14 de septiembre de 2005

Ajedrez

¿Con qué sueñan aquellos que no sueñan? ¿A qué temen aquellos que en nada creen?
Dieron las doce de la noche; lo anunció el pitido de un teléfono celular abandonado sobre un escritorio. Puntual, se materializó el demonio. Vestía una gabardina beige y un sombrero que colgó en el perchero junto a la puerta.
— Me ha llamado y por usted vengo. Póngale un precio a su alma. Su deseo será mi acción, su eternidad será mi capricho.
El hombre no pareció inmutarse.
— Ahórrese las formalidades, ya no se estilan. Tan solo quiero jugar, conocer, entender.
— Ganarle al diablo —sonrió el ángel caído— eso es lo que usted quiere. Sepa que no ha sido ni de lejos el primero.
— Ni seré el último, pero poco importa eso ahora. Por favor, tome asiento.
Señaló la silla más cómoda de su despacho y luego se sentó del otro lado del escritorio. La habitación estaba forrada en revestimientos de madera y estanterías de libros leídos todos.
— ¿Qué jugaremos entonces? —preguntó el demonio.
— Ajedrez.
— Esperaba algo más azaroso. Difícilmente el ajedrez conlleva al vicio.
— La suerte es para los que dudan de sus capacidades —dijo el hombre mientras acomodaba las piezas—. No me gusta poner mi futuro a merced de caprichos matemáticos.
— Querrá decir astrales. ¿Me dirá que no cree en la suerte?
— No creo en la suerte.
El diablo estaba penosamente acostumbrado a la mentalidad neo positivista de finales de siglo; estaba muy de moda. Tomó a este individuo como un pequeño desafío. Cualquiera puede chasquear los dedos y arrancar un alma, pero humillar a un racionalista en su propio campo de juegos es uno de los placeres que, por excesivos, conducen directo al infierno.
— Conocí muchos como usted. En su concepción del mundo usted es dueño de su vida y lo que lo no pueda percibir no existe.
— Así es. ¿Blancas o negras?
— Negras. Pero heme aquí con usted. Yo, que perdí las llaves del Edén para mí y para su raza, que susurré al oído a Caín, que fui la lanza Longinus y el venablo de Ivan IV. Yo, que tenté a Pandora y mandé a matar a los primogénitos de una nación. Yo, que soy lo más cercano a divinidad que tu raza ha conocido desde el principio hasta el final de la existencia, heme aquí contigo, escuchando tus promesas de que los ángeles no existen.
El hombre respondió con naturalidad.
— Lo que creo es lo que existe. El peón que avanza abnegado —dijo moviendo el peón a E4—, ofreciendo su vida a cambio de victoria. El peón al que le doy alma y luego se la quito. Ese insignificante conscripto, en la base de la pirámide social del juego, me tiene a mí por Dios. ¿Cree él en mí? Si yo lo creyera, tal vez. Pero a mis ojos no es más que un pedazo de marfil.
Las piezas se movían rápido y con decisión, como en un cortejo erótico de ángulos rectos.
— Mi alfil, obispo a mi servicio, sin remordimiento devora al proletario.
— Es su trabajo. ¿No es lo que siempre hizo el clero?
Ambos rieron. El demonio tenía aliento a azufre.
Continuaron jugando en silencio unos minutos. El hombre notó cierta incomodidad en su adversario. Le preguntó con la mirada.
— El sonido rompe la ventana y rasguña mis oídos. Llega violento, indeseable, a mi cerebro y me hace saber que el mundo gira allí afuera. El diablo tiene poca paciencia.
El hombre advirtió el sonido de bocinas de automóviles proveniente de la calle y, avergonzado, presionó un botón en un control remoto adherido al escritorio. Instantáneamente comenzó a sonar la Sinfonía Pastoral.
— Buen muchacho ese Ludwig —dijo el diablo—, perseverante. Eso es bueno.
— ¿Me va a decir que es su mano la que empuja a los artistas? —preguntó el hombre con una sonrisa de sorpresa.
— ¿Quién sino? El arte es caos. La belleza es pecado. La inspiración es angustia ¿Cómo no ser yo parte de todo eso? Soy yo el que les regala la chispa de la creación. Un fueguito que crece con el tiempo. Crece y consume. Cuanto más perfecta es la obra, mayor es el vacío que genera, el daño que hace al autor. El arte es incomprensión, intolerancia, incompatibilidad. Es lo que no conviene. Es la anomalía. Lo que no se predice ni controla. La creación que rebasa al creador, y eso, precisamente eso, es lo que lo hace pecado. La envidia que Él siente hacia el hombre, capaz de ser Dios y Antidios a la vez. ¿Cómo no ser yo parte de todo eso? Fui musas, desgracias y desengaños. Bendije con el delirio a las personas más iluminadas.
A lo largo de su discurso el demonio iba creciendo en efusividad. Comprendió, cuando vio la expresión en la cara de su desafiante, que no estaba correspondiéndole el gesto que él tuvo hacía un momento.
— Discúlpeme…No quise distraerle.
El hombre acomodó sus anteojos y ensayó una respuesta.
— Sobreestima al arte. A mi juicio no es más que una trampa de la nada. Un representante, un símbolo, un engaño, un icono. Una gran cadena de significantes falaces que llevan por rumbos esquivos, narcisistas, a donde uno quiere llegar. No es el objeto, es la representación del objeto que a su vez es otra representación. No es lo real, es lo irreal. Es el artificio. La mentira. La nada.
