10 de octubre de 2005

Apología de Anaxágoras


— No se —dije—, ciudadanos de Elwyn, qué impresión les produzca lo dicho por mis acusadores. Bajo el influjo de sus palabras, yo mismo, por unos momentos, me olvidé quien soy.
Hubo un silencio general en toda la sala.
— No, me olvidé posta, ¿quién soy? —pregunté.
— Eres Anaxágoras, falso profeta, enemigo de todo lo que es bueno y justo —respondió Adimanto, uno de mis acusadores.
— Mierda —exclamé—, no debí haberme quedado de joda hasta tan tarde. Estoy roto. No voy más a una Creamfield —y luego pregunté—. ¿Qué es esto, un juicio o algo?
— Claro que lo es —dijo uno de los jueces—. ¿Nos estás tomando el pelo acaso?
— ¡Por Zeus, no! —dije.
— Entonces defiéndete. Eres tu propio abogado —dijo el juez.
— Uhm —pensé y luego exclamé—, a ver que sale: ciudadanos: tengo algo que decir en mi defensa: presten mucha atención a esto: lo que realmente sucedió fue esto:
— ¡Basta de dos puntos! —ordenó el juez.
— Sorry, estaba haciendo tiempo —dije—. Se me acusa de astrólogo sospechoso, enderezador de malas razones, de corromper a la juventud y de no creer en los dioses.
— No es cierto —exclamó Adimanto—. Se te acusa de saquear templos sagrados y robar reliquias, alta traición, piromanía, secuestro extorsivo seguido de muerte, conspiración para derrocar al gobierno y tráfico ilegal de ballestas, que por demás no funcionaban.
— Estoy hasta las bolas —deduje.
— Así es —replicó el juez—. Y bien, ¿qué tienes para decir en tu defensa?
— No tengo nada que ver, a mi me la pusieron —contesté.
— Hay pruebas y testigos oculares en tu contra —dijo.
— Los testigos mienten, y las pruebas mienten también, como entes metafísicos que son. Respóndanme, ciudadanos, ¿ninguno de ustedes ha tropezado alguna vez en su vida? Con una piedra en el camino, supongamos. Bien, eso creí. Pues yo, como ser humano imperfecto que soy, también tropecé.
— ¿Te refieres a tropezar en el sentido metafórico de la palabra, como quien sucumbe ante la tentación del placer o del miedo o de cualquier pasión irracional? —preguntó el juez mientras se rascaba un pie con el otro.
— No no —respondí—, así de llevarse puesto algo. Porque esa tarde entraba yo al templo y no vi un charquito de sangre de un sacrificio. Pisé mal, me fui a la mierda y manoteé lo primero que vi, que resultó ser el vellocino de oro que casualmente estaba ahí y se quedó pegado a mi mano. En la caída derramé el recipiente con aceite y las velas que estaban sobre el altar. Las alfombras se impregnaron, entraron en combustión, una cosa llevó a la otra. Para hacerla corta, fui yo quien accidentalmente desató la guerra contra Esparta.
Lo se, lo se. Eso no habla muy bien de mí. No se pongan de pie. Señor, guarde la ballesta, ya le dije que no funciona. Verán, ciudadanos, si digo esto es porque tengo la conciencia tranquila. Todo el tiempo he escuchado a mi deimon interno y he obrado acorde a lo que su voz decía.
— ¿Qué decía? —preguntó el juez.
— “¡Quémalos! ¡Quémalos a todos!” —respondí.
— ¿A dónde, Anaxágoras, quieres llegar con toda esta palabrería? —preguntó el juez.
— A que quiero llamar al estrado a uno de los que me ha acusado —dije—. Sócrates, por favor, da un paso adelante y se la voz de todos mis acusadores. Permíteme acercarme para escuchar mejor tus palabras, pues mis oídos ya no funcionan como antes de la Cream —dije mientras llevaba mi mano a la daga escondida bajo mi ropa.
