18 de marzo de 2009

Edipo Reimaginado, acto 1

La acción transcurre en Tebas, ante el palacio de Edipo. En el centro, un altar con varios escalones. Un grupo numeroso de tebanos, de todas las edades y clases sociales, se ha autoconvocado y llaman a coro a su rey.
Edipo sale del palacio, se detiene un momento en el umbral, contempla a la multitud y empieza a hablar.


Edipo: ¡Hijos míos, nuevos descendientes del antiguo Cadmo! ¿qué solicitáis de mí tan encarecidamente, con ramos de supli-
Pueblo: ¡Hí! ¡Jo! ¡Deputa! ¡Hí! ¡Jo! ¡Deputa!
Edipo: …cantes…? Nuestra ciudad está-
Pueblo: ¡Hí! ¡Jo! ¡Deputa! ¡Hí! ¡Jo! ¡Deputa!
Edipo: ¿Pero se puede saber qué carajo les pasa ahora?
Puntero sindical: Pasa que no tamo muriendo de hambre, no tamo. Teba se halla profundamente costernada por la degracias. Lo brote frutífero de la tierra se secan en lo campo; perecen lo rebaño quempacen en lo pastiza-
Edipo: Bueno bueno hijo digno de mi piedad, callate un poquito mi amor. Todos habéis venido movidos por deseos cuyo objeto me es conocido. Sé, en efecto, que todos sufrís y, aunque todos reunidos padecéis, ninguno tanto como yo.

(Pausa.)

Edipo: Ok, ahora vuelvan por donde vinieron y dejenme seguir durmiendo la siesta.
Pueblo: ¡Hí! ¡Jo! ¡Deputa!
Edipo: Se la agarran conmigo como si fuera el responsable de todos los males que azotan a este reino. Como si fuera un tirano cualquiera que usurpó el trono por la fuerza de un día para otro. Sepan esto ciudadanos: yo el trono no lo robe. Lo compré pagando hasta el último dracma. Y sepan también que he hecho por esta venerable nación más que cualquier otro que estuvo antes en mi lugar. ¿No fui yo, acaso, quien salvó a la ciudad de la perniciosa Esfinge?
Ciudadano tebano: En realidad no era tan malo el bicho. No le hacía daño a nadie. Aparecía de vez en cuando a hacer acertijos nomás.
Edipo: Si, aparecía, a las cuatro de la mañana, saltando de techo en techo, haciendo acertijos a los gritos. El punto de la cuestión es, ciudadanos, que sus reclamos son infundados; producto de miedos y especulaciones. En Tebas no hay tal cosa como una crisis. Lo que hay es una sensación de crisis.

(En ese momento, a un costado, una napa de gas subterráneo se abre violentamente en la tierra, rociando a los tebanos y al farol de aceite que se hallaban sobre ella, produciendo consecuentemente una explosión de fuego, tierra y vísceras que salpica a gran parte de los concurrentes.)

Edipo: Uhm… Un médico a la derecha… ¡Hey, miren, allí viene Creonte! ¡Y en qué buena hora! Llega de Delfos, donde le envié hace días a buscar la palabra de Apolo, y en ella, quizás, una posible solución a nuestros pesares. Príncipe aliado mío, hijo de Menelao, ¿qué respuesta del Dios vienes a traernos?

(Llega Creonte.)

