3 de mayo de 2005

Fragancias

Está estadísticamente comprobado que en los Martes es cuando más van los vendedores a ofrecer sus productos a los comerciantes. Por supuesto, descreo de cualquier estadística. Hace alrededor de cuatro años, casualmente un día Martes, el vendedor entró por primera vez al bar donde yo atendía.
— Buenos días caballero. Soy el vendedor de fragancias —se presentó. Era un hombre alto, de pelo corto y canoso. Llevaba puesto un traje gris oscuro y en su mano un maletín de cuero negro—. Pongo a disposición suya la más amplia gama de esencias concentradas de toda Zona Norte.
— Disculpe. No me permiten comprar nada —respondí como siempre en estos casos.
— Permítame insistirle una vez más. Verá, no soy de este barrio y no puedo darme el lujo de volver muy seguido.
El bar estaba casi vacío. Presentí que sería difícil deshacerme de él de manera amable.
— Gracias, pero tengo variedad de perfumes y desodorantes en este momento.
— No es eso lo que vendo señor. Vea, permítame ofrecerle una olfateadita gratis.
Sin darme tiempo a decir que no, apoyó su maletín en la barra y comenzó a revolver en busca de algo. A los pocos segundos su mano emergió con un tubito de vidrio relleno con un líquido púrpura. En un extremo del tubo había un pulverizador similar al de los perfumes.
— Esta fragancia se llama “ayer”. Preste su mano.
Sus buenos modales iniciales desaparecieron en una nube de confusión al momento en que tomó mi mano y pulverizó un poco de ese extraño brebaje. Me miró a los ojos con esa mirada que tienen los niños esperando la aprobación de sus padres tras mostrarles el boletín de calificaciones.
No sin bastante desconfianza acerqué mi mano a mi cara y procedí a olfatear.
— Huele a milanesa con papas fritas —respondí irritado—. ¿Qué clase de perfume es este?
— Le recuerdo que no son perfumes, son fragancias. Y dígame, ¿cuál fue el menú del día ayer, a esta hora?
— Milanesa con papas fritas… No me diga que…
El vendedor tenía la sonrisa de quien no sabe disimular un as de espadas salvador.
— Así es. Esta fragancia siempre huele a ayer. Úsela periódicamente y su pasado y presente se mezclarán. La fragancia olerá igual todos los días, pero siempre un poquito más tenue que el día anterior. Cuando el olor desaparezca en su totalidad, usted morirá. ¿Cuántos le doy?
— Ninguno. Y discúlpeme pero tengo que seguir atendiendo.
— Si, por supuesto. Tan solo déjeme enseñarle una más y si no le gusta me iré.
Una vez más no me dio tiempo a decir que no y metió sus manos en el maletín. Comenzó a sacar frasquitos de todo tipo y color. Les miraba la etiqueta y los guardaba apresuradamente. Una mezcla de curiosidad y hastío comenzó a invadirme.
— Reconozco el olor de la impaciencia —dijo bromeando. Inmediatamente después sacó un frasco con líquido amarillo—. Aquí está. Tan solo huela esta esencia.
Pulverizó el líquido esta vez en mi otra mano.
El olor me sorprendió. De hecho, no era uno en particular, sino muchos en secuencia. Una serie de imágenes vino a mi mente. La fétida mezcla de perfumes en un colectivo lleno de gente. La empalagosa suma de comida frita, parrillada y pizza en una calle transitada. Las flores y la arena rancia en una vacía plaza nocturna. El cálido aroma a piel de una mujer en mis brazos. Ese último se prolongó por varios segundos. Luego volvieron los anteriores, en orden inverso. La esencia me había llevado a un viaje de ida y vuelta.
Volví a abrir los ojos. El vendedor me observaba con deleite.
— Y cada inhalada es una historia diferente —dijo.
— ¿Cuánto sale este?
— Sale más de lo que puede pagar. Mi trabajo consiste en mostrarlo, no en venderlo. Nadie puede tener esta esencia.
Lo poco que me quedaba de paciencia se perdió con eso. Lo despedí educadamente y le di la espalda, dirigiéndome a la máquina de hacer café. Fingiendo ocupación me puse a servir unos expresos que nadie había ordenado.
El vendedor me miró desde su lugar unos segundos. Luego exclamó:
— Muy bien, paso a retirarme entonces. Aquí le dejo una muestra gratis. Volveré en uno o dos años.
Sobre la barra había un minúsculo frasquito de vidrio azul, como un envase de azafrán. Lo abrí con cuidado e inhale. Pero no olía a nada. Era un pequeño tubito con un par de gotas de agua corriente. Lo guardé en la caja registradora y allí quedó olvidado.
Casi un año y medio después de su primera aparición, regresó el vendedor de fragancias. También era Martes. Para entonces yo era feliz. Había conocido a una chica que resultó ser perfecta en todos los aspectos. Nos amábamos y eso era todo lo que me importaba en el mundo.
— Buen día caballero. —saludó con total naturalidad— ¿Cómo le ha ido en todo este tiempo?
— Muy bien, de hecho. Realmente no tengo de qué quejarme.
— Sí lo tendrá luego de esta visita —bromeó el hombre—. Permítame enseñarle las nuevas fragancias de esta temporada.
