que me hace lo que soy—. Pero incluso en el vacío de la pura nada, ya sin saber por qué estaba caminando o qué estaba buscando, continué marchando.
“Y, después de un tiempo, mi yo interior regresó a mí, y dejé ese lugar. Y me encontré a mí misma en la montaña del gato de los sueños.
Ante la gata se encontraba la entrada de la cueva, custodiada nada menos que por un grifo, un dragón y un caballo alado.
Y vi la cueva, y a sus guardianes. Y les dije, “he venido a hablar con el gato de los sueños”.
— ¿Por qué deberíamos dejarte pasar, pequeña? —cuestionó el grifo.
— Un pequeño bocado, y la mayor parte de pelo y hueso —dijo desde arriba el dragón.
— ¿Por qué deberíamos molestar al Señor de los sueños por alguien como tú? —preguntó el caballo alado.
— Bueno, respóndenos —exclamó el grifo con autoridad—. El Señor de los sueños no estará complacido si te permitimos molestarlo sin una buena razón.
— He llegado demasiado lejos para darme la vuelta ahora, grifo —respondió altanera la gata—. Le contaré mis asuntos al Señor de los sueños, y solo a él. Soy un gato, y conservo mis propios secretos.
— Entra entonces, gatita —dijo el dragón—. Pero que te quede claro: los sueños tienen su precio.
Y seguí caminando.
“El olor en el aire era extraño, pero igual era de gato. Caminé hacia delante lentamente, cada sentido gritándome que salga de ese lugar. Mis pelos de punta, mis garras extendidas. Y luego me detuve ante él.
Un enorme felino negro, como un tigre hecho de sombra, se encontraba descansando sobre una roca de la cueva. Sus ojos eran rojos, carentes de pupilas.
— Aquí estoy —anunció la gata.
— ¿Y tu quién puedes ser? —preguntó el gato de los sueños. Su voz era profunda y parecía escucharse más con la mente que con los oídos.
— Un gato —respondió temerosa—. Un caminante en lugares nocturnos. Un cuervo muerto me envió aquí, por revelación.
Esperó haber sonado confiada, pero la verdad es que tenía miedo.
— Camina a mi lado, entonces, pequeña hermana, y dime por qué me has buscado.
— Yo… Yo quiero entender. ¿Por qué pudieron quitarme a mis hijos? ¿Por qué vivimos como vivimos? No lo entiendo.
— Un gato puede mirar a un rey, o eso dicen. Mírame a los ojos entonces, pequeña hermana. Mírame a los ojos.
Y me lo enseñó. Me contó la verdad, como yo se las cuento ahora a ustedes. Porque en sus ojos vi imágenes. Y en las imágenes vi la verdad.
“Todos los gatos pueden ver futuros, y ver ecos del pasado. Podemos ver el paso de criaturas a un infinito de distancia, de todos los mundos como el nuestro, solo fraccionalmente diferentes. Y los seguimos con nuestros ojos, cosas fantasmas, y los humanos no ven nada.
“Pero la realidad que el gato de los sueños me mostró trascendió todo lo que hasta entonces había imaginado.
“Hace muchas, muchas eras, los gatos realmente dominaban el mundo. Éramos más grandes entonces, y todo el mundo había sido creado para nuestro placer. Vagábamos por donde se nos ocurría, tomábamos lo que queríamos.
“En esos tiempos los humanos eran pequeñas criaturas, no más grandes de lo que son ahora. Y los humanos nos acicalaban, y alimentaban, y nos consentían. Y cuando la luna brillaba llena, nosotros los cazábamos, y comeríamos a algunos de ellos, pero principalmente les dábamos caza… porque era más placentero que cazar aves, y en aquel entonces, los ratones eran demasiado chicos e insignificantes para dignarnos a tocarlos.
“Oh, la alegría de esos días de caza, bajo la luna de los gatos. El juego del gato y el hombre.
“Entonces un humano se elevó entre su clase. Un macho de pelo dorado, nacido y criado en los jardines de placer de una de las hedonistas Damas felinas. Y el humano tuvo un sueño, y una inspiración. Y caminó entre los suyos, y les dijo:
— Sueñen! Los sueños le dan forma al mundo. Los sueños crean al mundo de nuevo, cada noche.
“No sueñen el mundo en la forma que tiene ahora, bajo el dominio de nuestros amos felinos. Sueñen un mundo nuevo. Sueñen un mundo de seres humanos. Sueñen un mundo en el que nosotros seamos la especie dominante, en el que nosotros seamos los reyes y reinas, y los dioses. Sueñen un mundo en el que ya no seamos cazados y asesinados por gatos.
“No se cuantos de nosotros tomará. Pero debemos soñarlo, y si suficientes de nosotros soñamos, entonces sucederá. Los sueños le dan forma al mundo.
Y la palabra se corrió entre los humanos. Y algunos de ellos creyeron. Y soñaron. Y, por un momento, nada sucedió.
“Una noche, suficientes de ellos soñaron. No se necesitó de muchos. Unos mil, tal vez. No más. Ellos soñaron…y al día siguiente, las cosas cambiaron.