Creonte: ¿Lo qué? Yo fui a comprar fasos nomás.
Edipo:
Creonte: Nah, joda. Bien, bien, todo bien dentro de todo. Empezó medio mal, anunciando noticias trágicas y llenas de dolor sobre crímenes de sangre… Bastante turbio; así que le ofrecí un extra de oro y el tipo empezó a endulzarme el oído, como quién dice. Un oráculo beneficioso, pongámosle.
Edipo: ¿Pero cual es la respuesta a fin de cuentas?
Creonte: ¿Aquí? ¿Delante de toda la plebe?
Edipo: Mandale nomás.
Creonte: Voy, pues, a repetir lo que oí de boca del dios. El rey apolo nos ordena expresamente lavar una mancha que ha nutrido este país y no dejarla crecer hasta que no tenga remedio,
Edipo: ¡El peronismo!
Creonte: Ermh, no. Se refería a un crimen, un homicidio. Hay que encontrar al culpable y desterrarlo o ajusticiarlo.
Edipo: ¿A qué crimen se refiere este muchacho Ares?
Creonte: Apolo. Y se refiere a la muerte de Layo.
Edipo: El rey que gobernaba Tebas antes de mi llegada.
Creonte: Fetivamente. El dios asegura que los asesinos están en el país. Lo que se busca, se encuentra.
Edipo: (reflexionando un instante) ¿Y dónde, exactamente, tuvo efecto el crimen que le costó la vida a Layo?
Creonte: Salió del país, para ir a consultar al oráculo, y no volvió al seno del hogar desde que él partió.
Edipo: Seguramente no iría solo. ¿Habrá algún testigo? Alguien de su séquito que haya estado presente en el momento de su muerte y pueda serle útil a nuestra investigación.
Creonte: Todos murieron excepto uno solo a quien el miedo hizo huir. El tipo declaradó que Layo había sido sorprendido por bandidos y asesinado.
Edipo: ¿Es eso todo lo que se sabe? ¿El rey simplemente fue asaltado y muerto por bandidos en su camino a Delfos? Se produjo un magnicidio y nadie, en años, se tomó la molestia de indagar un poquito en el asunto.
Creonte: Bueeeno, fueron días muy movidos. Justo coincidió con el tema ese de la Esfinge, que nos nos dejaba dormir. Después llegaste vos, la mataste, te proclamamos rey y listo, problema resuelto.
Edipo: O sea que les matan el rey y no se molestan en buscar responsables porque, total, después viene otro a cubrirlo. ¡Mierda chicos, la verdad que me hacen sentir más tranquilo!

(Pausa.)

Edipo: Pero bueh, ya fue. Vamos a resolverlo ahora. ¡Ciudadanos! Levantaos y regresad a vuestras casas sabiendo que a partir de hoy, Edipo, su rey, hará todo lo que esté en su poder para resolver el crimen del finado Layo, liberando así a Tebas de la maldición que la acecha. Pues creo en el oráculo. En este oráculo; no en el que recibí hace años, que decía otras cosas que no vienen al caso. Confiemos plenamente en que, con la ayuda de dios, saldremos airosos a la vista de todos.
Puntero sindical: Lesto, es todo lo que necitaba saber. Vamo muchacho.

(Edipo, Creonte, el Puntero sindical y el Pueblo se retiran. Entra el Corifeo.)

Corifeo: Uhm, hola, soy el Corifeo. El representante del coro en la obra, digamos…Eeeh, y como tal, ehm, me corresponde a mí… anunciar que esta obra no dispondrá del mismo por cuestiones presupuestarias… En el marco de la obra, este sería el momento en el que el coro ruega a los dioses y pide su socorro… Pero no hay coro porque no hay plata, así que tengo que pedirles que usen la imaginación y hagan de cuenta que en este momento, en el escenario, hay un coro de quince ancianos tebanos elevando al cielo sus lamentos y plegarias… Se lo que piensan: ¿por qué no me sacaron a mí? Bueno, aunque no lo parezca, soy un personaje útil en la obra. Bah, no aporto nada en particular. Estoy para meter pies, más que nada. Para intercalar con alguna pregunta, alguna opinión, que les permita a los otros personajes decir algo relevante que de otra manera quedaría medio descolgado. Tipo, viene Edipo y tira un “este Creonte es un traidor que me está haciendo una cama”, y yo replico algo como “¿pero está seguro señor?”, y Edipo responde algo como “sí, porque me acuerdo de tal vez que blablabla”. No va a decir blablabla; estoy agilizando la idea nomás. Y tampoco va a decir eso en particular en ningún momento de la obra; solo estoy dándolo como ejemplo para que entiendan mi rol. Pero me estoy yendo por las ramas. Simplemente quería avisar que no va haber un coro entre actos. Lo cual es un problema, porque el coro venía fenómeno para darnos tiempo a los actores a que nos preparemos para la próxima escena. Pero bueno, careciendo de recursos para mantener un coro, nos vemos obligados a buscar alguna manera de fabricar ese mismo tiempo con algún recurso mucho más barato y menos elegante que- …Ahí vuelven los actores. ¡Atentos que sigue la obra!

(Sale Edipo.)

Edipo: (dirigiéndose al Corifeo) Escuché sus ruegos y sus pedidos de socorro. He aquí, pues, lo que tengo que decir: aun no sabemos quién mató a Layo, pero sí sabemos que está en esta ciudad. Pudo haber sido cualquiera de nosotros. Bah, cualquiera menos yo, por supuesto; por algo estoy conduciendo esta investigación. Sería una enorme ironía investigar con tanto esmero un crimen del que sin saberlo soy autor…Pero aun si hubiera sido yo, les ruego, tebanos, que si saben algo se presenten y me lo digan. No importa quién haya sido. Si fue alguno de ustedes y se presenta por propia voluntad, le perdonaré. Todos tenemos malos días; los regicidios son cosas que pasan. A aquel que se confiese responsable no lo lastimaré de ninguna forma; solo lo expulsaré de Tebas, y no porque me moleste algo de él en particular sino porque el gran Apolo así lo sugiere.