Afuera comenzaba a llover. Esas lluvias malvadas, ni fuertes ni débiles, que no empapan pero enfrían y duran toda la noche y todo el día. Un peón blanco tomó un alfil negro.
— Llámelo como quiera —dijo el diablo—. He sido quien soy por un par de años largos y ya estoy acostumbrado, no, hastiado, esa es la palabra, hastiado de las artimañas del hombre por eludir a la muerte. Puede que el arte no intente ser más que eso; una desesperada llamada de auxilio en medio del océano de mediocre olvido.
Para despejar el paso a la dama blanca, el caballo cabalgó hasta F5, exponiéndose a las flechas de la torre negra.
— Pero en su hastío respeta un contrato. ¿Por qué? ¿No se supone que es el mal encarnado, el embuste, la esencia del pecado? ¿Por qué no simplemente robar, que es lo que hacemos todos los vivos? Me lleva a pensar que, o no es tan poderoso como se dice, o se guía por códigos morales, es decir, no es tan poderoso como se dice.
No sin algo de cortesía la torre negra reclamó al caballo.
— Caballerosidad, tal vez. He vivido mucho, cosechado muchas almas. Puedo darme pequeños lujos.
— Como la virtud.
— Es una especialidad ajena que me gusta probar, mitad por aburrimiento. Es desagradable, casi insípido al paladar refinado, pero da placer comerlo cada tanto. Usted me entiende, allí abajo no se encuentran muchos vegetales y a uno no le queda más remedio que ser estrictamente carnívoro. Pero aquí, en el mundo de las personas, uno puede elegir.
— Creí que disfrutaba de su trabajo.
— Claro que lo disfruto. Pero-
— Sabe, yo disfruto el mío —dijo el hombre mientras su dama demolía la torre de su rival, completando el gambito— También soy carnívoro. Todos aquí lo somos desde hace tiempo. Y el hecho de que vivamos poco es lo que lo hace mejor. Nosotros cambiamos. Nos aburrimos rápido y eso nos lleva a buscar más y mejores pecados. Jaque.
— Usted-
— ¿De qué sirven milenios de experiencia si no se sabe anticipar la caída? Dígame, ¿a qué debería temerle? ¿A la eterna oscuridad? Sepa que yo también soy un peón. Un peón entregándose en el más extenso y sutil de los gambitos. Dando su miserable vida para que los que sobrevivan alcancen una victoria más obscena. Multiplíqueme por millones. No soy la anomalía; sin embargo, soy el que crea. Soy el que cree, el que hace y deshace y si lo quisiera podría cambiar la historia y dar vuelta al mundo. ¿Y sabe por qué? Porque no temo. Pienso, aprendo, pero no enseño y así el poder queda en mí.
Un peón negro sobrevivió la masacre y avanzó por la columna A. En el centro del tablero la batalla era épica.
— ¿De qué sirve una vida que es igual a otra? —preguntó desafiante el demonio— ¿De qué sirve vivir sin pasiones, sin amar?
— ¡Claridad! ¿De qué sirve nublar los ojos con ilusiones? La misma etimología lo dice; ilusión: lo que parece ser y no es. Un engaño para los sentidos. Una perdida de tiempo y recursos.
Borrando la ilusión del diablo (¿había estado jugando con ella?), el hombre asesina al peón negro con su inexorable dama. Corta su hilo faltándole poco para llegar al paraíso de la fila 1.
— ¿Te atreves a llamarte humano? —cuestionó el demonio ya enardecido. Las piezas comenzaron a moverse cada vez más rápido, cada vez más mortíferas— Te piensas un dios y no eres sino una alimaña. Un insecto nocturno sobrevolando luces ajenas, porque tu clase jamás brillará con chispa propia. Tan solo consumes y destruyes sin mover un músculo.
— Tenemos lo que necesitamos aquí mismo —dijo el hombre señalándose la sien izquierda—. Somos lo que existe. Somos lo que hacemos. Somos lo que nos hacen. Ya no hay lugar en el mundo para ineficiencias. Este es el infierno y nosotros los demonios…
La música se acabó y la habitación quedó en silencio por unos segundos bastante largos. Un rayo pareció iluminar el cielo mientras los jugadores, ambos de pie, bajaban sus miradas al tablero. El hombre, algo avergonzado, sentenció lo evidente:
— Mate…
El demonio no hizo ningún gesto, pero sus manos temblaban. Se limitó a cumplir el protocolo.
— Esta a salvo del infierno. Pídame lo que quiera y se lo concederé.
El hombre lo miró con pena y desprecio.
— Usted no es el diablo… Váyase.
El príncipe de las tinieblas, primer caído del Edén y de la gracia de Dios, tomó su sombrero del perchero y sin decir palabra se dirigió a la puerta. Cuando estaba por cerrarla se dio cuenta que deseaba que el hombre lo detuviese y le diga algo, cualquier cosa. Se dio cuenta, y se sintió débil.
Salió y se perdió en la lluvia, esa que es malvada, que no empapa pero enfría y dura por siempre, más allá de nuestra muerte, de nuestro recuerdo y de nuestros olvidos.
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