“Los humanos eran enormes, y los gatos eran pequeños. Los humanos eran la especie dominante, y nosotros éramos presas suyas, de sus perros, de sus máquinas de metal. Presas del mundo que los humanos habían traído con ellos.
“Todo esto vi, cuando miré a los ojos al gato de los sueños.
Terminada la visión del gato de los sueños, la gata le preguntó:
— ¿Entonces ellos soñaron al mundo en la forma que tiene ahora?
— No exactamente —dijo—. Ellos soñaron al mundo de manera tal que siempre haya sido de la forma que es ahora, pequeña. Nunca hubo un mundo de altas Damas gatas y Señores gatos. Ellos cambiaron el universo desde el principio de todas las cosas, hasta el final del tiempo. ¿Lo entiendes ahora?
— Sí. Lo entiendo.
— Entonces sabes cual debe ser tu tarea. Conoces la carga que debes llevar. ¿Eres lo suficientemente fuerte?
— Sí. Eso espero.
— Entonces despierta, niña. Con mi bendición.
Y tras esas palabras, la gata siamesa abrió los ojos y se encontró de vuelta en su hogar. La chimenea ya apagada, apenas humeando.
Ven, he visto el fondo de lo que él me ha dado. Si pudieran soñarlo… podemos cambiar las cosas de vuelta. Si creyésemos. Si soñáramos.
“Somos los sueños de los carroñeros, dicen, y tal vez sea verdad. Pero si suficientes de nosotros soñamos… Si tan solo unos mil de nosotros soñamos… podemos cambiar el mundo. ¡Podemos soñarlo desde cero! Un mundo en el que ningún gato sufra la malicia de los humanos. En el que ningún gato muera por capricho humano. Un mundo que gobernemos.
“Dejé a los humanos ese mismo día, para esparcir las buenas noticias. Y ahora viajo de lugar en lugar. He caminado distancias más allá de las medidas. He pasado hambre, en ocasiones; y con frecuencia he sido lastimada. Pero seguí caminando.
“En una máquina de metal crucé las aguas frías. He predicado ante gatos monteses solitarios en lugares vacíos. He gritado mi mensaje a las estrellas desde azoteas y lo he susurrado a gatos moribundos en callejones. He hablado con un gato, y con muchos. Y a cualquier lugar al que voy, mi mensaje es el mismo… ¡sueñen!
“Sueñen al mundo. No a esta pálida sombra de realidad. Sueñen al mundo de la manera que realmente es. Un mundo en el que todos los gatos son reinas y reyes de la creación. Ese es mi mensaje. Y seguiré moviéndome, seguiré repitiéndolo, hasta que muera. O hasta que mil gatos escuchen mis palabras, y las crean, y sueñen… y volvamos al paraíso.
La gata estiró sus patas y saltó hacia el suelo. Comenzó a retirarse, con los ojos de la muchedumbre clavados en cada uno de sus movimientos, cuando una pequeña voz la interrumpió.
— Señora… —dijo Kitty—. Yo creo.
Se detuvo a mirarlo unos segundos.
Entonces hay esperanza, niño —dijo, y se escabulló en unos arbustos sin mirar atrás.
Los gatos comenzaron a retirarse.
— Fue entretenida. Eso se lo reconozco —comentó el gato pardo a su pequeño compañero. Mientras caminaba divisó a pocos pasos una rata desprevenida.
— No, se sintió bien. Se sintió como la verdad. O una verdad, de todas maneras. ¿Crees que vaya a suceder? —preguntó Kitty al tiempo que su amigo saltaba sobre su presa.
— Uhm, linda rata de drenaje —dijo el gato pardo mientras mordía el cuello del roedor, para luego dejar abandonado el cadáver intacto—. Pequeño, me gustaría ver a cualquiera —profeta, rey o Dios— persuadir a mil gatos a hacer cualquier cosa al mismo tiempo… No, nunca sucederá…Vamos, cachorro. El sol se elevará pronto. Será mejor que te llevemos a casa.
El sol brillaba de vuelta. Los humanos despertaban y se preparaban para sobrevivir otra pequeña aventura diurna. En la mesa el hombre tomaba su desayuno y la mujer veía televisión. Un comercial de alimento para gatos.
— Miaos, la comida para gatos de calidad. Es prrr-fecta para tu mejor amigo.
— Oh, apaga esa cosa, querida. No puedo escuchar mis propios pensamientos. ¿Recuerdas donde dejé mi maletín anoche? No puedo encontrarlo.
— Está en la sala, Don.
La mujer fue a buscarlo y se encontró con su mascota. Aquella pequeña, inocente criatura, dormía profundamente en su lecho.
— Hey, creo que Kitty está soñando. ¿Don? ¿No es adorable?
— ¿Soñando? Me pregunto qué podrán soñar los gatos.
— Por la manera en que está contoneándose, creo que está cazando algo. Algún animal pequeño, supongo.
— Si. Sí, cariño. Es realmente lindo.
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