(Pausa.)

Edipo: Ahora… Si llegase a conocer la identidad del culpable antes de que este se entregue, o si me enterase que alguno de vosotros, venerables tebanos, ha ocultado, cobijado o asistido de cualquier forma al culpable, esto es lo que haré: yo, personalmente yo, iré al bazar más cercano, compraré un jabón y una navaja de afeitar, despojaré de toda vellosidad sus partes traseras, lo aseguraré a un potro de madera con ruedas construido especialmente para la ocasión, y, yo personalmente, repito, los llevaré a pasear por la ciudad, desnudos, golpeando puerta por puerta, invitando a los ciudadanos a que salgan y sodomicen sin ningún reparo a los responsables de la plaga que por tanto tiempo azotó a esta noble tierra. Y luego de que hayan sido reconocidos por la totalidad de la población masculina tebana, los haré enviar hasta Corinto, donde, como príncipe autoexiliado de esa ciudad, he sugerido que se extienda vuestra sodomía de la misma forma que en Tebas. Espero haber sido claro. ¿Alguna duda? ¿No? Fin del comunicado entonces. ¡Corifeo!
Corifeo: ¡Yo no fui!
Edipo: Iba a preguntarte otra cosa.
Corifeo: ¿En q- qué p- puedo ayudarlo s- s- señor…?
Edipo: ¿Conoces a un tal Tiresias?
Corifeo: Si se refiere al anciano ciego vidente, lo conozco. Sus ojos están apagados, mas aun, es perspicaz como el mismo Febo.
Edipo: Así es. Por consejo de Creonte he mandando a buscarlo. Ya debe estar por llegar. Espero que él pueda verter un poco de luz sobre este misterio.
Corifeo: Aquí, en efecto, tus mensajeros traen al augusto adivino, el único entre los hombres en quien reside la verdad.

(Entra el anciano Tiresias, ciego venerable, guiado por un niño.)

Edipo: ¡Oh, Tiresias, cuya mente conoce todo, lo que se ha de divulgar y lo que se ha de callar, los signos del Cielo y los que ofrece la Tierra! Aunque seas ciego, ves sin embargo el azote que padece esta ciudad, solo tú, maestro, puedes socorrerla y salvarla. Tú, pues, Tiresias, sin ahorrarte los presagios que puedas obtener de tu ciencia augural, salva a la ciudad. Nuestra esperanza está puesta en ti.

(Pausa.)

Tiresias: Hm, ujmuh hmmjohm ohm nejem najaram.
Edipo: En qué lengua muerta hace ya centurias estarás invocando al ser divino, augusto anciano…
Corifeo: Uhm, señor.
Edipo: Silencio Corifeo. Deja hablar al anciano, que parece va a decir más.
Tiresias: Endereh serecashum naramo
Edipo: Sabias y antiguas palabras. Me inunda la humildad escuchando vuestra eminencia.
Corifeo: Mi rey, quizás deberías saber que el anciano Tiresias tiene un problema en el habla.
Edipo: ¿Qué dices?
Corifeo: Si se fija bien, notará que el venerable anciano está desprovisto de toda dentadura, con excepción de dos muelas, de manera tal que no puede enunciar palabra alguna.

(Pausa.)

Edipo: Ciego vidente… Ciego bi-dente. Me trajeron a un ciego con dos dientes… Dime Corifeo, ¿yo te caigo mal? ¿Te hecho algún daño en el pasado?
Corifeo: En lo absoluto, señor.
Edipo: ¡¿Entonces por qué demonios me haces ver como un completo imbécil?! ¡Es totalmente estúpido! ¡Por Zeus, ni siquiera es un gracioso u original! ¡Un ciego bi-dente! ¡¿En qué estaban pensando?! ¡Es ridículo!
Corifeo: (por lo bajo) Su majestad, el anciano lo está escuchando. Podría herirlo; a su edad se es muy susceptible.
Edipo: ¿Escuchándome dices? Pues no me extrañaría que también fuera sordo.
Corifeo: Se me ocurre algo. Permítame prestarle al anciano este papiro y esta pluma. Luego usted podrá interrogarlo y él responderá en forma escrita.
Edipo: Muy bien. Pero seamos breves, que mis humores ya se enturbiaron. Vidente, responde: ¿sabes tú quién es el asesino de Layo?