— Señor juez, señores del jurado, ciudadanos —exclamó solemne Sócrates—, este hombre pretende matarme.
— No es cierto —repliqué mientras desenvainaba la daga.
— Anaxágoras, guarda ese cuchillo —ordenó el juez—, y limítate a interrogar a Sócrates.
— Muy bien — respondí—, dime Sócrates, y dile a todos los aquí presentes: los que me acusan hoy, ¿no son acaso los mismos que expuse yo en su momento, demostrando públicamente que se tienen por sabios sin serlo? ¿No nacen sus acusaciones del resentimiento que sienten hacía mí por haber evidenciado su ignorancia? ¿No me aborrecen muchas personas poderosas porque, a través de un proceso al cual llamo mayéutica, que consta de un interrogatorio en el que yo les hago preguntas hasta que por lógica ellos mismos contradicen sus argumentos iniciales, he dejado expuesto al ojo público la falsedad de sus afirmaciones?
— No —respondió Sócrates.
— ¿Qué quieres decir con “no”? —pregunté.
— Que no solo no has expuesto a nadie en toda tu vida, sino que has copiado mi arte, y además lo has hecho mal, revelándote a ti mismo como una persona ignorante, injusta, bruta y cobarde —dijo.
— No es cierto. Yo soy más sabio que tú —dije.
— No lo eres —dijo.
— Si lo soy —exclamé—, la concha de tu madre. Soy mucho más sabio que vos, pelotudo de mierda. ¿A quién le ganaste gil?
— Señor juez —agregó Sócrates poniéndose de pie—, esta persona que hoy comparece ante usted no es otra cosa que una suma de vicios. Jamás ha hecho nada bueno o justo por la ciudad. Y no conforme con no haber colaborado en ningún momento de su vida, además tiene el descaro de jactarse de su maldad e ignorancia.
— No te olvides, Sócrates —dije—, de que ante ti tienes a un ser poderoso. Yo, como profeta que soy, me codeo con las entidades más virtuosas y magistrales del universo, y así tuve la ocasión de ser parte de un evento que salvaría a la humanidad toda y la guiaría hacia una nueva era de paz, justicia y amor.
— Explícate —dijo.
— Hace unos años —continué— tuve el honor de participar en las olimpíadas, y nada menos que en el mayor evento: el fulbacho. Dos equipos: el principado celestial, representado por miembros de los más altos coros angelicales, contra el reino de la humanidad, compuesto por los mejores y más excepcionales seres humanos del mundo.
Te tiro las formaciones, anotá. Por el lado de los ángeles: Parmesiel, Padiel, Gediel, Asesiel, Barmiel, Asyriel, Usiel, Cabariel, Raysiel, Symiel y Armediel.
Por los hombres estábamos: Aristóteles, Aristoxeno, Aristarco, Arístides, Aristítenes, Anaximandro, Anaxímenes, Anaxágoras, Anacreonte, Anacarsis y Platón.
— El último discípulo mío —dijo.
— Así es —continué—, y fue por su culpa, y por extensión, por la tuya, que perdimos ese partido y la posibilidad de convertir nuestro mundo en un nuevo Edén.
— ¿Cómo es eso? —preguntó el juez.
— Platón, el alumno de Sócrates, erró un penal decisivo faltando cuatro minutos para el final. ¡Y con lo que me costó conseguir ese penal! Tuve que tirarme y fingir llanto. Lloré como una niña frente a trescientas mil personas y no me importó, porque lo hice en beneficio de la polis.
— ¡Mientes Anaxágoras! —exclamó Adimanto poniendose de pie y haciendome fakiu— Yo estaba allí y puedo asegurar que lloraste de verdad. Además, ese partido lo perdieron nueve a cero. Por más que Platón la hubiese metido hubieran perdido de todas maneras.