Una vez más comenzó el ritual de búsqueda de frasquitos. Una tras otra fue sacando, pulverizando e invitándome a oler cada una de sus fragancias.
Con total disgusto tuve que soportar el olor de “mediocridad”, que era un cóctel de sudor y diferentes perfumes baratos, condimentado con tintura para el pelo. La inmediata reacción de desprecio me hizo dar cuenta de lo poco tolerante que soy.
Luego vino uno que él daba en llamar “tragedia”. Una mezcla de lavandina, alcohol etílico, medicamentos y químicos varios. Mi estomago se revolvió tan solo recordar las visitas al hospital durante mi infancia. Pocas pero demasiadas.
El hombre decidió cambiar de tópico con “realidad o fantasía”. Este no era gran cosa. Básicamente, café, cigarrillo y desodorante de ambiente mal cubiertos con flores silvestres, frutas tropicales y el gélido viento ártico.
Igual que el año pasado no había nadie en el bar. A pesar de eso, mi deseo de que el vendedor se vaya se convertía en urgencia.
— No lo tome a mal señor, pero no me permiten comprar nada.
— Me sorprende que responda eso —contraatacó—. Las fragancias son para usted, no para sus empleadores. Permítame mostrarle un poco de “rebelión”.
— No —me apuré a interrumpir—. Me corrijo: soy yo quien no desea comprar nada. Verá, me he dado cuenta que ya tengo todo lo que necesito. Cualquier accesorio es de sobra.
— Vaya mentalidad la suya, que se conforma con lo que tiene. Acepte un consejo: Por más que uno intente detener el mundo con los pies, la tierra bajo nosotros sigue girando. Un accesorio es lo que usamos para avanzar cuando ya no sabemos como hacerlo. Nunca los desprecie.
Guardó sus tubitos. Dio media vuelta y comenzó a retirarse. Lo miré con algo de nostalgia incluso. Mi expresión se transformó en sorpresa cuando el hombre regresó apurado y me dijo:
— Casi me olvidaba. ¿No tendrá de casualidad la muestra gratis que le dejé el año pasado? Repentinamente ha aumentado su valor y estaría encantado si me la devolviera.
— Claro que sí —respondí con sarcasmo—, escuché que hay escasez de agua corriente.
El vendedor me miró sin comprender. Instintivamente destapé el frasquito y lo olí por segunda vez. Era un intenso perfume a jazmín con cálidos y dulces toques frutales.
Mi expresión era de espanto. No por la repentina absoluta transformación de la sustancia, sino porque conocía muy bien ese aroma.
— Ángela…
El vendedor tomó el frasquito de mi mano y lo observó con detenimiento. Yo estaba demasiado sobresaltado como para decirle algo.
— Parece que me equivoqué. No es esta la fragancia que busco. Puede quedársela si quiere
Volvió a poner el frasquito sobre la barra, saludó y se fue.
La tierra siguió girandobajo mis pies. Yo ya no era feliz. La mujer amada me había abandonado, como pasa siempre. Todos los recuerdos se habían convertido en malos.
El vendedor de fragancias regresó, de nuevo casi al año y medio. Era Martes y llovía.
Esta vez se ahorró formalidades.
— Tengo unas fragancias ideales para usted —me dijo sonriente mientras entraba apurado. Venía de la calle y estaba empapado. No parecía importarle.
— Solo quiero una.
— Dígame cual y será suya.
— El frasquito que me obsequió, lo he olido noche tras noche hasta que se agotado. Necesito más de ese. Es lo único que quiero recordar.
Mi esperanza creció al ver al hombre revolviendo su maletín en busca del frasco. Aunque intentaba negarlo, la verdad es que había estado esperando al vendedor desde el momento en que olí por primera vez esa fragancia.
— Helo aquí —dijo, poniendo un tubo con líquido rosa frente a mis ojos—. “Amor”, para usted.
Me apresuré a pulverizar un poco sobre el dorso de mi mano. El olor era terrible pestilencia, como caer de cabeza a una cloaca.
— ¿Qué clase de broma es esta? Esto no es lo que busco. Quiero el de jazmín y frutas. Este apesta.
— La fragancia es la misma. Está en nosotros elegir qué queremos oler.
Me avergonzaba sentirme indignado por algo tan ridículo. Por meses había sido parte del jueguito de un loco.
— Váyase. No vuelva nunca más.
El vendedor puso cara pensativa. Buscó y encontró un frasco con líquido gris.
— Creo que el que usted dice es este.
En su etiqueta se leía “melancolía”.
— ¿Cuánto es? —pregunté sin siquiera probarlo. Tal era mi deseo de que se vaya.
— El precio de este frasco es a voluntad.
Le di veinte pesos y se fue. Probé un poco de esta nueva fragancia, más que nada en un intento por tapar la inmundicia del frasco anterior. Olía a lluvia cálida estrellándose contra el asfalto, lavando un lejano pero presente olor a jazmín, flores y páginas escritas en tinta azul.
Ese mismo mes renuncié. Era un Jueves.
En mi nuevo trabajo vienen a venderme controles remotos universales, pero esos no hacen nada.
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