(Tiresias escribe unas palabras en el papiro y se lo cede al Corifeo, quien a su vez se lo entrega a Edipo.)

Edipo: Veamos pues. ¿Qué dice aquí? ¿“Novena Sinfonía”? ¿Qué significa esto?
Corifeo: Disculpe, del otro lado del papiro.
Edipo: Bah, toma, leeme tú.
Corifeo: Muy bien… Aquí dice que sabe quién fue el autor del crimen pero que no piensa revelarlo.
Edipo: Devuélveselo y que me responda esto: ¿sabes y quieres callar? ¿Piensas traicionarnos y dejar perecer la ciudad?
Corifeo: “Me echas en cara mi obstinación y no te das cuenta que es mayor la tuya. Los hechos llegarán por sí mismos, aunque yo los oculte con mi silencio.”
Edipo: ¿Pues sabes qué creo yo? Creo que fuiste tú el instigador del crimen, y que si tus ojos viesen, hubieras sido tú solo el que lo hubiera cometido.
Corifeo: “Andate a la puta que te parió.”
Edipo: Muy imprudente tienes que ser para soltar esas palabras. ¿Y crees que así podrás escapar de sus consecuencias?
Corifeo: “Escaparé de ellas, pues en mí llevo la verdad todopoderosa. Si tanto deseas tu respuesta, aquí la tienes: ese asesino que buscas eres tú. Vives, sin saberlo, en el más vergonzoso comercio con el mismo ser que te es más querido e ignoras la infamia en que vives.”
Edipo: Creonte sugirió que te traiga; él y tú están conspirando contra mí, ¿no es cierto…?
Corifeo: “Creonte no es causa de ningún mal para ti; tu mal viene unicamente de ti.”
Edipo: Pero claro, qué conveniente. ¡Envidia! Eso es lo que Creonte siente por mí. Tal es su envidia que aquel falso amigo con total descaro soborna a este viejo charlatán para que me mienta en la cara. Porque no eres más que eso, un fraude. Si tienes el don de la clarividencia, dime, ¿dónde estuviste cuando la Esfinge proponía sus enigmas? ¿Dónde de ti tu compasión por los ciudadanos a los que ni una palabra de ayuda brindaste? ¿No hubiera sido tu deber como adivino adivinar dichos acertijos? ¡No! Tuve que llegar yo, Edipo, el ignorante, y con la sola luz de mi ingenio y sin saber ciencia augural, tuve que reducir a la Esfinge al silencio, alcanzándola con una piedra en la cabeza en el momento en que formulaba su acertijo, cayendo esta del tejado en que se hallaba y estrellándose contra el pavimento. Ya ves, Tiresias, o mejor dicho, no ves, porque no tienes ojos para ver lo que es evidente para todos; y mucho menos los tienes para ver lo que solo a los dioses acomete. No eres más que un farsante.

(Pausa.)

Corifeo: “Por muy rey que seas, no soy tu esclavo; mi único dueño es Apolo. Y ya que me insultas con mi ceguera, he aquí lo que tengo para decirte: tú, que tienes los ojos abiertos a la luz, no ves la desgracia que se cierne sobre ti ni ves en qué lugar habitas ni con quienes convives. ¿Sabes de quién desciendes? Eres, sin saberlo, maldito en el Hades como en la Tierra. La maldición de un padre y una madre te acosa y te echará del país; y tú, que hoy ves claramente la luz, pronto no verás más que tinieblas. Nadie, entre los hombres, será tan maltratado por el Destino como tú…”
Edipo: Bah, de haber sabido que hablarías con lenguaje tan insensato, no me hubiera apresurado tanto en mandarte llamar…
Corifeo: “Insensato puedo parecer a tus ojos, pero los padres que te dieron el ser me hallaban razonable.”

(Tiresias busca la mano del niño que lo acompañó y hace ademán de irse.)

Edipo: ¿Qué padres? ¡Quédate ahí! ¿De quién he nacido yo?
Corifeo: “¿No eres tú hábil en resolver enigmas?”

(Sale Tiresias con el niño.)

Edipo: (después de un silencio, agachándose a levantar una piedra) No… pero soy el mejor arrojando piedras.

(Edipo se la pone en la nuca al niño, quién cae redondo al suelo. Este se levanta luego y prosigue su camino.)

Edipo: Bah, qué sabrá ese viejo…

(Edipo entra en el palacio.)
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