— Eso lo decís porque sos un pecho frío —acusé—. Si hubiese entrado hubiera sido menor la deshonra. Hicimos un papelón. La gente estaba que ardía. ¡Mierda, hasta a nuestro DT, mi querido amigo Pericles, durante la conferencia de prensa posterior al partido fue golpeado en la cara con un instrumento de percusión arrojado por un hincha exaltado!
— Tu eres el menos indicado para hablar de honra —replicó Adimanto—, siendo que fuiste tú el que lesionó al pobre Asesiel.
— Fue falta no intencional —respondí.
— ¡Le causaste una fractura expuesta! —dijo.
— No fue culpa mía —dije—. Antes del partido me eché un par de magias para mejorar mi performance en el campo de juego y parece que se me subió a la cabeza porque a los ángeles los veía como los diablos de la propaganda de Nike. Por eso les fui con todo.
— ¡Basta! —ordenó el juez—. Ya he tenido suficiente con tus parloteos Anaxágoras. Que sea el jurado quien decida tu fortuna. ¿Tienes algo más para decir antes de conocer el veredicto?
— Si —dije—, y es lo siguiente: ¡no me maten! Por favor por favor por favor por favor por favor.

(El jurado dictaminó su sentencia. De los 556 miembros, 556 declararon al acusado culpable. Luego Anaxágoras retomó la palabra)

— ¡Manga de putos! —exclamé.
— El jurado te ha encontrado culpable, Anaxágoras —sentenció el juez—. Quizás si durante la exhibición de evidencias no te hubieses parado sobre el estrado y bajado los pantalones frente a todos los presentes ellos hubieran tenido cierta condescendencia.
— Estaba dado vuelta… —me excusé.
— Te recomiendo que —continuó el juez—, cuando vayas a cumplir tu condena, bebas hasta el fondo del caliz, pues el veneno suele decantarse con la cicuta.
— Hijo de puta —murmuré.
— ¿Qué has dicho? —preguntó.
— Que se ha cometido una injusticia, señor juez —dije—. Pero los que pierden son ustedes, no yo, o eso es lo que me gusta creer. Quien sabe, tal vez visite el Hades y conozca en persona a los grandes héroes de la historia. Tal vez pueda acostarme con súcubos sin que nadie me reproche nada. Tal vez encuentre felicidad imperecedera allí a donde ustedes me llevan. Eso solo el dios lo sabe. No yo, pues solo se que nada se.
— ¡Deja de copiarme! —exclamó Sócrates.
— Vos chupala —dije—. Y ustedes, ciudadanos de Elwyn, chupenla también. La injusticia que han cometido hoy tan solo se suma a las miles que vienen cometiendo desde hace mucho. Se van a ir al carajo, sigan así nomás. Acá van a sangrar culos, y el mío no será uno porque yo voy a estar reposando acompañado del frío abrazo de la eternidad. Ahora se joden. Bebo, pues, de su copa ponzoñosa y me dispongo a morir. ¡A mi salud! Ah, creo que me olvidé de devolver un gallo que le debo a alguien.
— Noble es tu actitud al recordarlo segundos antes de beber el veneno que extinguirá tu vida, Anaxágoras —dijo el juez—. No te preocupes, lo devolveremos por ti.
— Agradezco el ofrecimiento pero prefiero ser yo quien lo devuelva, por una cuestión de decencia —dije—. Después de todo, fui yo quien lo robó en primer lugar.
— ¿Pero prometes que luego volverás a beber la cicuta? —preguntó.
— Claro que sí —respondí—, ¿por quién me tiene? Voy y vuelvo. This operation may take a few hours.
— Bueno, vaya nomás, ¡pero vuelve eh! Nosotros te esperamos —dijo.
— Anaxágoras has just left the building, oh yeah! —exclamé.
La sala volvió a quedar en silencio.
— Y bueh —dijo el juez—, ya que estamos todos acá: Sócrates, a vos se te acusaba de un par de cosas, ¿no?
— Changos —dijo Sócrates.
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